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había quedado, si no abierta de p a r en par, sin cerrar y entornada. P o r ella se salía á lo desconocido á la libertad, á la vida... Asustóse Cándida, medrosica 3 p a r a poco, al ver el postigo abierto, temerosa de que por aquel de oro del sol, oreadas por las frescas b n s a s m o n tañesas, aspirando los puros aires cami) esinos, anda que te aiidarás, dieron con el bosque, en Isleña montaña, donde comieron moras y endrina: y grosellas blancas y bebieron los helados cris- t: íív u íij, VK. -v 1 jr jr (fp ÍE: ¿ÍÍ portillo se filtrase la plebe, grosera y tosca... Atisbo Rosa, soñadora y curiosa, oteando el paisaje c ue á sus pies se extendía colina abajo, y Bruna, audaz y emprendedora, pensó en una deliciosa escapada por aquellos prados, repajos y alcabucos, sin la odiosa tutela de ayas ni de pajes, de damas ni de escueleros. Y como la tentación punza y roe y acucia, mis tres princcsitas, tras breves momentos de vacilación, de perplejidad y de duda, capitaneadas por B r u n a la osada, lanzáronse al campo cual alocados jilguerillos que por primera vez tienden las alas, desertando el caliente nido de plumas y granzones. Coronóse Bruna de amapolas y de espigas más bellas que las gayadas camelias del invernadero del alcázar; prendió Rosa en sus cabellos anémonas y gladiolos más lozanos que las orquídeas d e los reales macizos, y Cándida sembró sus garcetas y aladares de manzanillas y de siemprevivas más olorosas que las orondas margaritas de los palatinos vergeles... Cual ingrávidas mariposas revolotearon las infantitas por los desiertos campos, alejándose de la regia mansión, celebrando, picaras, el alboroto y el desconcierto cine la noticia de su desaparición produciría en palacio... Arrullábalas en su huida el r u m o r de los cristalinos arroyos, el zumbido de las doradas abejas, el trinar de los libres paj arillos, y hechizadas por esta explosión de vida, nunca por ellas saboreada, bañadas por las olas M tales que brotan de las peñas en la umbría de los bardales de madreselvas, de yedras y de zai zas. Rendidas de cansancio por la fatigosa caminata, por las alocadas correrías y por lo abrasador del estuoso ambiente, tendiéronse sobre el césped aljofarado y blando, salpicado de perlas desprendidas del hilo de la fuente, á la sombra de robles y de coscojas... y una tras otra, como nuevas flores creadas i) or el conjuro de un hada caprichosa, quedáronse dormidas. Cuando despertaron era mu tarde, ¡ay, si, muy t a r d e! El sol poniente enviaba espadas de luz á través del follaje, y los troncos de los árboles teñíanse de oro de arriba á abajo. P r o n t o t r a s puso el sol las tierras lejanas, y el entrelubricán brilló esplendoroso allá en el horizonte, detrás de la tupida red de troncos y de ramas, y sus luces de pulzol abrasado colgaron de las hojas del bosque frutos de oro y de púrpura. Echaron á a n d a r las tres princcsitas cogidas de las manos, algo arrepentidas de ha loco atrevimiento, y poco á poco fué haciéndose de noche, y los angelitos del cielo comenzaron á encender las lamparitas de oro para recibir á la luna, que iba perdiendo la vista porciue se iba haciendo vieja, y algunos, curiosillos, abrían agujeritos en la alta bóveda (por los cuales se escapaban los r e s plandores de la gloria) sin duda con objeto de mirar desde allá lo que hacían las fugitivas cendolillas. Aumentó la obscuridad; cantó el cárabo con