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sus ai regados paseau i) or esas calles de Dios en coche descubierto, mirados coa curiosidad, pero rcs etados jior ol buea pueblo madrileño. Por estc nebio (lue ha visto sus romerías de San Cayetano y de San Lorenzo, de las más clásicas y bullangueras, algo desanimadas con motivo de la guerra. I ero esia resignación anie la desgracia y acjuel! a consideración ante los lmés edes moros consdtnxeii un timbre de hidalguía nobleza (lUc le va muy bien, dicho sea en homenaje de justicia al U icaturizado oso y al a olillado madroño. Y uesto (luc de hidalguía habíamos, ¿no les parece á nsieiles iie tributar un nuevo i lauso á esa gente nol) ¡e distinguida que da de ¡ado á los (h; ortes ara inscril) irse como volunlaria en los batallones ue van á Mclilla ó i ara organizar legiones ex edicionarias ue vayan á entendérselas con los rífenos? ¡Aiu) -bien! ¡muy bien! -dice la op nión general rectificando a recíaciones y iirejuieios, y ese ¡muy i ien! uiere decir otra cosa igualmente consoladora que hay vigor, (jue hay vida. El enfermo siembran el terror entre la gente del Kif. ¡Anda, pues si viesen los sombreros de nuestras elegantes! Lo que más intriga á curiosos y muriiiurado- re. s es ese juego que se traen los confidentes moros ue van á nuestro campo á contar cosas del otro bando. ¿Cómo se las arreglarán para enterarse de ellas sin ue los otros se enteren de que se enteran? Y si se enteran de que se enteran. ¿cómo es (lue les dejan salir enteros? Cn añero nuestro en el eamija cnto de Melilla ha referido en las columnas de A B C ue las cornetas de las fuerzas de una división han ado ptado como contraseña las primeras notas fie un tiemp de La viuda alegre, aquel cuya letra dice: Las nnijcres por siempre han de ser... Y ¡no V derecho! No le hay á molestar á nuestros soldados, recordándoles lo que están cansados de oir á nuestras fregatrices y á nuestros golfos desde que amanece Dios hasta... iie vuelve á amanecer. ¡üasta. basta de viuda alegre! ¡Antes la canción del vagabundo! L na grata noticia ha circulado estos días por las casas consistoriales de la villa y corte; La Ch- an Vía se hace. ¿Cómo? Haciéndose. 1. a respuesta es muy española, pero arece yanqui. Parece yantjui, i) or ue así se hacen allí las cosas y las casas y las vías ¡haciéndose! ¡A v e r! J lace cuatro días publicaban los pcríc idicos americanos la noticia de que un arcjuitecto de San 1 uis sori) ren (lió á su novia el día mismo (íue la hizo su cs osa regalándola una casa construida en pocas horas. I or la mañana, antes de ir á la iglesia, existía sólo el solar. En once horas estaba el edificio en disposición de ser habitado. ¡Allí, ni ía intura olía! Si algo por el estilo jiudiera hacerse aquí, aunque fuese en once años, habría que agregar al proyecto el de un monumento en el centro de la Gran Vía, y rematando el monumento una estatua la del conde de Peñalver. Los dos gritos del día, son éstos: en Melilla: ¡al Gr. -v: u! E n Madrid, ¡á la Gran V í a! NGEL M a CASTELL. que se siente morir no dice m u y bi n O dice m u y m a l ó no dice nada. Se muere, y aquí paz y después lo que Uios uiera. r, os comciitari s sobre la guerra llenan todas las onversacioncs. Las noticias cine de allí llegan, o s e isodios ue nos cuentan los cronistas nos conmueven y nos enardecen. iMgunos observadores deducen f iie esa indumeiitaria ue se atril) ii e á los moros para salir al combate, unos sacos sin más ue un agujero en el fondo para sacar la cabeza y dos á los lados l) ara los brazos, deben ¡parecerse mucho á los trajes qire este verano Iev; in las mujeres distinguidas, lis decir, que los rifeños- visten á la moda femenina. Refieren también los cronistas que los globos