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La tarde del óabado individuo tiene este mundo su tarde favorita. Para mi zapatero no liay tarde como la tarde del lunes. Para el aficior. ado á toros no existe en toda la semana tarde tan divertida como la taide del domingo. Para el eclegial, la tarde del jueves es la gran tarde. Y para la señora de Carrasquez, señora que vera nea actualmente en un pueblecito cercano á la corte, no hay tarde tan emocionante 3 ocupada como la tarde del sábado. Y ¿sabéis por qué... Porque la señora deCarrasqutz, como tantas otras que se encuentran en su caso, está condenada á veranear separada de su esposo y á no pasar con él sino los domingos y días festivos. D. Bruno Carrasíjuez es un honrado comerciante madrileño, que por nada del mundo abandona su tienda. -Hl negocio hay que atenderle ó dejarle. -dice nuestro hombre con mucha frecuencia. -No es el comercio una cosa que se pueda llevar desde lejos, l í a j que estar siempie encima ó abandonarle por completo. Jin esto no caben téiminos medios. Y efectivamente, Carrasquez es esclavo de su negocio. Pero á Carrasquez no le gv. sicL sacri icar á nadie, y apenas llega el verano, alquila en la sierra de Guadarrama una pequeña casita, y allí envía á su mujer y á sus hijos, y allí los va á visitar una vez por semana. Xo diré yo que á D. Bruno le agrade tal género de veraneo, pero no sé por qué le noto cierta alegría cuando llega esta época del año. ¿Será acaso que Carrasquez esté algo a. burrido de tra al llegar el estío mucho más alegre y decidor que de costumbre, y hasta engorda, á pesar de los calores que en Madrid se sienten. Carrasquez se queda solo en su casa al cuidado de una vieja cocinera, que le guisa, le arregla el cuarto 1 su señora y vea en semejante separación temporal cierta especie de descanso ó de agradable libertad... IvO ignoro, mas lo cierto es que el hombre se mues- y le administra honradamente. Por la mañanita baja n. Bruno á la tienda, y tras el ventanillo del comptoir s le ve leyendo la Prensa diaria y cobrando los talones correspondientes á las ventas efectuadas. A la una en punto sube á comer, y duerme después su siestetita hasta las cuatro de la tarde. A dicha hora vuelve á baiár á l i tienda, y allí permanece hasta la hora de hacer la caja, dando en seguida orden de cerrar la puerta. Desde este momento Carrasquez es feliz. Por regla general no cena en casa. Acompañado de sus amigos, suele dirigirse á Parisiana ó á los Jardines del Retiro, 3- después de tomar allí cualquier cosida, no haj quien le c uite una piececüa en cualquier teatro. Esta vida tiene para D. Bruno cierto encanto. Salirse del hábito que la vida conyugal le impone durante el invierno, es paia Carrasquez sensación deleitosa que hipócritamente, procura ocultar haciéndose el mártir del veraneo, -y diciendo que todo lo hace á ¡listo con tal de conseguir que los chicos no se achichan en en Madrid- ¡Buen cuco está el tal mártir de la familia... Tampoco la señora del comerciante lo pasa mal en la coloma veraniega que eligió para su recreo. Durante los días que permanece separada de su marido, apenas si se acuerda de él para otra cosa que paut citarle en sus conversaciones ó para escribirle haciéndole enc. igo; No bien no 1 a la s ñora la falta de cualquier utensilio, escribe á n espo- o la consabida carta, diciéndole; Cuando- 7i as els ihado tráete esto, lo otro ó lo de más allá, que lo Vt nden en r sitio, ó que me lo dejé olvida íal! cual cajón del arma