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LOS DÍAS PASADOS... I os calores apretaron un poco la semana pa sacia, pero no mucho. P o r las noches se encuentra fresco en cuanto uno deja el centro de Madrid. Ya sabemos que hay sitios cpe se consideran monopolizadorcs del fresco. Pero hay que huir de los reclamos. Cuando vean ustedes- -dicho sea sin señalar el lugar de la escena- -á unos hombres con gabanes abrochados hasta el cuello, no digan ustedes compasivamente i pobrecillosi, porque ganan dos ó tres pesetas diarias por hacer creer que hace frío. Lean ustedes los telegramas y los periódicos de París. Hace en la ville luviicre un calor insoportable. La gente se cae muerta de insolación en plena vía pública, ó se vuelve loca y se sube á los tejados á lanzar grandes y desgarradores gritos; forma larga cola en las fuentes de las lazas para poner la cabeza al chorro de las fuentes, se arroja al Sena, etc. Todo eso pasa en la gran capital, en el centro de uu opa... Y aquí casi nos helamos. i l í a n visto ustedes gente más cursi que la de París, sentir calor en Agosto! íf fante fué el más curioso de todos. Su curiosidad le llevó á meter la trompa por la boema del aparato y... ¡huelga decir c ue se acabó la función! El tema de todas las conversaciones ya se sabe cual e s la guerra. La guerra con todas sus emociones de dolor unas veces, de entusiasmo otras. c l a r o es que hay una aprcciacic jn general: la de (jue no vale el Gurugú, ni lo valdría auncjue fuese de oro macizo, la juventud c ue en sus laderas y en sus barrancos ha quedado. Así son las cosas de la vida. La guerra es en todas partes un mal, una ruina, un retroceso, y, sin embargo, la guerra existe y para la guerra se trabaja y se inventa. T os pueblos más adelantados son los más dispuestos á la guerra. Ocurre con la guerra lo que con el duelo. Todo el mundo lo condena, pero ¡Dios les libre La gente madrileña cjue no veranea pasa las noches lo mejor qtie puede en los espectáculos al aire libre. Los Jardines del Retiro ofrecen ahora funciones de zarzuela y nuevos conciertos de la banda municipal, que es el bibelot de la temporada. En el Ivecreo de la Castellana el público se entusiasma con la mesa del diablo un número en el cual dos ciclistas corren á todo correr sin dar un paso adelante sobre una plataforma cjue gira en sentido inverso al de la bicicleta. Gusta también este espectáculo porque, aunque los carreristas son extranjeros, eso de ir contra la corriente, resulta muy español. E n los terrenos del antiguo palacio de los Mcdinaceli, los tigres feroces tienen también muchos espectadores. Se arma todas las noches un tiroteo c ue ni en el Rif. Y eso que los tigres son fieras ue gustan poco de los sonidos estrei) itosos. E n el jardín de Aclimatación se acaban de hacer ruebas con im fonógrafo. Los discos de nrús: ica más dulce deleitaban á los tigres. AT á ustedes de pisar un callo á uno de los más exaltados antiduelistas ó de sentarse sin querer ó queriendo encima de su sombrei- o -i menos los oían sin lanzar un mal rugido. Los monos dieron muestras de terror. Los loros no abrieron el pico. Probablemente pensarían que el aparato hablaba un poco mejor q io ellos. El ele- No parece confirmarse la especie de que, por generoso obsequio de un atriota, se haya dado luia navaja á cada soldado de un batallón. a rectificación es satisfactoria. Si la navaja es para cortar rellanadas de jian y de ¡ueso en un descanso, muy bien, l ero la navaja, ni ara rebanar infieles es simpática. Además, si la lucha eueri) o á cuer o llega, donde está el machete con. un mango tan largo como el fusil maüser, que se (uiten todas las navajas de Albacete. Luego es muy difícil despojar á esa arma del carácter rastrero y vil c ue el abtiso le ha dado. Xo se con. iprcnde la navaja más ciue en la mano del guai) o del m a t ó n del c h u l o Decididamente su ruindad es incompatible con la aureola y grandeza del soldado que se bate por la patria. I. a embajada marrociuí sigue conlerenciando con nuestro ministerio de Estado. El embajada-