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TTODOS las conocéis. Están alineadas á lo largo de la acera izquierda del alegre paseo y en el corto espacio que separa la fuente Cibeles de la iglesia de las Pascualas. Son unas desvencijadas sillas de alambre retorcido. Tienen unos curvados brazos de hierro, y pueden plegarse sobre si mismas para mayor comodidad en su transporte. Eso sí; una vez plegadas, ¡trabajito le mando al que intente volverlas á su prístino estado! Es ésta una de las más difíciles operaciones que se conocen. ¿Quién no se ha visto alguna vez en ridiculo al intentar ofrecer ruio de estos plegados sillones- á la dama de nuestra compañía... Solícitos y amables, corremos hacia el árbol en que, recostadas, se hallan las sillas malditas. Tomamos una en nuestras manos y empezamos á dar patadas sobre los travesanos inferiores del complicado armatoste. Los goznes no giran y la silla permanece doblada. La lucha se hace cada vez más violenta, hasta que por fin unas palabras de cariñosa disculpa que la señora nos dirige nos hacen cesar en nuestro empeño y salir de aquel tormento con la cara enrojecida por el esfuerzo y por la vergüenza. Es éste uno de los inconvenientes de las tales sillas. Otros muchos tienen. Con ellas 710 hay pantalón separoLos pellizcos que aquellos alambres prenden en las ropas de vestir, son la desesperación de los leñónos que, los domingos por la tarde, convierten en tronos amorosos los alambrados asientos. Pero ninguna de estas contras puede compararse á la de las visitas. El que se sienta en una silla de Recoletos recibe, durante su cómoda permanencia en el sillón, á las señoras j señores siguientes: Una aguadora del Berro, una florista muy compuestita y muy mona, un vendedor de décimos de la lotería muy pelma, un limpiabotas muy dedidido á dejarlas como un espejo, varioS mendigos porfiados y el cobrador de las sillas. Si la víctima de estos ataques es de las que se dejan ablandar, la sentada le sale por una friolera. Diez céntimos de silla, diez céntimos de agua, veinticinco de limpiabotas, una peseta de florista, tres pesetas veinte céntimos de lotería y quince centimitos de limosna hacen un total de cuatro pesetas ochenta céntimos. Por esa cantidad se puede uno sentar casi casi á) a diestra de Dios Padre. Y menos mal si estas escenas acaecen en día de trtibajo, y á eso de las doce de la mañana. Porque entonces se puede afirmar que el atracado se encuentra en fondos. El paseo de Recoletos, á tales horas, es punto de reunión de lo más chic de Madrid. Pocos paseos cambian tanto como éste de carácter, según el día y la hora del día en que se los contempla. Y uno de los fenómenos más curiosos de observar es el de las diversas gentes que toman asiento en aquellas férreas sillas. Los días laborables, de doce á una, son muy pocos, pero muy distinguidos los grupitos que se forman bajo la sombra de los árboles. Dos señoritas acompañadas de su institutriz siéntanse en tres sillas contiguas, sin descomponer la línea que éstas forman á lo largo del paseo. Allí, impasibles, sin cruzar entre sí la palabra y con las miradas errantes, contemplan el desfile de los que pasan ante ellas. A veces saludan con un gracioso mohín á los que van á pie ó á los que, rápidos, cruzan sobre un auto ó sobre uri cochecito de guiar. Pasado este terceto anglosajón, otro grupito de sillas se ve bajo la arboleda. En estas sillas se arrellanan un par de niirses y tres ó cuatro amas de cría de bzienas casas. Los nenes maman ó juegan, según sus edades, y ante el grupo se ven, blancos y entol dados, los pequeños coches de ruedas engomadas. Más allá una niña aristocrática, en compañía de su madre, espera sentada á que se acerque Arturito.