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frecuencia, que doce ó catorce años después tenía lO j O O ducados de hacienda 3 más. y casa propia y Q lan buena, que le había costado 24 000 ducados Tuvo muchos hij os y todos disfrutaron del favor leal; las hijas con pingües dotes para cuando se casaran, y los hijos, aunque niños, con oficios en palacio y mercedes, que en esta- parte, según el mencionado cronista, no era tan inocente que no tomase y pidiese cuanto le daban y había menester I a afoitunada bobalicona tenía en su casa audiencia formada y festejo todas las mañanas antes de ir á palacio, donde comía de la mesa del rey, y allí estaba íiasta que los reyes se recogían y ella era trasladada á su casa en coche III Más de quince años llevaba Catalina disfrutando de tan cómoda y regalada vida, pues doña Mariana de Austria, segunda mujer de Felipe IV, siguió favoreciéndola y agasajándola como lo había hecho la ya difunta doña Isabel, cuando tuvo el sentimiento de verse por algún tiempo separada de su marido, obligado á hacer un largo viaje al extranjero. Catalina del Viso, pensando en ellos, co. upr j á su marido unas, grandísimas alforjas, lujosamente bordadas con estambres y sedas de vistosos colorínes, y ya las veía atestadas de ricas joyas, valiosos objetos y lindas telas, que acreditarían la liberalidad de la corte húngara. No eran infundadas aquellas ilusiones. Pedro de Retaua, después de haber corrido grandes riesgos, á la ida y á la vuelta, escapando de furiosas borrascas y tempestades y de manos de turcos, franceses é ingleses, llegó á Madrid el 28 de Abril de 1658, traj endo sus grandes y pintorescas alforjas llenas de mil curiosidades que por allí en todas partes había juntado, al decir del cronista susodicho, de valor de 500 ducados Pero Madrid entonces era más peligroso que el Océano, y los piratas que de noche recorrían sus calles, más terribles que ingleses, franceses y turcos. Al anochecer de aquel día, cuando Pedro de Retalia acababa de entraren Madrid y se dirigía apresuradamente á su casa, deseoso de abrazar á su mujer y de asombrarla con cuanto le traía, ya en la Puerta del Sol, junto á las gradas de San Felipe el Real, unes i i El rey de España quiso obsequiar al de Hung- ría enviándole 30 hermosos caballos de pura raza española, y para llevarlos fueron comisionados Jacome Palmier, picador del rey, y el marido de Catalina. El pesar que á ésta produjo la noticia de la separación y del viaje, bastante arriesgado, porque había de Placerse por mar, y el mar tenía entonces, á más de sus peligros naturales, el de numerosos enemigos y piratas, halló cierta grata compensación en la esperanza de los muchos y buenos regalos que había de proporcionar aquella comisión. audaces ladrones lo apearon violentamente de la muía que montaba, llevándosela con las bien henchidas alforjas, que ante la silla había él colocado. Cuando llegó á su casa, todavía pálido y tembloroso, y con frases entrecortadas y acento lacrimoso refirió su desventura, Catalina, que acababa de llegar de palacio, lo miró irritada, se negó á abrazarle, y volviéndole la espalda, exclamó con desdeñosa altivez: -Señor marido, para ese viaje... no hacían falta alforjas. FELIPE PÉREZ Y GONZÁLEZ. DIBUJOS DI MTDINA VERA