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acosuniiuiciau a (jue no m e (jueje nunca, a ae me pase en silencio todos mis males... Y lejos de agradecerme la prudencia, me dices que miento... A. vsELiio. -Pero ¡qué modo de sacar las cosas l e (inicio! Ivi. iA. -Ya me lo decía mi m a m á! T e n cuidado con ese h o m b r e es un egoísta. Y así ha sido. I hice dos años, porque te salía un sarpullidito detrás de a oreja, tuviste Inien cuidado de marcharte á Paracuellos de Jiloca. lintonces no te preocupaba la idea de gastar, iín cambio, á mi que me parta un rayo. ¡Ay, qué sofoco... A o, si no estoy mala, i Aj qué m a r e o Como jue estoy nuiy saludable... ¡Ay, que me caigo... i (Acudiendo á ella Muier, ior Dios! Julia se estremece sobre una utaca, y grita desaforadamente presa de un acceso nervioso. Anselmo la sujeta convulsc Acude la domestica, que con la precipitación romi e un vaso, y da á beber á su señora espn- ua de vmo en vez de anticspasniídica. Preséntase la veciria de a l i a d o y, so color de prestar- sus auxilios, huronea y fisga por doquier para comentar luego, en coafianza, coa la del segundo. Al fin la crisis se resuelve en llanto copiosísimo. Julia se acuesta sin cenar. Anselmo se recluye en su despacho sumido en tétricas ideas, sin acordarse tampoco de la comida. L a criada, filosóficamente, se come la ración de todos. IIÍ E n casa de Juan. JuAíf. (Entrando de la calle. D ó n d e está la alegría de la casa? MASGARITA, SU mujer, (Abrasándole. Aquí estoy, más satisfecha que nadie en el mundo. J U A N Placiendo preparativos? MARGARITA. -Por lo menos, proyectándolos, j Si v i e r a s t l a y unas blusas en L a A u r o r a y unas faldas de barros en I a Primavera, que quitan el sentido. ¡Y unos sombreros en casa de madame G a r d c r o b e Preciosidades. Y todo ello baratito, no creas. Yo calculo que con dos mil quinientos ó tres mil reales tendré suficiente para mi equipo, i Y a verás cómo te gusta tu mujercita con tanta lindeza... Y en seguida, á lucir los trapitos por esos mundos. Iremos á San Scbasli. m, ¿no te parece? J U A N -E s o iba á proponerte. E s la playa más üeHciosa. JMAEGARITA. -Claro que sí. Digan lo que quieran, no hay población más adorable. Luego, por oco más, podemos entrar un 3o quitito en F r a n c i a l í e n d a y a Pan, San J u a n de Luz, TÜar r i t s T é serviré de intérprete; verás cómo no he olvidado lo que aprendí en el colegio... JUAN. -i Admirable 1 U n itinerario encanta lor, como formado jjor ti. MARG. TTA. -De modo que ¿cuándo marcharemos, a roximadamcnte? J U A N -P r o n t o muj- pronto... Esta tarde mism a estuve á ver á D. P r o t a s i o no estaba, pero mañana volveré. MARGARITA. (Alarmada. ¿D l rotasio? J U A N -S í ¿N o recuerdas? E! que me prestó aquel dinero hace dos años, cuando estuviste enferma... L n poquito caro, es cierto; pero sé que me servirá, porque ya me conoce. Dos mii pesetas con retención de mi sueldo y el sesenta por ciento de intereses... E n cuanto coja el dinero, que Dios mediante será en esta misma semana, estaré á tu entera uispo. iciou. j x poco üien que io vamos á pasar! I TARGARIT. (Cavilosa. Espera, Juan, esper a ¿Y no habría otro medio... No se podría prescindir de aciuel hombre odioso? JUAN. -Claro cpie no, hijita. l ien salces que no tenemos a h o r r o s mi sueldo entero se gasta en las atenciones domésticas... lis indispensal) le un anticipo. Pero eso no ini) orta; ¿no tienes tú ese gusto? l ues á cum lirlo. Afortunadamente es posible. Claro que este invierno tendretnos que estrecharnos un poco ara devolver el p r é s t a m o jDero después de todo, (jué más da? Que nos quiten lo bailado. ¿Verdad, chiquilla? MARGARITA. (Refle. vk a. No, Juan, ycj no había contado con eso... L o que yo pensaba es una locura... J U A N -P e r o tonta, si á mi no me lo parece. MARGARITA. -Porque tú eres mriy bueno; pero lo era. (Resol- uténdose. Tan alegre como antes. E a no se hable mas de eso. i a no quiero veranear. J UAN. -i Pero, criatura! MARGARITA. -Nada, nada, no me repliques. ¿Is o dices que deseas complacerme? Pues mi gusto es no salir de Madrid este verano. Desj: ués de todo, he disfrutado raiaginándolo tanto como si lo hubiera hecho. JUAN. (Resignándose hipócritamente. E n fin, chica, como tú quieras. Y después de todo, no te figures, aquí no se pasa tan m a l en todas partes hace calor, y lo que es comodidades, en ninguna parte como en nuestra casita... Compraremos v. n ventilador eléctrico... MARGARI L A. -Y me llevarás por las noclies al cine... J U A N Pues no faltaba m á s! Como si quieres ir hoy mismo... MARGARITA. (Pahnoteando. ¿D e veras? Cabalmente anoche se inauguró uno en el solar de la esquina... IV O t r a vez en el bar. JUAN. -Estás más mustio que ayer. ANSELMO. -Querrás lecir que estoy desesperado. JUAN. ¿Según eso se cu, m ieron tus temo- í. s? ANSIÍCMO. -Con creces. (S acando del bolsillo un flamante liilométrico. Mira. J U A N ¡J a j a! Caíste en el garlito. ANSÍCLMO. -i Trescientas pesetas en ferrocarril! L a quinta parte de lo que me gastaré. Y lo peor es que he tenido qnc empeñarme para crriprcnder el maldito veraneo. JUAN. (Mostrando los arrugados billetes del cine. Setenta céntimos me cuesta cl mío. ANSUUMO. -Pero ¿qué hiciste para vencer? J U A N -N a d a Decir que sí á todo. Jíila al momento dijo que no. L a mujer, amigo iYiseimo, odia la contradicción impuesta por los demás pero ama la que ella misma inij one. Si Ic ílevas ia contraria, saltará como tromba ante obstáculo leve; si le das la razón, se la quitará á sí misma con tai de quitártela á t i ¡O quién sabe... -Vcaso la mujer, toda corazón, vence con las armas de la tenacidad, y se deja vencer con las del sentimiento... ANSELMO. (Admirado. Amigo Juan, eres un filósofo... J U A N ¡B a h! N o o creas. Soy un hombre práctico. AUGUSTO M A R T Í N E Z ÜLMEDILLA. DIBUJOS OH M r n r. j