Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ías capitales de provincia estos linajes rancios, r u n ca desarraigados del solar, están uncidos por la veneración. Los Priescas pusieron siempre una discreta jactancia en el alejamiento de la vida cortesana; al monarca le rinden homenaje cuando muy de tarde en tarde otorga á la ciudad el favor de una fugaz residencia. Entonces el palación de piedras renegridas, morada silencio. sa, resplandece mostrando el júbilo altanero de verse convertido en parador de reyes. Coa lo cnal, para los provincianos, á estos nobles seíiores se ¡e. s comunica gracia de realeza. ¿Pero ellos á la corte? Sólo para cumplir con la etiqueta, y aun eso tardíos y rezongando. Todo esto se lo apunto para que colija de ello la emoción de mi visita á tan egregio procer, á quien por aquellos tiempos la ancianidad hacía doblemente venerable. Como le dejo dicho, era yo un adolescente la tarde en que mi abuela, con aquella gravedad de ceremonia en que engreía las cosas más triviales de la vida, dispuso que la acompañara á visitar al marqués de Priesca. Yo no sabré expresarle qué surgió dentro de mí con mayor brío en aquel instante: si alborozo por la curiosidad ó apocamiento del ánimo por la magnificencia del personaje. Ambos sentimientos son fre cueutes en esa embarazosa edad de la vida; y mientras me adecentaba con toda la compostura que el caso requería, sentí la incómoda pelea del deseo que acosa y de la timidez que retrae. Me vi perjeñado en la traza misma con que dias antes había ido á recibir la primera comunión; pero aún la abuela, al inspeccionar mi tocado, halló tildes que fueron corregidas por ella misma, ya ahuecando el lazo de mariposa de la chalina, ya recortando uñas excesivas, j a abatiendo greñas rebeldes. No se olvidó de rociarme el pañuelo con olorosas gotas de agua de Florida. También la anciana iba majamente dispuesta, con atavío grave muy en punto de la edad. Subimos á la carroza, desvencijado armatoste crujidor, y comenzamos á rodar por un camino que la primavera engalanaba de flores, y mi fantasía de ilusión. ¡Qué extrañas sorpresas tiene la vida! Aquella tarde en que acompañado de una vieja setentona fui á visitar á un viejo setentón, se reveló á mi alma el misterio prima era! me parecía ver, por primera vez, árboles reverdecidos y jardines en flor; el canto délos pájaros y el aroma de las acacias eian novedades seniimentales para mí. Soy propenso á las inútiles divagaciones, y con eüas olvidaba ya deciros que el viejo marqués, apenas se aplacaban los rigores invernales, trasladábase con toda la setvidumbre á su residencia campesina. El palacio de las piedras renegridas y los balconajes hon los no era mansión de su gusto. Tal vez le pareciera como á mí me parecía: carcelaria. En cambio, yo no sabré ponderaros la sutil elegancia, y á la vez el señoril aspecto de su morada campestre. Como habréis visto cerca de esa ciudad encantadora, y acaso habréis frecuentado- -afecto como sois á los parajes exquisitos- -la graciosidad de los Trianones, podéis tener una imagen bastante puntual de aquella vivienda, y del parque que la circunda. Figuraos más bien el Tríanón pequeño, con sus picantes galanuras de égloga aristocrática, y las exuberantes lozanías versallescas. Por si es dato que pueda interesaros, no dejaré do deciros que e. ta quinta, entre pastoril y cortesana, fué la ilusión- -ó el capricho- -de una antepasada del marqués, dama que, según parece, conoció, viviendo en París, á la Dubaír y que distrajo aquí su larga ancianidad con asiduas lecturas de Rousseau. Acaso de esta afición nació la fama- -que aún perdura- -de haber sido señora de mucha extravagancia. En su retrato, que Chardin noi ha dejado, envuelto en gasas de divina trasparencia, sólo a d v e n i m o s aparte su belleza inteligencia en los ojos, aitivtz en la frente y un esguin- ce picaresco en la comisura de los labios. De desvarío ni rastro. Ai entrar en la residencia de los Priescas era ya esa hora de tarde abrileña en ciue los rayos del sol, raseros, difunden un vaho rojo entre los verdores húmedos. Mi abuela buscó- -me parece que con cierta coquetería- -el apoyo de mi brazo. Y así, solemne, alanzamos los dos por una calle de olmos. Al término de ella, en un rellano delante del palacio noblemente rústico, hallamos al marqués como presidiendo un corro Aa teiiidianas. Porque lo singular, lo extraordinario, lo que me sorprendió, y me sorprende todavía, de aquella tertulia del noble Priesca, es que se compusiera casi sólo de señoras. A lo cual debo añadir esta otra circunstancia: eran damas de muy varia edad, pero con evidente predominio de las provectas. El procer vino á nuestro encuentro. Sn traza era de las que vistas una vez no se olvidan nunca. D- erépito, encorvado, tremulante aún trascendía de su persona la nobleza, el difícil porte caballeresco entre marcial y cortesano; donaire que tanto cultivaron nuestros antepasados, y que tanto poder tuvo entre nuestras antepasadas. Su cabeza era de líneas varoniles, abundante en cabellera, y barbas de un blancor casi resplandeciente; apoyábase para andar en una muletilla; KUS manos hoj las recuerdo como si las hubiera visto esculpidas en un marfil reciamente veteado de azul. Sentí el frío marmóreo de aquellas manos que acariciaron mi frente enrojecida por la timidez y la veneración. Después, tomando puesto entre los vejestorios, observé en mí aburrimiento las rail graciosas zalamerías que aquellas damas vetustas prodigaban al de Priesca, el cual mostrábase con todas muy galante. Tan caricioso era el rendimiento de ellas y tan cumplido correspondía el caballero, que á no ser por las edades creyéramos percibir en las palabras mieles de amoríos. La gravedad de todos daba, sin embargo, á la tertulia aire encopetado. La presencia de un abad, el del monasterio cercano de San Juan del Monte, era el ápice de lo ceremonioso. Para mí aquel monje blanco purificaba á la reunión de ciertos dejos mundanos. Ya ascendía sobre las copas de los árboles el disco de una luna purpúrea, cuando todas aquellas señoras se despidieron del marqués prometiénuole, melindrosas, volver al día siguiente. El de Priesca mostrábales su agradecimiento con tiernas sonrisas y un par de palmaditas suaves, cautas, sobre los hombros de cada una. No volví á ver a aquel nobilísimo varón. Poco tiempo después de la visita, supe de su muerte por la abuela misma, que me dió la noticia con bien claras señales de emoción doliente. Rezapor él esta noche- -me dijo- -estaba prendado, verdaderamente prendado, de tu gentil presencia; grandes deseos tenia de volver á verte, y yo le había ofrecido volver á llevarte. Sólo puedo añadiros que las damas tertuliantes alternaron con mucha solicitud en el cuidado de atenderle en su postrimería. Y entre todas, una vez muerto, con un hábito blanco que llevó el abad, le amortajaron. Di 3 IT. Á X. Gracias por vuestras noticias; ellas son suficiente al esclarecimiento de algunos turbios pasajes de estas Memorias halladas, por mi ventura, en un baratillo de París, y que me revelan deleitosos días de la juventud del msrqués. Felices tiempos aquellos en que él vivió. Nosotros, amigo mío, no podremos escribir Memorias tan ricas en páginas encantadoras. Fáltales á nuestra vida sales con que aderezarlas. Y sin duda por eso ha decaído de tal manera este interesante y sugestivo género literario. FRANCISCO 4 CEBAL.