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ii- t ajia IK. iyA íi, si t. J Slá LA VIDA VI EN ESA C L ClEGUEaro DEL PASAJE En uno de estos pasajes que ponen en comunicación el Ring, la ciudad nueva, con las encrucijadas de la vieja ciudad, un cieguecito canta todas las tardes acompañándose de la guzla melancólica. Un grupo numeroso le escucha, y es de suponer que todo el mundo en Viena conoce á este anciano cantor, porque no pasa una sola persona que no se detenga breves momentos á oirle. lyas canciones que canta son czardas sentimentales que arrancan lágnmas porque los cantos populares húngaros se asemejan á los cantos andaluces en que sólo hablan de tristezas, de muertes, de venganzas, de amores asesinados, de tormentos y de crueldades. El cieguecito de! Pasaje nos cuenta con doliente voz un montón de aventuras lamentables, y como la música con que se acompaña al cantar es desgarradora, el público le escucha poseído de sincera emoción y no se marcha sin dejar unos cuantos céntimos de limosna al trovador. Aveces se arranca por una canción guerrera, otras entona un himno ala ciudad de Viena, la villa deloro donde hay una catedral altísima, y sentado sobre la torre aparece el Emperador rodeado de u n nimbo de luz. No tiene más que dar una orden, y un poderoso ejército se presenta. Sólo con hacer sonar su cetro contra la cúpula de la catedral, la ciudad entera se levanta en armas. ¡Viva la villa del oro! ¡Viva la ciudad de Vienali Pero estas canciones no son las que más público atraen quizá porque á la gente no la gusta ver en tan incómoda situaciór; al Emperador como reza el couplet patriótico... j. A. hí es nada! ¡Sentado en cuclillas Sobre la torre de San Esteban! No... Eas modistillas vieaesas, los recaderos y los desocupados paseantes que escuchamos al cieguecito del Pasaje preferimos los cantares populares, las coplas amorosas... ¡Ruiseñor, no cantes más! ¡cierra el pico, ruiseñor! que eon tu canto endiablado clespertai ás á mi amor... Deja en silencio el jardín qite yo una flor cogeré, y con la flor en mis labios sola le despertaré... y la letra viene á decir sobre poco más ó menos lo mismo. -si fuéramos estrellas- -dicen las niñas- -los hombres cuando pasan nos mirarían. -Si fuéramos claveles- -ellos replican- -se harían las muchachas jardineritas... Esta tarde el cieguecito estaba más alegre que de costumbre, porque en vez de abusar de la cuerda sensible de su guzla le ha dado por cantar cosas picaras, y cuando yo atravesaba el Pasaje había á sii alrededor un grupo de gente más compacto que otros días. Apretujándose por escucharle, dábanse codazos los cocheros, las vendedoras de flores, un taller entero de costureritas y una nube de chiquillos. El cieguecito entonaba una larga canción muy divertida, mujalegre, que el auditorio oía con marcado interés... La guzla vibraba unos cuantos sonoros acordes, y el trovador gritaba: jVenid, muciiachos, quiero enseñaros cuál es el arte de dar un beso... Otro torrente de arpegios, y el cieguecito, paseando sus pupilas muertas y con una alegre sonrisa, continuó: ¡Venid vosotras también, hermosas! Aiíroximaos... No tengáis miedo... ¡Qué habían de tener miedo! ¡Menudos codazos se daban las unas á las otras para acercarse todo lo posible y no perder una sola palabra de la canción! Luego, el cantor, como si hubiese estado esperando á que el público se congregara, entonó una melodía popularisima: E 1 beso es cosa muy complicada; no todo el mundo sabe qué es eso, y hay quienes Ijesan fuerte, muy fuerte, y hay quienes besan quedo, muy quedo... las lo difícil no es esto solo; lo ciue es preciso saber primero es en qué sitio deben los honiljrcs siempre que iiesen poner sus besos... ¡Venid, muchachos! Quiero enseñaros cón. o se besa... ¡Venid corriendo! ¡Oh! ¡Cómo entusiasma á las modistillas la copla acompañada por los tañidos quejumbrosos de la guzla sonora! Ellas también se la saben de memoria y la tararean al mismo tiempo verso por verso. El cieguecito sabe que su público enloquece por este género de canciones, y como por lo visto ha sido un trovador errante que recorrió luengas tierras, tiene un nutrido repertorio de cantares croatas, servios, húngaros y búlgaros, en los que casi nunca varía la música. ¡Ah! Lo que es hoy. el cieguecito del Pasaje lia hecho un buen negocij, porque todos los que le estuvieron 03 endo fueron á depositar su óbolo en la escarcela del viejo mendigo... Y un muchachuelo, que había oído la canción y se alejaba tarareándola calle arriba, cuando acertaba á pasar por su lado alguna dama respetable, cantaba: sobre la frente. Pero cuando reía avanzar majestuosa y altiva una mujer elegante, una de estas criaturas espléndidas de belleza, el muchachuelo guiñaba picarescamente ios ojos, y entre dientes... remataba la canción. JOSÉ JUAN CADENAS.