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ael mismo se cubrió de paja, sobre la paja se colocaron bancos y sobre los bancos almohadillas. Todo elío paró en ir á la estación del tren y volvsT de ella con mucha g- ente y pocos equipajes. Seis personas venían en el carro y componían la más extraña y raquítica familia que puede imaginarse iugareño. E! primo de D. Pedro, jefe de ella, era hombre de tan pocas guijas que apenas alcanzaba á ¡a talla. Con esto, la barba poblada, largas las narices, desmedidos los dientes, mucho vello, bastantes huesos, poca carne, un fevitín raído y un sombrero tan mugriento como viejos los zapatos, dicho está por qué admiró á Manuel que corres 5o ndió á su afectuoso saludo con dos sonidos guturales que el del levitín no comprendió, ni Séneca comprendiera aunque los oyese. No era la prima más lucida, aunque sí más dengosa y menos amable. Era de menos tamaño que su escuálido marido y representaba tanto tiempo, ó sea cincuenta años. Xo era bonita de rostro, ni pudo serlo nunca, porque tenía duras las facciones, la color baja, mucha quijada y pocos dientes. Los ojos no valían más que lo restante, y todo- lo que se veía quitaba las ganas de pensar en lo oculto. Trajeábase con colorines de poco precio y menos gusto y llevaba un sombrero enorme adornado con lazos y florecillas. En cuanto á los niños, eran cuatro renacuajos, todos hembras y todos desmedrados. Entre catorce y siete amos oscilaban sus edades, y envueltos en sus míseros deíaiitalihos grises, con pretensiones de vestidos elegantes, más que alegres criaturas qtie comienzan á vivir y no saben penar, parecían viejecillas enferí 3 as; no se las comprendía en una casa feliz, llenándola de ruidos y dichas, porque, á decir verdad, semejaban maniquíes, útiles sólo en gabinete de alquimista. Recibióseles con mucho amor y cariño y cada ual les dijo todo cuanto sintió de bueno hacia ellos V aun lo que no sintió, porque se alabó la belleza, de que las niñas carecían, á lo que replicó su madre, que doña María se llamaba, que eran las que le quedaban de diez que tuvo, con lo que excitó la piedad de todos y la admiración de Manuel, no por ias que murieron, sino por la vida que sus parientes conservaban. Y como faltaban pocos días para Navidad era la casa de D. Pedro un arca de Noé; pero en la que sólo la aristocracia suculenta de las especies digeribles tenían representación. Comíase bien, se beiua mejor, algo se paseaba y se hablaba mucho. Y así corrían los días y los dineros del hidalgo que era una bendición, pues los parientes, hasta llegada y pasada la iX avidad, no dejarían la caponera. Observó en tanto Aíanuel, y con él los demás, que los dengues de su tía desaparecían poco á poco; que las niñas, sus hijas, ganadian cada día color, humor V viíjor: que D. jorge, su padre, era más risueño li e antes, v hasta que el perro andaba desmayado V hambriento el gato, porque allí no sobraba nada. Xotó y notaren que llamaba D. Jorge deliciosos á los óbitos que ellos juzgaban pasables, y néctar al vino que sabían ser mediano, y que hiacía tal consumo de unos y otros, que, si cortesía hubiera en la alabanza, bastárasc para anularla el dispendio; esto si los manjares fuesen malos, cuanto más siendo regulares. No era esto sólo. Pirrábanse todos por recibir los saludos humildes de las gentes del campo, V contestaban á ellos con cómica gravedad y ademanes espotáticos: los chiquillos cuando supieron que podían beber leche pura cuando quisiesen, se quedaron eletos y su madre no supo disimular el gozo y el asombro; en fm, que los de la ciudad admiraban á los aldeanos más que éstos á ellos, y tal -ez por eso, quizá porque D. Pedro así lo tenía l) ensado, nada se habló del pavoroso problema, causa egoísta del convite de D. Jorge, hasta que