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-i Qué 1- a de h cor sino volver? ¿No vuelven los que van al scrv io, Cjtie es más duro? -Sen de otra ca sta, Pedro... y tienen quien los dirija y en. señe y m re por ellos. Y aun esos ctiando vuelven, ¡cómo vuelA- en ¡cómo traen el cuerpo y el alma! ¡Ay, Madrid, Madrid, nosotros no te conocemos! ¡Sólo sabemos ¡ue nos robas los hijos, el caudal y la vida, i) or (iuc y o sin mi Manuel no viviré, no quiero, no puedo d vir! La hermana may or intervino. Hablaba con voz suave y rapidísima, rjifándose el pelo con la mano para ocultar nev VlüSl UUl. Manuel hacía íal ía en la casa. No teni; in otro ü. iif tJÉL ara vigilar á los gañanes ni ara inspeccionar ciertos trabajos. La era de Dos Molinos estaba lejos, y al padre, aunque no era viejo, no le cor venía ir allá todos los días; y á más de esto, lo bueno conocido era mejor que lo buenisimo por conocer. El hidalgo ía miraba sin enojo, perdonando sus imprudentes palabras en gracia del móvil que las dictó y ahogando la susceptibilidad de amo desacatado en la amargura de padre vencido. -i Oné sabes tú eso, hija... ¡qué sabes tú de eso... El viejo decía estas palabras muv despacio, muy despacio, paladeando la hiél de sus amargos conocimientos. íl mozo, en tanto, no decía esta boca es mía, temeroso quizá de que en lo inseguro de la voz no le conociesen lo apurado del ánima. Varias veces se había hablado en la casa de hacerle salir de ella y nunca le gustó á él, aun cuando lo creyó asunto de imposil) e realización. Más alarmó á otra persona, que entonces no estaba allí, y ue yéndíose él no lo estaría nunca, cuando se lo comunicó cierta tarde de verano en que las horas volaban en el allana de la iglesia y hallábanse ambos junto á un arroyo, f ue el muchacho juzgaba mar inn ctuoso, entre peñas vulgares, que él creía poéticas rocas y arbustos descarnados que alimos se le antoj; ii) an. Y aquella sin ar criatura, que so llamaba Lucigüela y era su novia, le había dicho con angu. lia v rubor, C uc ahora le parecían dobles: ¡Xo te A ayas... Y él, riéndose de la candidez de r. ciuella niña, ¡uc no concebía á él sin el pueblo y al pueblo sin él, había respondido, protector y cariñoso: Ouia, tonta, si no me voy! Tero ahora la cosa iba de veras. Tenía que marcharse. Dejar su casa, dejar á Lucigüela, dejarlo todo. Veíase en la ciudad, tosco de ademanes y tardo de ideas, ser. tado en un banco de la Universidad, ensartando gafafatones y recil) iendo palmetazos de un catedrático de puntiaguda nariz é incomprensibles concei) tos. Se imaginaba en el corro de Madrid entre damas de sombrero f ue bailaban á lo agarrao y se burlaban do su tor eza... v se imaginaba á Lucigüela danzando en la plaza del pueblo con el hijo del I) oiicario ó con el maestro, y entonces sí que tenía ganas de llorar, no sabía si de rabia, de pena ó de las dos cosas, (pie era lo cierto. Y tan imi) er ¡osas fueron ambas, que no cabiéndole en el ijccho la amargura, reventóle en la l) oca con un sollozo estridente que fué ara su padre mortal cuchillada; y á la tal cuchillada siguieron otras cu: itro (fiie le asestaron, con iguales armas, su mujer y sus tres liijas, con lo ue, malforido el hidalgo, ca ituló como noble, y dijo: -Xo fué mi proi) ósito aijenaros, y aun diré, iiara ser sincero, ue á saber la pesadumbre que me causé, no me la causara, pues hombre soy y padre y no tengo entrañas de granito ni corazón de piedra. Y asi, no se ha. ble de esto más por ahora. Lo que ha (le hacerse es escribir á mi primo Jorge, que es, como sal) éis, empleado en Madrid y debe conocerlo, porque es hombre de entendimiento claro y lleva por allá veinte años largos. Le invitaremos á pasar la X avidad con nosotros, y él nos aconsejará como barón discreto. Y buenas noches, que más es hor: ¡de dormir que de velar, no habiendo, como no hay, para qué se vele. 11 sol al disipar las tinieblas no alegra más á las- 1 aves ue del sol viven que estas palabras alegraron á la familia hidalga. Saltaron todos, todos se besaron, rieron los que antes lloraban, y aun D. Pedro, que antes no lloró; ladró el perro, íiizo la rosca el gato y fuéronse á dormir cada cual á su lecho, soiñando todos cosas gratas. Las que Ianuel soñó lo fueron tanto, que no las refiero porque algunas no pueden referirse, y yo á sabiendas no hago las cosas á medias. Pasó X oviembre con sus heladas y á Diciembre se las legó) con mejora, es decir, en detrimento de los que- habían de sufrirlas, y á más trajo aquilones y nieves. Y sucedió que un día mandó enganchar D. Pedro las más lucidas mu s si mejor carro; el fondo