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ó cualquiera otro de los retos que atesora la musa popular. N o obstante, por muchas canciones que dcji al viento, es imposible probar la guapeza cantand o llega un día en que es preciso también solfear, y de firme. Los gallegos gna 50 s, profesionales, tienen, respecto á los andaluces, la desventaja de t r a b a j a r j ara un público más escamón, crédulo solamente en lo supersticioso, y de tejas abajo, desconfiadísimo. Por algún tiempo se sostendrá una reputación sin pruebas positivas; al cabo habrá que darlas, ó caer del pedestal entre sola ada burla. Jnaniño y Culás llegaron á coml) rendcr que el hecho ck no kabersc afrontado les comprometía seriamente ante los mozos rifadores, los sesudos viejos pctrucios, las mociñas hipócritamente candidas y las viejas medrosicas, que á todo se persignan exclamando: Asús, Asús me valga, mi madre la Vírgi lene! Las dos parroquias tenían su h o n o r el consabido honor de andar á porrazos, puesto en manos de Culás y de Juaniño, sus campeones; no era cosa de sufrir que lo empañasen no administrándose una rociada de las de padre y muy señor mío, con el fin de acjuilatar cuál de las dos arroquías, la de la tierra baja ó la de la alta, la ribereña ó la montañesa, puede preciarse de tener hombres más hombres, rayo! Ya principiaba en las romerías el juego de di hos, insnitillos y burlctas. Como los héroes de Homero, los mozos de Rozas y de líonsendc se ejercitaban en la inventiva, esperando el instante en cjue Aquiles se midiese con Héctor. Había risotadas ofensivas, i n m a d u r a s de tagarnina impertinentes, escupiduras de costado y puños que apretaban mocas y cárdenas, ó riue, con sentido más modernista, se deslizaban en la faltriquera, cerciorándose de que estaba allí, cargado y brillante, el revólver... P o r q u e estos adelantos de la civilización han llegado á las idílicas aldeas, y el comercio de navajas y armas de fuego es activo y fructuoso, y cada noche, en las carreteras, esuenan dctonacione no se sabe contra Cjuién... A la salida de misa, funcionaban activamente las lenguas. Se convenía en que si Juaniño y Culás no se daban prisa á despachar ariuel cuento sería difícil, en la primer fiesta, contener á los demás mozos, impedir que se enredasen, según andaban de alborotados... Y todos convenían en que, á suceder tal desdicha, muchos emplastos habría Ciue aplicar al día siguiente n o pocos pesos que aflojar para que se certificasen de leves y curables, en cortos días, heridas gravísimas, y evitar c ue n: de cuatro rapaces de bien fuesen echados á presicL... E n vista de esto, Culás, el más vivo de los dos guapos, vio claramente que no era posible retrasar el encuentro; había llegado la hora... Como el matador remolón en la plaza de toros, sintió la voluntad colectiva substituyéndose á su voluntad personal, y decidió, aquella misma tarde, decirle dos palabrillas á Juaniño, que toi naría de la feria por el camino del crucero. Bajo el crucero mi- Eirio se apostó, encendiendo u n papel y sacando fumadas lentas, con ademán áespreciativo. L o que pensase en su alma Culás de Bonsendc, eso lo salará Dios, pues sabe hasta lo que la policía ignora; ero el gesto era gallardo, la mano no temblaba, ni en el tostado semblante había rastro de palidez. I as patillas rojas del mozo relis braban como hilado cobre á los últimos rayes del sol, y sus ojos verdes, de gato joven, relucían fieros. Volvía JuaniSo de la feria cabalgando un jaco eludo que acababa de mercar. Como era un mocctón hercúleo, lar. piernas casi le arrastraban, orque el f a c a t r ú s pertenecía á la exigua y resistente raza del país. Al oír las pisadas del caballejo, Culás tiró el cigarro y empezó á silbar, desdeñoso, atravesándose en el angosto camino, Y como Juaniño, sin hacer caso del obstáculo, intentase pasar, el de á pie abrió los brazos y gritó ásperamente, con claridad y estridencia de gallo a r r o g a n t e ¡Eu! No se pasa! ¡Bagarse del caballo, que acjuí está un amigo! f. a salvaje ironía de la última frase fué bien comprendida... Juaniño pensó para su chaqueta: -V a m o s No hay remedio... Milagro cpie no fué antes... Pausado, frío, descabalgó y amarró al castaño más próximo su ridicula montura. N o había pronunciado palabra, ni Culás añadido ninguna á las ya articuladas. Así ciue sujetó al jaco, volvióse, y preguntó lacónico: ¿Qi- íé se ofrece? El ademán fué la respuesta... Culás hacía molinetes con su garrote en el aire. Juaniño asintió. N o valía aplazar. No sentía, en el fondo de su alma, ni chispa de mal querer contra Culás. N o mediaba ni una rapaza bonita, ni un vaso de vino, ni una brisca mal jugada. N o pleiteaban. N o se habían hablado. Y era necesario cjuc se agarrasen. Lo exigía el honor de dos parroquias. El único honor que ellos conocían. Y cayeron el uno sobre el otro. Juaniño, especie de gigantón, parecía deber llevar ventaja sólo ciue Culás era más ágil, más diestro. Sin sospechar ni el nombre del jiu- jitsu, poseía sus tretas. Asestó cierto golpe al tórax ancho, y J u a nillo se tambaleó, aturdido, pronto á desplomarse. Mas antes tuvo tiempo de descargar, maquinalmente, el puño sobre la cabeza de su adversario, c ue se doblegó como un muñeco de goma. Ambos cayeron al suelo. Volvieron á erguirse. L a lucha se reanudó entre sofocadas interjecciones. S C habían propuesto no emplear armas. N o era cosa para dejar el pellejo. ¡Si no se cincrían m a l! P e r o al recibir otro porrazo cruel en la cara, Culás, viendo estrellas y círculos rojos ante sus pupilas cegatas, echó mano al cuchillo... ¡Juaniño se d e r r u m b ó! No hubo sangre. L a herida sangraba por denlK- o... Culás se alzó. El, en cambio, e- staba como un carnero degollado: por narices y boca arrojaba hilos purpúreos. Corrió á lavarse en una fuente. Y corrió n. iás después, porque coraprendía que, no se sabe cómo, había matado á un hombre, y la justicia le echaría m a n o No ciuedaba más recurso ciue esconderse unos días, arreglar en Marineda el asunto y embarcar para Buenos Aires. L A CONDESA DE P A R D O B A Z A N DIBUJ S DE méNDPZ BFINGX