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i m LUZ Y SOMBRA 1. a madre. ¿Pero por qué mueren los niños? EL tnédico. -La mortalidad infantil es inevitable; pero puede, afortunadamente, aminorarse siguiendo ios preceptos de la ciencia, ho que ocurre es que las madres, esclavas de la rutina y de viejas preocupaciones, presentan una ignorante y tenaz resistencia á los esfuerzos del médico, que quiere vulgarizar los conocimientos higiénicos tan importantes en su aplicación á la lactancia, y sobre todo... La madre. Sio es eso lo que pregunto. ¿Es justo que los niños mueran? ¿No es horrible? ¡Por cjué han de morir, Dios mío! Elmédico. -En tanto que la asepsia y sus principios no ocupen el lugar que les corresponde en la masticación, deglución, diges... La madre. ¡Basta! Usted no puede comprenderme. II La madre. -Usted, tal vez, señor filósofo, podrá iluminar mi alma, disipando la duda que me atormenta. El filósofo. Dssea. usted saber por qué mueren los niños, y la razón es clara; por la misma causa que mueren los demás seres organizados: porque la vida se alimenta de la muerte. La madre. Ci rto, pero la muerte de mi niña... El filósofo. ¿De su niña? Bueno; es un caso concreto. Estas cuestiones biológicas sólo deben tratarse en sus principios generales, que es lo que interesa, y el caso particular de esa niña... La madre. -No le importa á la ciencia. 7 S 7 ftí -Absolutamente. I, a madre se aleja llorando en silencio, absorta ea su pena, hasta que de pronto encuentra un hombre de aspecto agradable, que la interroga. Ei hombre. ¿Sufrís? La madre. ¡Lloro la muerte de mi niña! Elhombre. ¿Era muy bella? La madre. -No lo sé. ¡Creo que sil Siempre para los padres son bellos sus hijos. La niña mía era... figuraos, señor, una carita blanca y sonrosada, ojos grandes, llenos de dulzura, la expresión risueña, halagíidora. En los labios rosados un gracioso mohín... pero... ¡esto á vos qué os interesa! Elhombre. ¡Oh, no, seguid! ¿Decíais que en los labios rosados... La madre. ¡Ah! ¿Me atendíais? Pues en ellos un gracioso mohín que pedia mil besos. ¡Cuántos le daba yo! Con mi nena adorada olvidaba disgustos y cuidados. ¡Con qué cariño abría sus bracitos pequeños y rollizos, y se colgaba de mi cuello riendo á carcajadas! ¡Ay! ¡Qué dulce era la dicha que llenaba mi alma! Mirad; la perdí para siempre. Sólo me queda de mi niña adorada este mechón de cabellos. El hombre. -Y son rubios. La madre. ¡Como el sol, señor! ¡Qué aureola formaban á s u rostro ovalado! ¡Dios mío, la he perdido para siempre! ¡Es horrible! ¡Señor I ios mío! ¿Por qué lleváis del njsndo á seres que aún no han vivido? y si han de morir fatalmente, ¿para qué les dais la vida? He preguntado en vano. Nadie me lo explica. ¿Porqué? ¿por qué mueren los niños? El hombre. -Escuchadme; mueren, porque si no murieran estaría cegada la fuente más copiosa del dolor humano. La madre. ¡Oh! ¡Sí! ¿Quién sois? El homore. ¿Yo? Nadie, un poeta. E. W. POGGIO mBUjO OH PALAO m