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EL TEATRO AL AIRE LIBRE ESDE que en las antiguas Arenas de Ora. nge se reconstruyó el teatro de la Naturaleza, en diferentes lugares de Francia se trata de recordar las representaciones de los clásicos, no sólo en el local, sino también en la obra literaria. Algunos pretenden imitar el teatro Olímpico de Vicentins, edificado por Paladio, con su hermoso estilo greco- romano, y aun se dice que los atenienses piensan reconstruir el de Dionicio. Cerca de París, las aspiraciones son más modestas. Los jóvenes autores dan nueva vida á los héroes de Homero, de Sófocles, de Esquilo y de otros maestros de la tragedia. Las representaciones que gozan de mayor prestigio en los alrededores de París son las de Champignyla- Bataillc, pues la proximidad en que se encuentra este lugar de la gran capital, facilita la concurrencia de los parisienses, poco afectos á las largas excursiones. El teatro de Champigny- la- Bataille se debería abrir en primavera; pero esto acontece rara vez; de manera que sólo habiendo permanecido hasta que ha estado muy avanzada la estación, hemos podido asistir á una representación. El tiempo no protege estos espectáculos y, al contrario, parece tenerlos en menos, por la inclemencia que muestra: durante tres domingos continuos la lluvia ha obligado á suspender la tragedia anunciada. Este hermoso espectáculo coreográhco. ciertamente sería más apropiado bajo im cielo sin nubes y propicio, como el del Mediodía. El escenario está construido sobre un terreno más elevado que el resto- del circo. Grandes árboles verdes y tupido follaje sirven de fondo y sombrean pequeños caminos en los que se desarrolla, en parte. el drama. Fragantes madreselvas y pálidas rosas caen de la tapia ue separa al público del escenario. Semiocultos entre los troncos de los árboles, cuyas abundantes ramas floridas forman bosquecillos, quedan los palcos sombreados así por acacias y pinos. El resto del huerto, porque este teatro se ha levantado en un campo cultivado, lo ocujia el gran público. Allí se ve á los burgueses domingueros que huyen de la ciudad el único día que el trabajo semanal les deja libres; á alguna gran dama que accidentalmente se encuentra en París en esta época calurosa; á los críticos y escritores, de quienes el deber del oficio ó de la amistad reclama su concurso. León Blum, el gran feminista, que por querer dar más de lo que la mujer pide es rechazado por ella, se pasea en los I entreactos, y su figura, esbelta y arrogante, es señalada por cuchicheos; él parece no. notarlo y continúa andando despreocupadamente, como un maestro, no sólo en ideas, sino también en la literatura. Morcas, el cantor heleno, nos pondera el cua lro de verdor que sirve de fondo á la figura envejecida de Ulises, admirablemente interpretada por el trágico Gorde, mientras que Ernest Gaubert, el autor de Rosas ¡afinas, pregtmta á voces á un conocido suyo si el director se encuentra en bastidores; él también, el poeta provenzal y parisiense al mismo tiempo, espera su turno para su drama, que deberá escucharse allí, en la sala, sin muros ni luz artificial, baio el concierto de aire, luz y color de la naturaleza. i sistimos á la representación de la bella tragedia Le fcsti ii du Koi. Los personajes son los mismos que nos da á conocer Homero en su Odisea: Ulises, Penélope, Telémaco, etc. Le festín du Roi es una tragedia inspirada en la belleza armoniosa de los clásicos, con versos sonoros, sobrios y apropiados. Los autores son C harles Mere y líenri Fescourt. L a representación terminó con el maravilloso juguete teatral il beso, de Théodore Banville. El público se retiró, satisfecho, desi) ués de haber respirado oxígeno á pulmón lleno, y lo que es raro, habiendo escuchado buenos versos. EVANGELINA