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¡REVISTA ANO XIX 1 af T im ILUSTT ADA NUM. 958 MADRID, ij DE SEPTIEMBRE DE 1909 a T: f. v. V lí r, i i 1 11 B H i- í u LA SOLUCIÓN DEL PROBLEMA p problema se planteó una noche obscura y revuelta de Noviembre, después de saborear el inmutable condumio y de rezar el imprescindible rosario. Se planteó seca, lisa y valientemente, porque fué en Europa, en España y en Castilla. Al mugir del viento y al musitar de la lumbre, bajo las pizmientas vigas del antiguo tinelo, le expuso con cuatro palabras y le esculpió en dos imágenes el hidalgo bonachón é indomable, grande de cuer o, cargado de años, abundoso en hijos y escaso de hacienda. El caso era triste y el escenario digno del caso. Proyectaban las llamas oscilantes de la vieja chimenea, sobre paredes blancas, sombras gigantes de hombres meditabundos y mujeres que lloraban. Siete eran los personajes de tal teatro; siete, como los sabios de la leyenda y las letras del nombre del rey: D. Pedro, el jefe de la familia, que ya está descrito; su mujer, doña Mariana, una dama de aldea, con alma de corte, por lo generosa y magnánima; tres mozas, hijas de ambos, de quince á veinte años, frescas, saludables y guapas; una niña de siete abriles, hermana de las mozas, que medio dormida estaba de cansancio y medio despierta de pena, y un mozallón virote, zanquilargo, orejudo é imberbe, que no lloraba porque no veía las lágrimas de su madre, y no las veía porque, para no llorar, no las miraba Y D. Pedro dijo, como remate á lo que yo callo, ahogando un suspiro y soltando una interjección: -No hay que cansarse; lo que es preciso hacer se hace cuanto antes, y primero si es malo que bueno. Los malos tragos deben pasarse pronto, y más vale esperar días felices que aguardar años amargos. ¿Qué va á hacer el chico en el pueblo con nuestro cariño, que es mucho, y nuestra hacienda, que es poca y será menos? Guardarle aquí es sacrificarle á nuestra conveniencia, y eso no es recta ley. Que estudie, cpie se haga hombre, lábrese un porvenir que aquí no tiene. En la ciudad, y con una carrera, puede llegarse á algo no digo yo que sea muy hacedero, ni que se consiga andando sobre rosas; pero puede conseguirse allí, y á nuestro lado no. La pobre madre alzó sus grandes ojos de bestia sumisa, que nunca resistieron una mirada imperativa del esposo adorado, y los clavó en él con angustia infinita. Sus manos sarmentosas se unieron formando una bellísima crispatura de dolor; por sus mejillas apergaminadas bajaban dos lágrimas lentas, gruesas, indelebles, reveladoras de un dolor sin límites y sin nombre. ¡Hijo de mis entrañas... Por esos mundos... Cuando vuelva... si vuelve. El padre quiso fingir una despreocupación que 110 sentía.