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lejano y quimérico, en un país de ensueño donde el cielo era azul, el sol brillante, las aguas abundantes y frescas, las laderas floridas, los árboles ricos en frutas dulces, los hombres buenos, y las mujeres guapas, honestas y discretas. ¿Caía hacia Oriente... ¿caía hacia Occidente... ¡qué más da! era uu país de ensueño, y que cada cual lo coloque donde mejor le plazca. el país convocando á las multitudes con sus trompas, de cobre, y el pregonero real gritó incesantemente: -ha princesa se muere; el rey nuestro señor ordena á los sabios todos de su reino que acudan á la corte y que estudien el mal d é l a princesa y traten de salvarla; quien la salve será recompensado con largueza. La pobre princesa ss moría; sus ojos negros, todos luz y pasión, miraban tristemente; su pelo rubio se tornaba lacio; su rostro de blancura rosada se ponía Acudieron uno, dos, tres, veinte sabios; se reunieron en asamblea permanente, consultaron prehistóricos pergaminos, descifraron antiguos jeroglíficos, estudiaron el mudo idioma de los astros, y un día, al T if TS 1 m- lÜÜ M ijí y. lívido; languidecía su cuerpo de escultura griega, y aquella cabecita ideal de diosa mitológica caía sobre el hombro, como flor que, agostada, se vence sobre el tallo. Pero ¿de qué mal ignorado moría la princesa? El anciano rey, un rey valiente y bueno se estremeció en su trono de marfil y púrpura. -No, no, luz de mis ojos, sol de mis jardines, consuelo de mis días, tesoro mío, no quiero que te mueras; ¡vengan los sabios... Cien heraldos de bordadas dalmáticas recorrieron fin, ante la corte entera, reunida en el gran salón d e Embajadores, emitieron su fallo. Que fué breve y conciso, pero terrible. -Señor- -dijo el más anciano de los veinte, -ei mal de Ja princesa es mucho ó es nada, porque nosotros convocados para estudiarlo, os podemos jurar que la princesa muere sencillamente de amor, de uu amor no logrado que la mata. I os cortesanos miráronse sorprendidos é inquietos; el anciano monarca sonrió con amargura, y moviendo la cabeza: