Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
S I ustedes veranean, como yo, en un diminuto pueblo serrano, recibirán seguramente las mismas visitas que yo recibo. A la ucrta de mi modesta, pequeña é incómoda villa llegan de vez en cuando tipos miu curiosos. Oucclanse los más en los umbrales, algunos penetran hasta mis habitaciones interiores, y señor hay que se queda á comer y á cenar con nosotros so pretexto de icncr el c iisio de pasar el día en jiitestra compañía. A íortunadamentc estos últimos son escasos. T. a mayor parte de los personajes que en mi busca ¡ijien pertenecen al ramo de vendedores ambulantes. l or lo menos una vez en la semana arriban á mi casa el licucero, el iío de ¡os bollos, el lío de los jamones y otra OTrción de tíos que venden cosas y uc son nuxho más simpáticos que el tío l el C, tío de nii mujer y huésped obligaclo de nuestro hogar no bien niedia el veraneo. Otro tii) 0 famoso suele visitarme á traición y cuando menos lo espero. A la hora más intempestiva de la mañana mi doncella me ijasa recado de que un señor, con facha de no ser de aquí, desea verme. Acabo precipitadamente de lavarme ó de afeitarme (estas visitas siem re le cogen á uno con el jabón en la cara) v salgo con cierta curiosidad al encuentro del e- tranjcro que en el comedor me aguarda. -Usted es ü Luis Tapia, ¿no es cierto? -me dice el recién llegado. Servidor de usted. -Sí, vo le conozco bien. He leído sus trabajos en La Sacia... ¿Xo escribe usted cu La Saeta? -Xo, señor; escribo en BL. IXCO Y NEGRO y otras arias revistas, pero... ¡Ah, sí; muy bien! Yo leo todo lo que usted hace. demás los señores de Gutiérrez, á los oue ahora acabo de vender unos cortes ingleses, me han recomendado que venga á verle... ¿Usted conoce á los señores de Gutiérrez... -Si, los conozco... Pero yo quisiera que usted me dijese... -Muy bien, señor. Yo vivo hace muchos años en Algeciras y me dedico al negocio de pasar por la frontera géneros ingleses para trajes de caballero. l i e recibido de las familias de Antúnez, Uturcicz y ilclgárez, que usted conocerá seguramente, pedidos im ortanLes, y después de servírselos me han C uedado algunos cortes que usted va á ver ahora mismo. -Yo, en este instante, no necesito... Vada, no me molesta. Usted los ve, y si no le convienen, usted nada ha perdido. El extranjero hace una ligera seña a, sti a. yudante, que discretamente se ha quedado en el asillo y que al i) crcibir el aviso penetra con un grueso paquete forrado de hule, dentro del cual se ven varias telas obscuras. A partir de tal momento, toda defensa es inútil. Desenvuelto el paquete, no hay manera de convencer al marcliante de que no necesitamos ropa, ni de que el dibujo no nos gusta, ni de que aborrecemos las gangas. El señor de Algeciras tendrá contestación para todo. Si se pone en duda la calidad del tejido, verificará mil pruebas demostrativas de que aquello todo es lana; y si es el precio lo que se discute, llegará á ofrecer que el comprador se quede con el corte sin pagarlo y solamente como reclame para su negocio... Contra este fino caballero no hay recurso alguno, lis preciso adquirir tres metros de algodón de Tarrasa y quedarse con ellos con tal de conseguir que la visita termine. Una vez que el vendedor se ha alejadlo, nos invade profunda tristeza. Comprendemos o inútil de la compra, nos damos cuenta de que hemos sido timados y lamentamos no haber tenido la fuerza de voluntad bastante para decir á a uel caballerete -Xo queremos ni necesitamos qcncro alguno. Ni la consideración á los señores de Gutiérrez, ni el agradecimiento á sus frases de adulación hacia nuestros escritos, ni toda su charla de comisionista que sabe hacer el artícnlo nos mueven á hacer el primo de tan manifiesta manera. Pero el orgullo no nos deja obrar con libertad y cacm. os víctimas de tan pequeñas vanidades. De ese conocimiento del corazón humano se vale el de Algeciras, personaje antipático que invade á mansalva nuestro hogar y que es una de las visitas más dcsag; radables del estio. ¡Cuánto más simpático es el lienccrot Este vendedor, poco molesto, luicle á ropa limpia. A las horas del sol, generalmente en las primeras de la tarde, vocea perezoso su mercancía. ¡lü licnccro... ¡Encajes... sábanas de hilo... Su ti 0 es de gitano. Moreno y con grandes ojos, oculta su semblante tostado bajo las alas del sombrero cordobés. Colgando del hombro izquierdo lleva un inmenso lio envuelto en tela de colchón que se anuda por las puntas, y de su mano derecha penden unas cuantas cajas de niadera, superpuestas y sujetas ñor o riiesn r r: rrc- a