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cuando los padres y los hijos cerraban los ojos, había uno que no podía dormir. E r a el hermano aventurero. Las estrellas le llamaban en el misterio de la noche, los ruidos lejanos eran invitaciones que sólo podía escuchar él, y le conmovían tanto la soledad, las sombras, la amplitud del espacio abierto, que las alas se le estremecían de impaciencia y le costaba trabajo contenerse para n o empezar á cantar. i Vuela, hermanito aventurero, pasa el arroyo, pasa las montañas azules! ¡Ve á decirnos lo quQ hay cuando se acaba el horizonte, y tráenos el oro del crepúsculo y una gota milagrosa de la sangre del sol! Escuchando esta voz su cabeza loca, un día; antes del alba, alzó el vuelo. No le volvieron á ver n i í s ¿D ó n d e está nuestro h e r m a n o? les pregu taban. E s un hijo ingrato- -contestaban los padiv -i Se fué i Y aunque no se atrevían á defenderle, le querían más que nunca. Siempre que hablaban delante de ellos de algo grande, extraordinario, maravilloso, se acordaban de él. A s í se jjerdió nuestro hermano, el aventurero- -decían, -que no quiso vivir como un gorrión vulgar. III EN BUSCA DE UNA POSICIOX SOCIAL IV MELAN COLIA DEL PAJARO SIN ALA Ellos, SÍ, los pobres, vivieron como correspondía á pájaros de su clase. U n o era tan gris, tan gris, que parecía terrón en los surcos, nudo de corteza en los árboles, pella de barro entre las tej a s y en su propia insignificancia vivía feliz, sin que nunca le ocurriese nada que valiera la pena ele ser contado. El otro llegó á ocupar una gran posición. Imaginaos que un día se entró por los balcones de aquella casita blanca que desde pequeño se le antojaba llena de granos de trigo y de migas de pan. Era tan blanca, tan limpia, subía el humo de ¡a chimenea todas las mañanas con tal regularidad, que para él el bienestar y la abundancia no podían albergarse más que allí! Entró por el balcón y fué á dar, deslumbi- ado, en el mantel que cubr a una mesa llena de flores y de transparente cristal. Revoloteó, y se hirió las alas en un espejo. Había allí mucha gente, niños y grandes, y todos se pusieron muy contentos al verle entrar. Desde lo alto del espejo, reflexionó: -Estoy ya dentro, no me puedo marchar. E s tos señores no tienen aire de hacerme d a ñ o la mesa está llena de migas, y aquí no hay más pája, ro que j o. ¡P u e s sería un tonto si no me aprovechara 1 Con tm vuelo muy suave descendió sobre el mantel, saltó á ios platos, y en un momento aprendió el sabor de una porción de cosas que no había visto nunca. Todos se reían, -E s un gorrión manso. -Es un pájaro sin vergüenza. Los chicos le tiraron las servilletas, le persiguieron y le encarcelaron bajo la campana de una quesera. Luego, como él no se defendía, le tomaron cariño, y para que no pensase ya nunca en escaparse le recortaron las alas. Así llegó á ocupar u n a posición envidiable. ¿Q u é le falta? L a pajarera es g r a n d e tiene, bajo una alambrada sutil que deja paso á la luz y al calor del sol, árboles raros y olorosos. P a r a que no sea necesario correr peligros en pos de la con: da, todos los días vienen á traérsela los amos. Y como el gorrión es débil y no viví sin sentimientos, los mismos amos le llevaron una compañera de buena familia, que ya le ha dado unos cuantos hijitos graneles como mirlos. El, gorrión campesino, está gordo, apoplético. A n d a despacio, y es un gorrión de guante blanco C ue, aun creciéndole bien las alas, ya no puede volar. Alguna vez trepa á la cima de un árbol para sumergirse en la melancolía de la tarde. ¿Q u é me falta? -se dice. ¿De qué me quej o? ¿Quién tiene la culpa de que esta compañera no la haya buscado yo, y estos hijos, más gordos y más torpes que yo, no parezcan los hijos de un. pobre gorrión? Si nací con otro destín y yo le he cambiado metiéndome aquí, quién tiene la culpa? lina va a tristeza, un deseo de irse por los montes, aun ue sea á rastras, le asalta de vez en cuando todos los días. Luego vuelve gravemente á dar su opinión sensata sobre la política de la pajarera, y como los pensamientos melancólicos bien administrados sirven para abrir el apetito, carga con fiereza sobre los cañamones, el alpiste, las algarrobas y el trigo rubio. Su aristocrática compañera le enseña las jerarquías y el respeto que se debe tener á las doctrinas de nuestros mayores, y él se acuerda muy pocas veces de ciue sus mayores eran unos gorrioncitos rurales sin doctrinas, acostumbrados á vivir á la buena de Dios y á coger, donde lo encontrasen, las pajas del nido y el sustento de cada día. V LA LEYENDA ROTA H o y ha visto el pájaro gordo desde el bardal de la tapia que mira al campo un espectáculo tan triste, que le ha hecho llorar. H a visto pasar á su hermano el aventurero. Pero cómo ha p a s a d o! E n t r e una banda de pájaros sin nido y sin nombre, flaco, parduzco, desplumado, i un aire tan perverso, un brillo tan criminal en los ojillos r o j o s Adiós, leyenda noble! ¡Adiós, sueños de g r a n dezas lejanas, de heroicas aventurj. s! i Se acabó para siempre nuestro hermano el a v e n t u r e r o! El pájaro gordo, mientras lloraba, ha tenido una duda. ¿L e llamo? ¿N o le l l a m o? Y no le h a llamado por fin. H a y pájaros- -se ha dicho- -que llevan escrita su historia entre los ojos y el pico, y no conviene que mis hijos lean la de su tío. Ellos creen que el m u n d o está encerrado entre alambres y no sospechan que nadie tenga necesiaad de buscarse la vida. El pobre ha sufrido mucho yo, cjue estoy prisionero, sufro también, y, sin embargo, ni él se quedaría aquí ni yo me iría con él. ¿Quién nos entiende? Luego, al volver filosofando, el pájaro gordo ha dicho: -Nosotros nos entendemos. ¡L o malo es ser gorrión! Luis BELLO. DIBUJOS DE MÉ. NDEZ BRINGA