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X J YiüJL Y I K H E 3 Í L vL p l N WALZERTRAUAg Cosa más contraria que estos dos Strauss! Mientras el autor de Eleciía recorre Europa como un precursor, paseando sus dos partituras últimas, en las que losí; o ¿í pretenden ver los nuevos moldes para la música del porvenir; mientras Ricardo Stiauss se esponja de satisfacción al saber que le llaman Ricardo II, el otro Straus- -éste con una Í nada más- -continúa cultivando el género que sus antepasados implantaron, y no se mete ea fuaas complicadas ni en contrapuntos de difícil resolución. ¿Para qué? Rompan los moldes quienes se crean con arnistos para ello... I os modestos, ios que no ven nuevos derroteros para el arte ni alcanzan á distinguir otros horizontes, se limitan, como Osear Straus, á meter el vino nuevo en la odre vieja... No será tan definitivo, pero resulta más cómodo. El autor de Ein Walzeríraiim ha gustado, con Franz Lehar, las delicias de la popularidad, porque Un vals de ensueño ha sido la opereta que enloquecía alas vienesas al mismo tiempo que La viuda alegre las perturbaba. En los últimos dos años, por donde quiera que íbamos estábamos obligados á escuchar el inevitable estribillo: iFrou Fron, Margal, LUIII. T Y cuando las orquestas terminaban con el alegre poutpaw ri de la regocijada Viuda, comenzaban indefectiblemente con el otro, no menos popular, de El vals de ensueño que todo el mundo coreaba: iPtkkolonPtkkolo! ¡Tsin! ¡Tsin! ¡lsin! ¡En Austria, en Alemania, en Francia, en Inglaterra, por todas partes nos perseguía la musiquilla, y cuando cambiábamos de población, trasladándonos de un país á otro, al llegar la noche y penetrar en un teatro, nos parecía que el viaje había sido un sueño, y se nos antojaba que estábamos en el mismo lugar, porque de pronto la orquesta atacaba el eterno soniquete, la canción sempiterna. Menos mal que ya ha surgido en Viena otra nueva opereta que ha eclipsado la celebridad de las dos anteriores... Ahora son las melodías i Die Dallarprinzesin las que salen de todas las orquestas, de codos Iospianos y de todas las gargantas... Dentro de un par de meses esta música agradable, sentimental y ligera de La Princesa del Dallar se nos hará tan insoportable como el ¡Frou- Frou! i Margal! i Lulu! de La viuda alegre ó el ¡Pikkolo! ¡Ptkkolo! de Ein Walzeriraum. Claro que yo me iie guardado bien de decir esto á Osear Straus, el afortunado autor de Un vals de ensueño, al que conocí cuando últimamente fué á París para gestionar el estreno de su opereta. El hombre está muy asombrado de que sea precisamente Francia el único país que todavía no le ha pedido la obra, Y es- -me decía- -que el boicattage sordo que el parisién hace al arte alemán se extiende á nosotros, los austríacos, por culpa del idioma. Y es verdad... La- nuda alegre lia sufrido el mismo calvario. Se ha representado en el mundo entero, h a hecho ganar ríos de oro á empresarios y traductores y ha sido puesta en escena hasta en España antes de que París se decidiera á abrirla las puertas de un teatro. Se dice que la opereta es un género pasado de moda, y lo que sucede es que los autores parisinos le han dejado morir porque es más cómodo escribir una revista imbécil y adornarla coa cien números de música cogidos de todas partes que hacer una obra que tenga un poco de sentido común. Con Un vals de ensueña sucederá ahora otro tanto. Osear Straus se ríe diciendo que después de haberse visto solicitado por todas las empresas del mundo, ha ido como un principiante á París con su partitura debajo del brazo y ha recorrido los teatros sin encontrar quien quisiera poner en escena la opereta. -Es posible que creyeran que los iba á engañar- -agrega. -Porque les ofrecía una obra desconocida. Ya ve usted... No se ha representado más que en todo el mundo... menos ea París. JOSÉ JUAN CADENAS.