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voces humanas entre las sombras de su nemoroso asilo; silbaron los sapos arrastrando sus ancas derrengadas; croaron las ranas en los lamedales; mayó el buho ominoso y plañidero... y las augustas niñas sintieron correr por sus mejillas el algor del espanto, del terror, del pánico ciego... íy, cua- cua, cua- cuay... -exclamó el cárabo desde una carrasca esparranclada, con los bra; os retorcidos y la cabellera revuelta. Y Cándida sintióse desfallecer de horror. Rosa, más serena, atrevióse á preguntar qué pudiera ser aquello, y Bruna, más resuelta, contestó sin vacilar que aquello no era más sino el cárabo vigilante que preguntaba cuántas ellas eran y adonde iban. Su alteza morenita recordaba haberlo leído así en los cuentos de ¿xiidersen ó de Iriauptmann. ¡Ay, cua- cua, cua- cuay... -volvió á interpelar el nocharniego centinela. Tres para serviros! -contestó resueltamente la infantita Bruna. Y el ave, volando silenciosamente, pasó sobre las niñas, posándose en un roble corpulento. Desde allí volvió á importunarlas con sus gritos, y la princesita replicó serena: -i Perdidas vamos, muéstranos el camino... -Hechicera eres, hermana- -musitó Cándida balbuciente, -que con las aves del monte hablas y te entiendes... -No hechicera, sino loca- -contestó Rosa pensativa. -Recerrios, pues, y caminemos luego. Hincáronse de rodillas las tres niñas, y se encomendaron á los ángeles santos de su guarda, y al terminar la plegaria, sencilla y fervorosa, ante ellas, en la negrura de la fronda, encendióse una luz, una lucecita chiquita come una estrella, como una chispa... -Allí debe dé estar el palacio de las hadas de este bosque- -dijo Cándida; -marchemos hacia esa candelita. -Bueno fuera- -contestó Rosa- -que en vez del palacio de las hadas, topásemos con una cueva de bandidos. Vayamos con tiento. -Carboneros serán- -sentenció Bruna, -que las hadas huyeron de los bosques, y los malhechores de los dominios del rey nuestro padre. Caminemos sin miedo. Y marcharon las tres hermanas con la más pequeña por cabecera y guía. Extinguióse la luz al poco rato, y volvió á aparecer para apagarse de nuevo y nuevamente encenderse; y Cándida pensó en la despierta pupila de algún feroz ojanco que parpadcalm avizorando Rosa, en señales misteriosas y alarmantes, y Bruna aseguró que eran los árboles que entre ellas y la luz se interponían. Siguieron caminando, á poco oyeron vibrar una campanilla; de cristal, para Cándida; de plata, para Rosa; de bronce, para Bruna. El añorar lastimero de un cordcrillo, balido dulce y qucjum- -Ni loca ni hechicera- -respondió Bruna. -Valiente soy tari sólo... -Recemos, hermanas, que los buenos angelitos nos sacarán de este apuro... -Recemos, que el rezar es bueno. broso, tremoló en las sombras, y ¡a Dios misericordioso! el ladrido desesperado de un perro, que debía de ser más fiero que un león y más grande que un elefante, aturdió el espacio... Lanzaron las princesitas un grito de horror nti