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ar coj (i ro KtVISTA ANO XIX I L U S TT ADA f NÚM. 949 MADRID, lo DE JULIO DE 1909 7 XvJL eoivXJCior r A princesa se muere... ¡la princesa se muere... Corrió la voz por aldeas y pueblos, por villas y ciudades, por cañadas y montes, con la desoladora rapidez con qu i las malas noticias se propagan, encontrando en una y otra parte, lo mismo aquí que allá, rostros incrédulos y caras tristes. Caras tristes porque á la pobre princesa de mi cuento la adoraban sus vasallos; rostros incrédulos porque en el alma humana hay siempre un germen de rebeldía contra la fatalidad que nos hiere. ¿Acaso en plena juventud, en plena belleza se debe morir así, tontamente, brutalmente... ¡Ah, no! nunca podrá admitir un jardinero que se muera un r e s a l a n tes de darle rosas. Todo esto acaecía hace ya muchos anos, en un país