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N servidor de ustedes se encuentra actualmente, gracias á Dios y gracias á unas 3,000 pesetas escasas, veraneando no muy lejos de la corte. Soy de los afortunados mortales que, en vez de pasar c alor en Jíadrid, se van á pasarlo fuera. Y ya que cometí la ¡niinada de venir á sofocarme en u tina casita más pequeña y mai- cara que la que habito en los iNIadriles, voy á aprovechar la ocasión para presentar á ustedes una serie de ¡ipos vemneanles, muy curiosos algunos de ellos, y no tan limpios los demás. Yo, me esté mal el decirlo, soy bastante observador y he tenido ocasiói: en mis observaciones, de desciihrir ciertos señores raros que toman el veraneo por las hojas y se dedican á hacer extravagancias convencidos de que están en el secreto de todo y de que no hay otro modo de veranear que el que ellos ponen en práctica. Y, puesto que es preciso empezar por alguno de estos tipos, lo lógico es que empecemos por el del madrugador. Hl señor que madruga en uno de estos pueblecillos de la sierra, tiene bastante gracia y bastante mal gusto. Lo primero fj ue hace este señor es sentar el a. iioma de cpie al campo no se viene á dormir. -Es un crimen- -añade- -estarse en la cama sin disfrutar de las bellezas que la campiña nos ofrece en las primeras horas del día. Y consecuente con su modo de pensar, el madrugador acuesta tempranito y empieza á dar vueltas en el lecho, asándose en el hoyo que á su peso forman los colchones. Por fin, tras mil movimientos nerviosos y después de quedarse con la sahanüa únicameníeel infeliz se duerme á la una de la madrugada, y á las cinco ya está de pie, con ánimo de gozar de las cons: ibidaK bv- ÍUzas. y con un ueüo de dos niii demo nios (i tenríí. n saeñ) El m adrngador se viste á a negiígi y se lanza á i. calle cuando tan sólo andan por ella ias gallinas y al gúu que otro simpático Eos primeros serranos que por cerca de D. Facundo (supondremos que se liama D. ITacundo) pasan, míranle a sombrados, y algunos se atreven á acompañar el corlé bnat -s dícucon la frasecita t aí o se madruga! frase que halaga e! n- guIlo del tempranero señor. Pasadas estas satisfacciones, 1) Facundo se da un largo paseo por el campo, entra en un huerto, en el que, por su propia mano, coge unas cuantas brevas fresquitas, y se dirige á un manantial lí cellar un sorho (pie ayude la digestión de las brevas o que aj ude el cólico corresDondien te. Después retorna á su casa, y ve con sorpresa qi! nadie se lia lc: vantado aún. Pide el chocolate, y l; s, criadas le contestan Uft oda- da no lia veitid. o c! pninidcio. El madrugador lee entonces un ratito; se desayuna, por fin, y cuando j a inirto de mañaníi pregunta qué hora es, le contestan que las ocho y cuarto. ¡Una verdadera delicia! D. Facundo acaba por aburrirse y por echarse sobre un sofá, donde se queda dormido hasta la hora IWA almuerzo. Pero al oía siguiente vuelve á levaritíivse con el adja, y si alguien se permite objetarle, c nitfcsta irritado: -Pues ¿qué quiere usted que haga... ¿Xo ve n. tc; l lo que hacen los pájaros... Ea noche se ha hecho para dormir y el día para di. sfrutar... Y es inútil decirle que no es preciso veranear á o pájaro y qne en el campo se duerme int- jor c ue en l.i ciudad, porque él no se da á jjartido, y cuanto más se le contraría más temprano se levanta. Yo no comprendo á E Facundo; pero menos CÍMUpiendo á otra clase de tipos que en las colonias vc: aniegas existen y á los que les da 0 r todo lo contiario. lEiy quien se empeña en Irasnocliar, aunque v u a en una aldea, y no semeie en la cama hasta qa; hi aurora asoma por el Oriente. A esta clase de tipos pertenece Ei; isito Puntales, po lo trasnochador, qne permanece en el Casino hasta que cierran, v después se dedica á hacer locuras ixalas callejas del pueblo, acompañado por los de su di. que son otros tautcs a í í por el estilo.