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-Está muy bien; de amor- -les dijo; -pero... ¿qué es. amor, señores... Y callaron todos, y nadie supo dar solución á la regia pregunta, porque no olvidéis que el caso sucedía en un país de ensueño, en un pueblo feliz, donde tal vez por liliz era un mal ignorado el mal de amores. E I amor es fuente de amargos desengaños- -murmuraron los filósofos. -El amor es la vida- -exclamaron los poetas. -El amor lo es todo- -repitieron los jóvenes. -El amor no es nada- -suspiraron los viejos. ¿Qué es amor, qué es amor? -dijo con angustias de muerte el triste rey: -doy mi corona á quien lo sepa... -Señor... (la princesa hablaba desde su silla de oro) Señor; bien veis que para mis males ya no existe remedio; os dejaré pronto, y os dejaré con pena porque sois bueno y deseáis mi felicidad, pero la felicidad no es cosa de este mundo. Sólo os pido un favor en esta hora suprema, y no me lo negaréis, ya que nunca me habéis negado nada. Señor- -y aquí la princesa se deshizo en llanto, -conceded la libertad al príncipe Siró, dejadle marchar; vuelva él á su país que adora, vuelva á ver sus campiñas bañadas en la luz de un sol, para él más brillante que el nuestro, y muera yo con la satisfacción de hacer el bien, aliviando las penas del que sufre. -Xo hagáis tal, señor- -aulló el príncipe Siró. -Yo no quiero la libertad, princesa de mis sueñes; quiere vivir aquí; quiero sufrir contigo, ídolo mío; quiero morirme lejos de mi país, prisionero y sin trono, pero donde mis ojos te vean, donde pueda besar el borde de tu túnica. Y reinó en el concurso el silencio divino de los grandes momentos. Fué el anciano de los ancianos quien lo rompió diciendo: -Preguntas qué es ainor, poderoso monarca, y y a lo sabes. Tu hija adora á Siró, pero sacrificándose en aras de su amor, pide para él la libertad y prefiere morir dejándole feliz en remotos países. Y el príncipe, que ama á tu hija, se sacrifica también, y renuncia á un porvenir glorioso, con tal de vivir pobre y. desconocido cerca del ser amado. Porque amor- -añadió con tristeza- -no es más que sacrificio, y más se sacrifica quien más ama. El anciano monarca colocó una sobre otra las manos de los principes, y apoyando las suyas sobre las dos cabezas, los atrajo á su seno, mientras los cortesanos prorrumpían en vítores y la princesa se sentía vivir, brillantes los ojos negros, todos luz y pasión, húmedos los labios, erguido el cuerpo de escultura griega, y nimbada de oro su cabecita idea! de diosa mitológica... Decidme ahora; el país de mi cuento, ¿caía hacia Oriente? ¿caía hacia Occidente... ¡qué más da! el suceso ocurrió en remotas edades, y el país era un país fantástico, un país de ensueño... En nuestros países y en nuestros tiempos, las historias son siempre máa sombrías, más negras y más tristes... ¡Es lástima! MANUEL DE MENDIVIL. Aquella misma noche dijo al príncipe Siró su leal escudero: -Ea princesa se muere. ¡Ah. señor! ¡si quisieras salvarla... Y en aquel punto y hora supo el príncipe lo que eran lágrimas- ¡Si yo pudiera... pero ¿acaso soy algo? Y ya no volvió á hablar el pobre vencido; tiempos de libertad, de esplendores y triunfo, ¡qué i jos Staban. Porque habéis de saber qne Siró debía heredar el trono de lui país limítrofe, pero arrastrado a u n a guerra cruel é injusta por el monarca de mi historia, derrotado después en una batalla memorable, y no pu diendo pagar la indemnización que el vencedor tuvo á bien exigirle, llegó un día á la corte cargado de cadenas, y prisionero continuaba en espera de mejores tiempos. ¡También, tamb ¡é; i los monarcas buenos cometen felonías... Siró vio á la princesa: -lecesitaré deciros que la amó locamente? Ea amó por guapa, la adoró por buena, la quiso porque era un rayo de luz en la noche de su cautiverio, y soñó, soñó sin tregua, soñó con hacerla suya, con e. íicaparse juntos, con sentarla en su tiono, con ponerla á la cabeza de sus amazonas, gritando con orgullo: He aquí á vuestra reina. Y lapobreprincesayo no sé si amó áSiro, pero lloró jnucho, endulzó cuanto pudo su triste suerte, sintió una pena inmensa primero, una gran compasión después, y ya sabéis que en un alma femenina bien templada, la compasión es un senLiraieuto fuerte como el amor, y hasta más fuerte á veces que el amor mismo. Se moría, se moría; el anciano rey no tenía ya punto de reposo. Y otra vez los heraldos de bordadas dalmáticas recorrieron los pueblos, y otra vez resonó en todas partes el clamor estridente de las trompas de cobre. -Ea princesa muere de amor- -gritaron los pregoneros, -y el monarca desea que la curen: quien sepa qué es amor y con qué se cura vaya á la corte; sus deseos serán colmados. Acudieron todos, ricos y pobres, jóvenes y viejos, los poetas, los filósofos, los sabios y los estadistas, y 3 e nuevo reunida la corte, asistió deslumbrada al más anaravilloso torneo que imaginarse puede. -El amor es una inclinación mucua, una atracción de los sentidos, dijeron los sabios. DJDUJ DE JWCND Z BIU. NGA DE NUESilíO CwI- CU. ÍS E CUEN: OS. LEMA; NCC PLU JBU 3 MPAR