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seguir prestando servicio; era hora de que reposase... Aquel tendero, Nicolás Fortea, vino á estable cferse en Areal haría más de treinta años, y su bazar, una innovación, dio mucho que decir en pro y en contra, Traía elementos de lujo, del lujo falso, chabacano, de esta época en que todos queremos ser iguales á todos. Le acompañaba su mujer, que á los iiel pueblo les causó la impresión de un ser superior, porque se peinaba y se vestía graciosamente, hablaba fina y traía á su niño muy mono, aseado, almidonado, hasta con el pelo en bucles, moda que las mamas lugareñas empezaron por criticar y acabaron por imitar. Los del bazar adquirieron rápidamente prestigio excitando envidias- -pues el ínfimo comercio de Areal no les perdonaba aquella manía de embellecer la tienda, de presentar novedades en artículos, procedentes de Barcelona y hasta de Inglaterra, 3- de atraer compradores, armando bulla, rcjjartiendo prospectos y recibiendo encargos de la capital de puntos muy distantes, -por lo cual corrió la vo. z de que los Fortea se achinaban se hacían de oro y algo liabía de verdad en la afirmación. El comercio es productivo si el capital rueda mucho, y Fortea, en vez de guardar sus ganancias, las invertía inmediatamente en género ó en mejoras. Quería el dinero á mano, para esparcirlo recogerlo acrecido por la especulación; y el primer cofre de valores que se vio por aquellas tierras fué el que Fortea instaló en su escritorio. Entonces se aseguró que le sucedería un chasco pesado que le robarían, que ya se estaba organizando la gavilla clásica. Respondía riendo j- ortea que los ladrones sí que se llevarían el camelo del siglo pues dada la actividad con que manejaba y sacudía el dinero, probablemente se encontrarían dentro de la caja un ratón. ¡Los ladrones! i Que no se metieran con él, ó les daría una lección de las que no se olvidan! Otro género de extrañezas provocaba el que la rinda esposa de Fortea hiciese tan frecuentes viajes á la capital. Fortea también se ausentaba á menudo, pero en él lo explicaban los negocios, que le traían á mal traer; y algo no bueno debía de sucederle, porque empezó á vérsele preocupado. La señora de j ortea pretéxtala, tener que atender á la salud de su madre, anciana 3 achacosa. Cuando no andaba atravesado por los caminos el marido, andaba la mujer. Y en Areal, las malas lenguas se despachaban á su gusto, Los esposos vivían, sin embargo, en la mejor armonía, con trazas de ser mu felices, y el bazar subía como la espuma cuando ocurrió el terrible suceso, del cual corrieron versiones muy varias... Acababa la esposa de regresar de uno de sus viaíes, cuando el esposo la anunció que salía hacia distintos puntos, y tardaría lo menos una semana. ¿Necesitas fondos? -añadió. -Los pagarés no vencen hasta mi vuelta, pero hay el gasto de la casa... -Tengo bastante- -se apresuró ella á decir. -No me hace falta nada, Sólo quisiera saber... si queda mucho guardado en la caja de caudales. ¿Por qué? -exclamó Fortea con ligero esguerice de susto. -Porque tengo miedo, hijo. ¡Si nos roban! -Estáte tranquila- -rcsijondió él vivamente. -Queda una cantidad regular; sobre 3,000 duros... Tú conoces la combinación para abrir, pero te prohibo que abras... ¿Entiendes? Te lo prohibo. Precisamente hay ahí una cuestión... Tengo unas sospechas... ¿De qué? -interrogó ella un peco pálida, escrutando la cara del marido. -Es largo de contar... A mi vuelta... Ahora el coche se va... Tú deja la caja en paz... uidado! Aquella misma noche, á cosa de las diez, un ruido extraño, como de varias detonaciones consecutivas, 3 unos gritos agudos alarmaron á la tendera de lienzos que vivía pared por medio del bazar. Salió al balcón pidiendo auxilio, y, al reunirse gente, decidieron llamar á la puerta de los l- orteas, y como nadie contestase, la forzaron, subieron aprisa á las habitaciones del primer ¡liso, que, con almacén y tienda en el bajo, com orcndía la vivienda toda. Del escritorio salía un res landor y quejidos lastimosos. Entraron; el es anto les hizo retroceder. La mujer de Fortea yacia en el suelo, ante la caja de caudales... I as balas del aiiarato defensivo, del mata ladrones, traído de Londres é instalado el día antes por su mariflo, la liabían fusilado literalmente; y, como al recibir el primer disparo se le huljiese caído de la mano el quinqué de petróleo, sus ropas se habían inflamado y el cadáver ardía. A su lado se retorcía entre llamas el niño que, al acudir al grito de su madre, al estruendo de los disparos, inclinándose sobre ella, se le inflamó la camisa, los bucles, no pudo huir, y cayó al suelo desmayado de dolor, despierto luego en el brasero del suplicio... Toda la tragedia fué obra de un minuto... Cuando Fortea, avisa. do, volvió y se convenció de su infortunio, le acometió una especie de locura frenética y habló á voces, arrojando alguna luz sobre el misterio... Se acusaba de haber sospechado de su dependiente, de haberle atribuido la desaparición de sumas que faltaban de la caja, de haber preparado impíamente la muerte de un hombre, de haber traído de fuera el maldito invento... Y á cada paso repetía: ¿Por qué me robaba ella? ¡Díganmelo... Ustedes lo sabrán... ¿Por qué me robaba? Y nadie lo sabía ni lo supo... ¿Era para pagar los vicios de incógnito cortejo? ¿Era para dar á su madre buen trato, medicinas caras? ¿Era para comprar aquella ro a primorosa que vestía... Al cabo, Fortea, deshecho, peliblanco, volvió á aparecer detrás del mostrador... Pero nunca más guardó nada en la caja fatídica, v el producto de la venta pasó á un cajón, mientras el polvo invadís los rincones y la tienda adquiría su aspecto de abandono, de indiferencia letal... En los rincones las arañas tejían. L A DE P A R D O BAZAN. DIBUJO, OH ITNDrZ B I GA