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T, iV. lV- Y; r AS ALFORJAS DEL v: C U E N T O VERÍDICO I A IXÁ por los años de 1640 había extraño rebulli CÍO de chanzas y de risas en el regio alcázar de Madrid. Entre cortesanos y palaciegos circulaba rápidamente la noticia de un peregrino suceso, que todos acogían con mal reprimidas carcajadas y conientaban con frases más ó menos ingeniosas y con chistes más ó menos agudos. Era época en que cuantos andaban por palacio hacían alardes de agudeza y de ingenio, desde el propio monarca hasta el más humilde y bajo de sus servidores. Una de las damas de la reina doña Isabel tenía varias moiuloiiaas, C ue así llamaban á las criadas de aquellas damas, aunque en la Academia burlesca celebrada eii el Buen Retiro, en 1637, los celebrados ingenios de D. Antonio Solís, D. Jerónimo de Cáncer y D. Antonio Coello defendieron en sendos romances premiados que debían llamarse doncellas de honor y extirparse la herejía de aquel mote tripicallero. Una de aquellas mondonaas tenía á su vez una sirviente, mozuela labradora, que había pasado del cortijo á la corte con deseos y esperanzas de mejorar de suerte, aunque sin soñar con la extraordinaria fortuna que de modo rápido é impensado le depararon su rústica ignorancia y su candorosa simplicidad. Un cronista de aquel tiempo refiere el suceso que tanto regocijaba á cortesanos y palaciegos, y fué origen de la prosperidad y valimiento en que llegó á verse la dichosa y mentecata mozuela. Un día de mucho frío en el invierno, que hacía, sin embargo, muy buen sol, puesta á él, lo cogía en el delantal, y cuando le parecía que estaba ya bien caliente, iba corriendo al aposento de su ama y lo metía en un arca; y hacía esto tantas veces, yendo y vi- niendo, que siendo notada de las otras, la preguntaron que para qué hacía aquello; á que respondía que guardaba el sol para cuando no lo hubiese, y calentarse á él. II I,l egó la noticia á oídos de los reyes, que quisieron conocerla hablarla, y sin que le turbara hallarse en las regias habitaciones y en presencia de aquéllos, contestó á sus preguntas con tan atrevido desparpajo, y dijo tantas y tales inocencias que todos quedaron aún más sorprendidos y niaraviÜados. lanifestó que se llamaba Catalina del Viso, y que era hija de unos tíos suyos, porque sus padres habían muerto antes que elia naciera; contó que en la choza donde había vivido hasta que fué á palacio, dormía con un pequeño cántaro por almohada, que ella rellenaba de paja para que estuviera más blando, y dijo ue tenía la costumbre de dormir con los zapatos puestos, porque soñaba con frecuencia que se clavai) a ortigas en los pies. Preguntóle Eelipe IV pot (pié á éi lo miraDa más y con más fijeza que á la reina, y ella le respondió que ie asombraba verlo tan grande y con cuerpo, lirazos y piernas, porque eila creía que era muy chiquito y que no tenía más que la cabeza, como más de una ve lo había visto retratado en las monedas. Riéronse los rej- es de muy buena gana con sus extremadas simplezas; tomóla doña Isabel á su servicio para que la distrajera, y D. Felipe, muy dado á los l: iobos y bufones, de que tenía gran número, la favoreció en términos que diera envidia á las más herjuosas, nobles y discretas damas. La casó con Pedro de Retana, criado suyo, y la con cedió gracias y donativos con tanta generosidad y