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Este Arturo, novio de la niña, permanece unos momentos con ellas, y después se levanta, se despide, y corre al lado de dos ó tres amigos que contemplan desde el ceatro del paseo la prueba de un caballo de tiro ó la lucha de dos fox de pura raza. Por este público se ven ocupadas las sillas de Recoletos durante las primaverales mañanas délos días ordinarios. En días festivos el contingente aumenta. Las señoras y señoritas que salen de misa de las Pascualas, y las que desde el centro de Madrid acuden al paseo, llenan aquellos sillones desde los que las solteras reciben el ardiente fhrl de sus perseguidores. Las mamas eomentan y murmuran; las niñas se timan con los pollos que toman vei- mouíli sobre los veladores de las cervecerías instaladas al aire libre, y el grueso del ejército pascante circula por entre ambas filas de curiosos, dando vueltas y más vueltas á la noria. hacen caso alguno, ni los nne van andando hacen et comentano que ellos suponen, sino otro bien distinto y lastimoso. Fuera de estos tipos, no son muy definidos los demás que acuden por la tarde en busca áo ios baratos asientos de alambre. De los que por la noche los ocupan, nada quiero decir. Es la presente una estación asaz primaveral para entrar en detalles. Cuando las sombras nocturnas invaden el paisaje, aún se ven grupos de borrosas siluetas. Son los rezagados de la tarde. Pero no son éstos los peores. Los peores son los que después de cenar salen en busca de aventuras y dan con sus huesos sobre las desvencijadas sillas. Durante las primeras horas de la noche las siUas de Recoletos guardan muy ü ravcs secretos. Aspecto muy distinto ofrecen las sillas de Recoletos durante el crepúsculo vespertino. El público de tarde de estas sillas se compone de cunis declarados, de escépticos desdeñosos y ele tontos de capirote. Los cursis declarados son los que toman de buena fe aquella sentadita del domingo por la tarde. Son familias burguesas que, convidadas por el novio de la niña, se instalan á eso de las cinco y permanecen allí hasta las ocho. La madre, risueña y satisfecha, observa cómo va la moda en las elegantes toilelles que ante su vista cruzan. La niña no ve nada, ni observa nada, ni hace otra cosa que sorberse á su Telesforo, al que no pudo ver durante toda la semana. Telesforo, ¡ay! hace lo mismo que su adorada, y además hace otras dos cosas. Pagar las sillas y enseñar la cinta del calzoncillo destacándose sobre el arrugado calcetín de color. Los escépticos desdeñosos son otra clase de pájaros más independientes. Aislados del bullicio, apartan su silla de las demás y se engolfan e, ti. la contemplación de las hojas de los árboles, ótiiéiic- áeenfrascan en íntimas filosofías. Si á estos sujetos les preguntaseis quién pasó ante ellos, no sabrían decíroslo. Son los más simpáticos y menos molestos ocupantes de las sillas de Recoletos. Los que son inaguantables son los tontos que se sientan de espalda al público de á pie y de frente al de coche. Estos superhombres lo primero que hacen es volver su silla hacia la parte central de la calle, como diciendo: Lo que á mí puede interesarme ha de venir por aquí rodando. En tal postura, se recuestan con fingida indiferencia y estudiado splm sobre el respaldo del sillón, y esperan, esperan y esperan... lo que nunca llega; pues ni los que van en coche les Pasadas esas horas, los bultos van desapareciendo, y los sillones quédanse vacíos. Entonces los desheredados, los Cesantes, las gentes sin hogar aprovechan á hurtadillas aquellas cómodas butacas para entregarse al sueño. Las autoridades hacen la 7 nsía gorda, y ejercen una plausible misericordia dejando reposar á aquellos infelices. Algunas veces un guardia irritable, ó un sereno celoso de su deber, despiertan y empujan la chusma hacia otros lugares. Los vagabundos dan unos cuantos pasos, y en otras sillas parecidas caen de nuevo en busca de descanso. Las sillas de Recoletos son democráticas y con cariñosa igualdad acogen al sporslman y golfo. Sobre la trama de la rejilla de sus asientos hallan descanso los ricos y los miserables, los cursis y los elegantes, los vagos y los obreros. La historia de estas sillas es una historia simpática. Ellas asisten á todas las fiestas, alegran los carnavales y prestan momentáneo asilo al píllete que como un pajariüo se posa sobre ellas y levanta el vuelo no bien ve venir hacia sí al hombie de la cartera, al cobrador maldito. Y en las horas del sol ardiente estos amarillentos sillones brillan alineados y solitarios como un ejército que, formado, espera la hora de emprender ¡a marcha. Son muy simpáticas les sillas de Recoletos. ¡Cuánto amoroso idilio guardan aquellas trenzadas alambreras! ¡Cuánta historia romántica de á dies céntimos una con otra... Y ¡cuántas tonterías se le ocurren á uno á propósito de cualquier asunto... Luis DE T A P I A DIBUJOS DE SANCHA