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Ju, x. -Es que no temo esas complicaciones. AIl mujer me dará la razón. AxsiiLMo. -B a h! Será una abúlica, una infelizota. JuAX. -Xada de eso, tiene su geniecillo como cualquiera. ANSELMO. -Pues entonces... JUAN. -Ahí verás t ú cuestión de sistema. II E n casa de Anselmo. ANSIÍI. MÍ) (Entrando cíe la calle, con cara de pocos amigos. ü u e n a s tardes. J U L I A su mujer. (Desabrida. ¡H o l a! ANSELMO. -l arccc que continúas de mal talante. Diciembre y algimos trabajillos extraordinarios, ya lo sabes, tendremos unas quinientas pesetas ahoi t (ías. ¿Hemos de emplearlas en una cosa superfina, exponiéndonos á que una enfermedad ú otro gasto indispensable nos coja desprevenidos... Además, con eso no hay bastante; tendría que buscar más del doble... JULIA. (Con- calma sarcástica. Xada, nad: no te esfuerces. Y a se sabe que eres un homl) rc previsor... Guardemos para las enfermedades: n o nos preocupemos de evitarlas... ANSKLMO. ¿De evitar que? JULIA. (Excitándose. Nada, hombre, nada. Bien sabido tengo lo poco que yo significo para ti... N o ignoras que este mi, smo invierno el doctor N ú ñ e z me lo d i j o E s t á usted histérica; le con- t fXífí JÜLI. V. ¿Yo? X a d a de eso, hijo m í o eres tú quien viene hecho una fiera. ANSELMO. ¡Pero mujer! (Dominándose. V e r á s con toda calma vamos á hablar de la cuestión. ¿No te haces cargo de que es verdad lo que te digo? Y a sabes que la vida es cada vez más cara, que las necesidades son cada día mayores... Con números te he demostrado que no nos sobran cinco duros mensuales. E n t r e la gratificación de vendrían baños fríos, de impresión, de ola f u e r t e los del Sardinero, por e j e m p l o ANSELMO. (Sorprendido. ¡Q u e el doctor te d i j o P e r o ¿estás segura, m u j e r? JULIA. (Más excitada. ¡Claro! Si yo soy una embustera... Si hasta se negará que el sol alumb r a como yo lo diga... ANSELMO. ¡Mujer, por D i o s! JULIA. (Exaltándose. N a t u r a l m e n t e! Estás