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la gracia, lo imprevisto, lalibertad las fantasías d é l a infancia. De suerte- -dice el notable critico- -que, por una contradicción ¡singular, pero que marca muy bien el encanto estético del cristianismo, los retratos de niños contemporáneos, durante muchos siglos, no son sino los signos de un tipo artificial de nobleza, de un porte y de una alcurnia por encima de la común naturaleza, y, por el contrario, en los retratos del Niño Dios, es donde se encuentra más amplia parte de humanidad. Murillo se distinguió siempre por su acierto en representar la gracia y la alegría infantiles, así en la expre. sión de los rostros como en los movimientos de los ángeles que figuran en sus concepciones, y si sabia dar á las figuras de Jesús y de San Juan ese idealismo poético que resplandece en el cuadro de Los tiiños de. la concha, era también admirable su realismo cuando pintaba los chiquillos de la calle que figuran en la Pinacoteca de Munich. Nadie- -dice Max Rooses- -ha, interpretado mejor los juegos y los movimientos de los niños de la clase popular: sus. héroes. son pilluelos, pequeños mendigos, jóvenes vagabundos, picaros que viven al aire libre, glotones, descarados y pendencieros. Como Lazarillo de lormes ó los granujillas de Bruselas descritos en UAutre SAN ANTONIO DE PADUA Viie. Murillo destaca la belleza especial de estas pilluelos y muestra la poesía de sus harapos. Son sanos, vigorosos, de humor alegre, y Murillo pintó tan sabrosamente esas flores del arroyo y del camino, como nos mostró los juguetees de los ángeles del cielo. I. aurent Paridael, el ferviente amigo de los muchachos de la calle de Bruselas, dice: A cnusa del caliente sol los pequeños vagabundos de Murillo están despechugados y medio desnudos. Su camisa seniinegra se abre sobre su torso desde el cuello hasta la cintura, y sus ropas andrajosas, agujereadas en los codos y en las rodillas, parodian los calados que los sastres de lujo hacían en la seda y el tafetán de los ricos trajes de los elegantes del tiempo de Luis XIÍI y de Felipe IV. Por lo demás, todas las telas son iguales ante la generosa luz, y los harapos presentan matices tan variados como los tisúes suntuosos. La Pinacoteca de Munich posee cinco obras maestras de este género en que Murillo sobresalió tanto. Sus perso 7i ajes on ya. pordioseros desarrapados comiendo uvas ó sandías procedentes del merodeo ó precoces jugadores de dados, igualmente andrajosos. ¡Kl buen sol- -dice Rooses- -hace valer el colorido de estas carnes morenas, de estas cabelleras enmarañadas, de estos guiñapos más agujereados que el encaje! En el cuadro de Los niños de la concha encuentra una escena infantil de una frescura y de un sentimiento exquisito. CARLOS L U I S DE C U E N C A