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LA NINFA DE LOS PlfíS LIGEROS I siDOEA Duncan, aunque nacida en San Francisco, tiene un alma pagana, inspirada en el arte de la Grecia, un arte remoto, de hace dos mil años. Así como la estatuaria que descubren los excavadores entre las rumas nos demuestra la vida del arte sepultada por los siglos, la flexible bailarina da nueva vida al clasicismo más severo y más armoniosamente bello. Aunque sus danzas las conocemos en la coreografía de los dibujos antiguos y en las figuras de los va. os de Atenas y Pompeya, las que hoy admiramos podemos decir que son creación de Isidora Duncan, porque es á ella á quien debemos este mf hermoso espectáculo que aparece juvenil con el atractivo de lo nuevo, de lo imprevisto. Isidora Duncan se consagra ai baile con espíritu piadoso, con beática devoción. Existe en ella el misticismo. Es una alucinada y sueña con una nueva Bayreuth, á la que acudan los amantes del arte griego y de su plástica belleza. Lo más selecto del mundo artístico parisiense rinde justo homenaje á su inspiración rítmica y cadenciosa, y el público, en general, invade el teatro donde la bailarina soSa. con su gracia que se renueva y multiplica, coiistilU 3 e un espectáculo capaz de retener la atención del espectador. Isidora Duncan ha fijados- residencia en Neuilly; v ive en un hcvrmoso estudio rodeado de un jardín. La gran sala, de forma casi cuadrada, está alfombrada con un tapiz de tonalidad barrosa, de igual manera que las elevadas paredes de la gran sala. El más leve dibujo, la más tenue mancha de color no interruffiíje la monotonía uniforme. Dos hile as de focos de luz eléctrica, fijos en el techo, esparcen una luz vaga é indecisa. La vasta sala, como un enorme bloque, reproduce el escenario de! teatro, lín el fondo, un espejo cubre, á lo ancho, la amplitud del muro y reproduce el fondo de la sala, donde se ve un piano, sobre el cual están diseminados diferentes albunis conteniendo dibujos y e s t a m p a s griegas, afrodistas, ninfas, Galateas, sátiros y Apolos aparecen enel grabado mostrándonos la plasticidad armónica de la línea. Eün la entrada, cerca de la puerta y comunicando con el salón, hay un pequeño conservatorio de plantas, que la notable artista ha transformado en sala de recibo. Los vidrios están cubiertos por visillos rojos que impiden penetre la luz del día; al mismo tiempo ocultan la verde lozanía de los áiboies en flor del pequeño jardín que precede al estudio. Toda visión exterior desaparece, y hábilmente se oculta á nuestra vista paja que el recogimiento del alma sea completo y que la evolución del pasado, en el cuadro desnudo, no distraiga el pensamiento con la exposición de objetos que nos recuerden la vida moderna. Isilora Duncan, tanto en el teatro como en su casa, aparece cual una estatuita de yeso, coloreada por la vida Es blanca, pálida, rubia y con ojos azules, infinitamente dulces. Viste una túnica blanca, de pliegues abundantes, de manera que la forma de su. cuerpo, al que no oprime corsé alguno, queda oculta por la amplitud del vestido. Calza zapatos de tela sin tacones, y al andar tiene una gracia ligera y aérea, que semeja el roce de alas de sus pies desnudos cuando en el teatro baila, imitando el juego de la taba sobre las arenas del Helesponto. He bailado desde niña nos dice con acento suave y lento; luego agrega unas cuantas palabras y se desliza entre, los visitantes sin animación, sin la alegría de la primavera que ríe en el jardín inmediato, donde los rayos de sol iluminan los bucles de oro de sus pequeñitas alumnas, las que, vestidas con túnicas tan azules como sus ojos, se entretienen cantando rondas y forniaiido corro alrededor de una frdeilan germana, de aspecto maternal. Isidora Duncan, con su fina silueta, sus maneras sencillas, ajenas al snobismo, aun en la decoración de su casa, evoca la figura teatral; no obstante, en la intimidad de la vida del hogar, parece simple y siempre sonadora, con el ensueño de lo clásico. Ls el amor sin la pasión. La armonía emocionante, austera y severa. EVANGELINA.