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al menos de agonizar... ¡Y qué agonía, santo Dios! Dos veces, D. Lucas, dos veces he llorado en mi vida: la una, cuando murió mi madre; la otra, cuando el año pasado caían aquellos malditos nublados de langosta sobre mis campos de trigo destruyéndolos... ¡Si este año ocurriera lo mismo... Y mire usted cómo está todo... Aparte de la siembra, más hermosa que nunca, la hierba silvestre crece rozagante y las cimas de los montes se llenan. de sabrosos pastos. D. Lucas le escuchaba abstraído. Hacía unos momentos que sus ojos permanecían fijos en un lejano bando de pajarillos que en el fondo del horizonte se divisaban como unos puntitos negros. Avanzaban y, al aproximarse, se engrandecían. Con su rápido vuelo se dejaron atrás olivares, viñedos y sembrados, y cuando, cercanos ya, una brisa tenue recién despierta trajo sus trinos hasta los oídos del párroco, lanzó éste un grito de alegría, y cogiendo por un brazo á su interlocutor, exclamó: ¡No me he equivocado... Las golondrinas, las golondrinas son... ¡Míralas, Mariano... Bien venidos seáis, ¡oh heraldos de la primavera! á esta aldea amiga de la paz... Las encantadoras avecillas volaban hacia el pueblo, abriendo sus alas, semejantes á diminutos abanicos negros. -Esto me alegra- -decía en tanto el cura. -Mañana, cuando despierte, al mismo tiempo que la luz entre en mi cuarto á raudales, al mismo tiempo que el sol bese las más altas ramas de la higuera que adorna mi patio, sentiré á las golondrinas trinar junto á mi ventana. Oyéndolas, reconstruiré toda mi vida y los recuerdos, como espectros evocados por palabras mágicas, se alinearán en mi cerebro. Hubo un tiempo- ¡tan lejano ya y tan, ieliz tiempo! -en que, siendo pequeñito, lo primero que sentía al despertar en las las hendeduras de las puertas. D. Lucas proseguía: -Pero, amigo mío, ¿por qué viendo estos pajarillos me siento triste con una tristeza pálida, enclenque y sin vigor, que no acaba de matar en mí la alegría de contemplarlos? ¿Por qué me pasa esto, Mariano? ¡Usted lo sabrá... -contestó el aludido, c o m o quien despierta de un sueño. ¡Pues sencillamente porque ya soy muy viejo! -añadió D. Lucas, -En esta edad todo se desdibuja perdiendo la fijeza de contornos y la limpidez de colorido. Se une el anhelo de descanso con el apego á lo que nos rodea. Sentimos la vida que se va y la muerte que se acerca y, en tal situación, la duda d e si moriremos pronto nos hace poner en todo una poca melancolía y una poca dicha: la dicha de gozarlo todavía y la melancolía de despedirnos de ello para siempre... Calló D. Lucas, y, como se quedara triste, Marianotrató de consolarlo. ¡Vamos, vamos, hombre... Hay que animarse- -dijo. ¡No parece sino que la muerte es privilegio de los viejos, Pues bien joven era el hijo del tío Cantares y lo aplastó una pared. Y la Antonia, la hija del señor alcalde, cuando la mató la pulmonía, no era vieja ni fea. Veinte años tenia y hermosa estaba como un almendro florecido. Así es que lo misino puedo morirme yo que usted. Cuanto más que si, según leí el otro día en un periódico, á ese cometa que anda dando vueltas por el espacio, le da gana de besar á la tierra, ésta se desmenuza y todos nos quedamos iguales. La importancia de las cosas está en dársela, en pensar en ellas, en revolverlas en el magín. Abracémonos alpresentey. nolamentandoelpasado, queya no tiene remedio, ni doliéndonos del porvenir, que no podemos evitar, seremos felices. ¡Muy bien, amigo, muy bien! -dijo á esta sazÓK W mañanas primaverales eran los trinos de las golondrinas juntos con la voz de mi madre; pasáronse años y llegó uno en que sólo las golondrinas me despertaron; siguió su curso la edad, sucediéronse unas primaveras á otras y, ya dolorido, ya contento, su piar, como si fuera elástico y acomodaticio, supo adaptarse á los varios sucesos de mi vida sin asperezas ni disonancias. A ratos pienso si serán las cosas las que sepan amoldarse á nuestros estados de ánimo ó si seremos nosotros los que vistamos las cosas con el ropaje que usan nuestros pensamientos... Mariano le escuchaba sin entenderle. Asentía con la cabeza; pero su alma, asomada á sus pardas pupilas, se apacentaba con placer en la contemplación de los se mbrados que se extendían por el ancho campo. Veíalos en profecía amí. rillear, caer al golpe de la hoz, requemarse en las eras, ser triturados por los trillos y colmar sus graneros hasta desbordarse por D. Lucas, vuelta ya á su rostro la alegría que perdiera. -Seguiré tu consejo y cuando desde mi ventana vea el nido de las golondrinas colgado entre las vigas carcomidas del portalón; cuando, alineadas en eL caballete del tejado, las sienta trinar, les diré; Amiguitas, he aquí que no quiero recordar que cantáiscorno cuando era niño, ni pensar en que cantaréis así después de que me entierren. Me he sumido en una. sana simplicidad y con ello soy dichoso... Anochecía. Entrambos interlocutores, levantándose, se encaminaron hacia el pueblo aureolado por los rojizos resplandores del sol muriente que tras las humildes casas se escondía. La torre, como un mástil dorado, se destacaba con precisión sobre el fondo opalino del cielo; los pajarillos se ocultaban entre los verdes surcos; caía sobre éstos una violácea sombra, y en el Oriente, de un intenso azul, comenzaban á. parpadear las primeras estrellas... JOSÉ A. LUENGO. DIBUJOS DE Mü. NDEZ B vI GAv