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Ni el esposo recibe otro género de cartas, ni la mujer se preocupa de otra cosa mientras dura su veraneo que de vestir bien y charlar mejor con las amigas que hizo en la coloma. El matrimonio be ñaUa coii: o disuelto durante cin- pero llegado el sábado, su vida entera pende de lai llegada de Bruno. A todo el mundo le cuenta que llega su marido, ytanto repite la palabra mar- o, que parece estima cosa nueva eso de estar casada y tener esposo que echar en cara á las demás. Ya por la mañana compra esta señora unas perdices á un serrano que viene á ofrecerlas á la puerta de la casa. I, as perdices le gustan mucho á Carrasquez, y esto de tener para la cena. preparada una sorpiesa agradable al marido, está en las primeras páginas dela cartilla marital para uso de los veraneantes casados. La señora de D. Bruno, tras la preparación de tan. atenta sorpresa, organiza y distribuye el tiempo de modo que puedan todos bajar á los coclies á recibir á Carrasquez. Los chicos, vestidos con sus mejores galas, salen de paseo más temprano que otros días, y con orden ex- presa de estar á las ocho enjmnto en el lugar de desembarque. La señora se adorna y acicala más que de costumbre, con ánimo de quitar al marido deolrapaei. ia. Las criadas se ponen sus blancos delantales y bajan á recoger las maletas ó los paquetes que traiga el señor, 3 cuando el sol se ha puesto, ya entre dos luces, I) Bruno cae, rendido, en brazos de su señora y entre las. garras de los nenes, que, colgados del papá, no hacen otra cosa que preguntar insistentemente: ¿Qué nos traes de Madrid... ¿Qué nos traes, pa- paito... La tarde del sábado se prestaba á hacer, uu poema joco- serio- estivai, bastante entretenido. Las reflexiones que á propósito del matrimonio podían hacerse con tan rico tema, serían muy curiosas. Los Carrasquez son infinitos. Para estos maridos, la tarde del sábado es, sin duda alguna, una buena tarde; pero no sé por qué me parece que prefieren la ma- íana del lunes. Claro es que esto no se les puede decir á ellos. Para D. Bruno, la mayor dicha estriba en coger, (ÍOWÍO él dice, dos fiestas seguidas- liso de poder pasar casi tres días con la familia, es de lo más agradable que darse puede. Para Carrasquez, al menos, tan sólo tiene un inconveniente. co días. Pero llega la tarde del sábado, y la vida de mbos cónyuges se altera por completo. D. Bruno, en Madrid, manda á escape á un chico de la tienda á comprar todos los encargos que su mujer le hizo durante la semana. Con ellos y con los juguetes para los chicos, hace seis ú ocho paquetes lo más reducidos que sea posible, y allá, á las cinco de la tarde, da las últimas órdenes aX tenedor de libros, coge su tarjeta de abono por diez viajes ea segunda clase, toma un coche de punto (ó el tranvía de la Bombilla si hay tiempo) y llega sudoroso á la estación, donde lo primero que hace es tomar un refresco de zarza ó de plátano, según la gente que le escuche en el momento de pedirle. A Carrasquez le gusta la zarza más que cualquier otro jarabe, pero si hay mucho público delante le parece más distinguido elegir plátano, y plátano pide para templar sus ardores. ¡Pequeñas vanidades de los grandes comerciantes! Desde que D. Bruno sale de casa, empieza a encontrar compañeros de viaje. Ya en el tranvía tropieza con Rodríguez, un empleado que también tiene la familia veraneando en la misma colonia. Apenas Rodríguez distingue á Carrasquez, se dirige hacia él, diciéndole: -Al pueblo, ¿verdad? -Si, señor, al pueblo... Y usted, ¿hacia allá también... T a m b i é n hacia allá. Est maridos de ida y vuelta se conocen todos, y desde una hora antes de salir el tren empiezan á encontrarse en los tranvías, en la cuesta de San Vicente, en el andén de la estación y en todas partes. Las señoras, en tanto, preparan el dignó recibiY es que cuando- Se presentan esas ocasiones, Ici miento de sus cónyuges respectivos. otra se pone como una furia. Iva señora de Carrasquez padece los sábados un re ¿Que quién es la otra- crudecimiento del cariño conyugal. Ella podrá haEso sí que no se lo digo á ustedes... berse cuidado poco de su marido los días anteriores. Luis DE TAPIA. DIBUJOS DE SANCHA,