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t ir i H 4 f, I ESCENAS P A R I S I E N S E S JOCKEY m Los socios del Jockey- Club, de París, están inconsolables. Estos señores del Jockey son todos, ya lo supondréis, aristócratas y millonarios, porque para ser recibidos en tan escogida reunión es preciso hacer previamente una infonnación de jnireza de sangre, ó de abundancia de bolsillo. Los socios del Jockey se dan una vidita (jae hay que verlo... Sin salir de la Sociedad tienen todo lo que se ¡es antoja: se divierten, juegan, ccineu y beben, organizan fiestas y saraos; en fin, procuran amenizarse los cuatro días que vive uno en este picaro mundo... ¡Quién pudiera imitarlos! Las instalaciones del Jockey son espléndidas; las comodidacies, fantásticas; la sala de juego, ideal; el comedor, estupendo; la bodega, cosa buena, y la cocina... ¡Ohl la cocina! ¡la cocina es precisamente lo Ue más cuidan los señores socios del Jockey, y en cuanto saben de un cocinero artista ya se ie están llevando cueste lo que cueste... Bueno, pues los señores socios del Jockey están inconsolables... ¿Xo adivináis por qué. ¡Pues porque se les ha despedido el cocinero! ¿Os imaginabais desgracia más espantosa? Place seis ú ocho meses, nuestro Monarca raptó á Maréchal, que era el jefe superior de la cocina del Jockey y una verdadera maravilla para coadinientar los coqs de bruyere. D. Alfonso le hizo proposiciones ventajosísimas- -dicese aquí que le ofreció vj. ooo francos de sueldo anual, -y el jefe superior de la cocina del Jockey- Club pasó á ser jefe déla real cocina española, que es un cargo que no tiene tratamiento, pero cj ue es muellísimo más importante que el de ministro de la Gobernación. La pérdida del cocinero fué un rudo golpe para los parroquianos del Jockey, que se quedaron, sin poder comer los fatuosos coqs de bruycre... ¡Maréchal se había llevado la receta á la corte de España, donde probablemente no gustarán esos coqs! Pero no uuporta... Y si os fijáis en los me- íts que la Prensa publica al día siguiente de un banquete de gala ó de una comida oficial, advertiréis que no falta jamás el coi de hruyere. ¡Oh! ¡Elso nunca! ¡Primero faltaría la banda de Alabarderos! 0 5 COCINEROS DEL Y es que así como un cantante tiene su do de peclio, un pianista su sonata favorita y un su pieza difícil, uu cocinero tiene siempre su plato y este plato es su nota Los socios del Jockey no se consolaban de la pérdida del Diato, digo del cocinero famoso, y echáronse á buscar por toda Europa un hombre capaz de substituir al que había sido llamado á llenar más altos menesteres... No fué fácil la tarea, pero por íin encontraron uno que es otra perla y cjue si no ha tropezado con la receta para condimentar el coq de ¡nivcrc como su antecesor, en cambio sabe preparar el canaulco Xío los propios ángeles del cielo. Y ya sabéis ue no hay francés que no delire por el canard! Pero ¡ay! (jue la alegría no dura ni siquiera en las casas de los ricos, y a enas el nuevo cocinero tomó l) osesióíi de su cargo, otro- Monarca, el Rey Leopoldo de Bélgica, le hizo proposiciones y se le llevó á su P- iiacio de Bruselas, dándole un sueldo fantástico l) ara que le prepare el famoso canard nnx nmíds y las no menos célebres tiévres á la (inanciere, que son los dos platos que más agradan al Soberano. El pánico en el Jockey ha sido enorme, espantoso, indescriptible... No se hablaba de otra cosa... ¡Listo es inaguantable! -e. xclamabaii los socios. Xos raptan todos los cocineros que traemos... ¡Nos vamos á quedar sin poder comer! Y tienen razónlos pobres socios del Jockey- Club do París, porque no les queda ni el sabroso placer de la venganza... Ouisieron, se. gún parece, Cjuitarle á Mr. l allicres el cocinero del Lilisco, organizaron una conjura, hicieron indagaciones y... el chasco que se llevaron rué tremendo. En el Elíseo no hay cocinero... ¡Es cocinera! l or eso, cuando ahora vemos salir del Jockey á algunos señores pensativos que se pasean bajo los árboles de los Campos lílíseos, nos figuramos que evocan melancólicamente el recuerdo del sabroso coq de bruver emigrado á la corte de líspaña ó el del no menos suculento canard aiix ízyí i que ha huido al palacio de Bruselas... Y si su tristeza no obedece á estos pensamientos... íes que acaban de perder al ecarte ó al bndge! losé JUAN CADEN 4. S.