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C Olios unos vanidosos insoportables. Quizá por lo que más nos gusta veranear es por el placer de escribir á nuestros parientes y amigos cartas y poslalc cuajadas de impresiones fantásticas acerca de nuestro veraneo. Todo el que viaja se despepita por contar á Jos demás la serie de maravillas que ante sus ojos se ofrecen. Es una mezcla de orgullo y crueldad esta correspondencia veraniega. Es algo así como un ¿rúgala cantado á los infelices que no salen de sus hogares. En las pintadas cartulinas parece que decimos á nuestros íntimos: Miradj mirad qué preciosidades estoy contemplando... ¿Hay algo de esto por ahí... ¡Qué ha de haber, hombre, qué ha de haber... Y este fenómeno, que se da siempre en los que veranean dentro de la península, se exacerba de un modo horrible en los que tienen la dicha de traspasar la frontera. I,o s que se van al extranjero son, en este punto, inaguantables. Yo creo que se van únicamente por enviarnos vislas del país que visitan, rotuladas en lengua exótica, y acompañadas de un sello de correos (pee no es el de aquí. En esta pequeña vanidad postal coinciden todos los que se alejan de la patria, y en más modesta escala caen en ella los que pasan el estío en poblados, sierras y playas españolas. Claro que muchas veces el acto de escribir supone afecto y deseo sincero de comunicar nuestras impresiones, pero siempre va mezclado este acto cariñoso con un poco de vanidosa presunción. les todos los gustos en lo que á elección de postales se refiere. Y precisamente en estas diferencias es en las que reside el carácter de cada uno de estos escritores estivales. Dime qué papel gastas, ó qué postales envías, y te diré quién eres. En nada se parece Conchita Antúnez, que usa papel (rudo, imitando tela, para escribir á su Alfredo, papel rosa para su íntima amiga de colegio, y póstale- Todos escribimos en verano; lo que no hacemos todos es escribir en la misma clase de papel, ni en el mismo estilo. En esto existe una variedad infinita. Cada veraneante tiene su caja especial de papel de escribir, y su modo, también especial, de redactar los pliegos contenidos en la tal caja. Taitipocr sja. n igua- escarchadas para las demás amigas, á Juai, to Eriales, que no usa otro papel que el del Casino, ni, á los señores de Rodríguez, que gastan, para los dos, el papel contenido en una caja de dos pesetas, forrada de rojo, y con un gran letrero dorado, que dice: London ¿Cómo confundir á la aristócrata dama, que en un grueso papel color de garbanzo y bordes sin cortar, escribe bajo una diminuta corona impresa en oro, con la señorita que envía sus impresiones en una posiau de esas que forman parte de una serie titulada Pareja feliz y en la que dos niños (él con barba postiza y frac, y ella en traje de desposada) realizan todas; las etapas de una boda? ¿Cómo puede ser la misma persona la que nos escribe en papel del Senado, que la que use esos pliegos que se venden en cajas de madera, con llave y espejo en la tapa, y que más parecen cajas de aseo que recados de escribir? Nada, nada; por la carta ó la íoító recibida me comprometo yo á saber quién me escribe, aun antes d e leer la firma correspondiente. Y no sé esto sólo. También sé, casi con certeza, el contenido futuro de todos esos papeles y ííí a í? í de que os he hablado. Antes de que sean escritos voy yo á adelantaros los; conceptos que en su veraniega correspondencia han de estampar Conchita Antúnez, Juanito Eriales, los señores de Rodríguez y hasta el niño de los señores de Rodríguez, que también sabe escribir, ó lo que sea aquel sinuoso arabesco lleno de borrones que el angelito traza. Por caballeroso respeto me callaré el contenido de las cartas que la señorita de Antúnez escribirá á su n vio. I O que sé s que si en el punto donde veranee