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REAL AUSEO DE COCHES C O C H E DE D F E L I P E 1! rx el Palacio de Belem, allá en un extremo de la ciudad, frente al ancho río por donde salió Vasco de Gama en demanda de aventuras, hay un edificio bajo, de anchas puertas redondas, junto á las que soldado presta guardia. Detrás de aquellos batientes se encierra una de las más lujosas y espléndidas colecciones de carruajes del mundo entero. En una nave ancha, extensísima, se alinean las carrozas. Hay muchas, todas grandes, o e contornos recortados y movidos, cubiertas de pinturas, de áureos barnices, de tallas coruscantes v ondulosas. Cada una se bautiza con un nombre de soberano. I, a carroza de la Reina Carlota Joaquina la de don J u a n V, la del Papa Clemente, la de D, José I. Y soljre todas, la suntuosidad portuguesa derramó á torrentes el oro del Brasil, que se mueslra en los paineles pulidos, en los manillones, en las anchas hebillas, en las cantoneras, en todo el herraje, que pierde en estos coches su aspecto útil para adquirir la futilidad graciosa y elegante de un adorno. Y sobre el oro lucen las alegorías mitológicas, los cniblenias nobiliarios, En una portezuela aparecen las simbólicas r í ¿uas lusitanas, en medio de un escudo, rodeado de galantes cintas v victoriosas palmas, mientras que el painel cercano una ninfa forcejea para escapar de un sátiro, sobre el fondo tostado del barniz. Clarísimos cristales cierran las ventanas, suplen en algunos coches á las maderas, y al través de ellos muéstranse los espléndidos tejidos de antaño, las sedas va pálidas, los damascos riquísi! ii0. s, los velludos de tonalidades profundas, sobre los que se cruzan ramajes de oro, rayas de rOCHE DB GAL DE D. JUAN CAHROZA TRIUNFAL