llegó Nochebuena. DIBUj S DE M D r Z B INQA i Buena fué, de verdad, la tal noche para las pobres madrileñitas, que no la olvidarán mientras vivan! Tuvieron Nacimiento, jugaron con corderos de veras, cantaron villancicos al son de panderetas grandes y cenaron bien por primera vez en tal fecha. Durmiéronse luego, soñando con el Salvador y con los ángeles, y su madre, tras acostarlos, hizo lo propio, que no estaba acostumbrada á tales digestiones Quedó sola en el tinelo la familia íntima de don Pedro, y digo sola, porque maldito el caso que. ocupados en reír, todos se hacían unos á otros y en tales ocasiones es cuando la familia forma un solo cuerpo y está sola. En tales circunstancias aprovechó el hidalgo la ocasión para sondear el alma de su primo y le expuso la triste vida que agua- daba á Manuel en el pueblo y las esperanzas que alentaba al mandarle á la ciudad. Dos horas largas empleó en ello, ayudado de un vinillo valiente y seco, sin que el otro le interrumpiera ni con un monosílabo de asentimiento ó negación, oyéndole paciente con esbozo de sonrisa y comienzos de mueca. Cuando le exigieron su parecer, habló así: -iAy, Pedro, romo te envidio y qué motivos tengo para envidiarte! Y tras esto, con una elocuencia en él insólita, narró las miserias de que era víctima en la corte. El salió de la casa paterna tras una discusión como la que adivinaba en aquella vivienda en que se hallaban. Consumió su hacienda i hacerse abogado y en crearse necesidades que no podía sostener; quiso ser César y no fué nada. Aprendió lo bastante para no ser un rústico, pero no lo suficiente para ser un sabio, y desesperóse baldíamente. Al fin le dieron un destinillo en un ministerio, que nada tenía que ver con su carrera, y allí envejeció sin gloria y con fatigas. Casado después con una señorita pebre y gastadora, viendo languidecer y casi morir de hambre á sus hijos, vivía en una casa insana, de nadie compadecido, temiendo siempre que la muerte lanzase á su familia en la miseria primero y en la abyección después. Describió la vida madrileña plagada de gazapinas y casas infames donde roban á los jóvenes, con carne hedionda y vino adulterado, el vigor y la inteligencia, la salud y la honradez, el cuerpo y el alma. -i No, Pedro- -terminó amargamente, -no hagas e. so! Tu hijo puede en la aldea ser un rey, no le lleves á Madrid á ser un paria. Tu hijo, médico, abogado ó ingeniero, sería luia nulidad, cuanto más, una medianía. Aquí puede ser un labrador modelo. No está el mal en que de un rústico salga un filósofo, sino en que todos los rústicos se crean con madera de filósofos y queden yermos los campos. Jiis suum cuiqíie, primo mío. Esto que yo aprendí cuando estudié un derecho romano que iíoy no me sirve para maldita la cosa, quiere decir que hay que dar á cada uno su derecho, y el de Manuel es labrar la tierra, que para eso nació. Dijo el empleado, y en acabando de decirlo se echó Manuel en los brazos de su padre y la hidalga en los de ambos, y á los tres rodearon, brincando de alegría, las alborozadas hermanillas, formando entre todos amorosa red donde el chico quedó preso y su porvenir asegurado. Clareaba ya una triste aureola invernal; sonaban en ¡a calle los esquilones de sardescos rebaños, que salían á deprimar los campos vecinos; hería la lu la blanca mansión donde, ya despierta, pensaba en Manuel Lucigüela; y todos abandonaron ¡a estancia... todos menos el pobre obrero de levita, víctim. i de una ambición que no sintió y esclavo de un destino que era cruel, porque ajenas codicias lo quisieron. El triste D. Jorge quedóse solo üorancio. llorando la extensión de su desgracia, que parecía mayor ante la felicidad que había locamente perdido. ANcrL DE C S T A N E D O P E NUESTRO CCNCU SO Dí U TN I C SI l, r; t 1 UG EUUM UIQUB