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LA VIDA VIENESA gONNENTHAL El arte dramático alemán llora la pérdida de su más excelso actor. El público vienes se muestra inconsolable porque Adolfo von Sonnenthal era vienes, y porque en la capital austríaca los artistas famosos son los niños mimados de todos, chicos y grandes, altos y bajos. Cuando Sonnenthal salía á pasear á pie por el Graben, la gente se detenía á contemplar al viejo artista que había sabido reverdecer los triunfos de la clásica tragedia. Sonnenthal era judío, y al ingresar en el teatro de la Corte, el Emperador le dio carta de nobleza concediéndole el uso de la partícula, el von que tanto enorgullece á los alemanes. Hoy los periódicos vieneses consagran páginas enteras al actor ilustre, cuya muerte es un verdadero duelo nacional, comparando á este insigne trágico con el polaco ZuIhowski, otro comediante célebre, el Taima germano, cuyo recuerdo vive inipereceáero. Como Zulhowski, el actor Sonnenthal fué favorito de príncipes y magnates, á los cuales hablaba franca y brutalmente, y en presencia del mismo Re 3 se atrevió muchas veces hasta... ádecir la verdad. En París los artistas son admirados por el público, que procura imitar las modas que ellos lanzan, que se muestra curioso por investigar su vida íntima, sus lances y sus aventuras. En Austria los artistas son amados, sinceramente amados por la multitud, y el prestigio que los rodea se extiende aun á las más altas esferas. Ahora, con motivo de la muerte de Sonnenthal, la Prensa vienesa ha recordado muchos rasgos de la vida de Zulhow- ski, con el que tantos puntos de contacto tenía el eximio actor fallecido, para demostrar que el afecto que los grandes profesan á algunos comediantes ha existido en todos los tiempos. Recogeré una entre las cien anécdotas publicadas estos días. Zulhowski era el favorito, el amigo más íntimo del virrey de Polonia, el gran duque Constantino, un barbarote noble y leal, que se mostraba siempre excesivamente severo con los jefes y oficiaies del ejército, y excesivamente bondadoso con los soldados, de donde resultaba que los soldados le idolatraban mientras los jefes le temían y le detestaban á un tiempo mismo. Un día el actor Zulhowski entró en cierto café, donde jefes y oficiales departían amigablemente y jugaban á las cartas. Un coronel, celoso sin duda de la amistad del cómico con el virrey, comenzó á gastarle bromas de mal gusto; como Zuliiowski se mantenía silencioso y correcto, el coronel, creyéndole cobarde, casi le injurió. El actor, por fin, levantóse de su sitio, acercóse al coronel y, colocando ambas manos sobre sus hombros, exclamó mirándole fijamente: -Mi coronel... ¡usted es un valiente... ¡Un hombre que como usted está sin defensa, sin armas, sin amigos y que se atreve á injuriar á otro que como j O viene armado hasta los dientes, un hombre así ¡es un valiente! Usted, mi coronel, es un héroe. I, a carcajada que estalló en el café fué formidable, porque el coronel en cuestión iba vestido de uniforme y llevaba un enorme sable y dos pistolas al cinto. Ea ironía era cruel. Y allí mismo quedaron nombrados los testigos por una y otra parte, y un duelo se convino para el siguiente dia. Momentos después de ocurrida esta escena, el cómico entraba en Palacio, coa objeto de saludar al virrey, que ya tenía conocimiento de lo sucedido en el café. ¡Eso es absurdo! -exclamó el Gran Duque apenas vio entrar á Zulhowski. -Absurdo, en efecto- -respondió éste; -pero temo que concluya mal. ¿Tú estás decidido á batirte? -jN aturalmente. -Pero ¿tú no sabes que el duelo está prohibido? -Si yo mato á mi adversario seré castigado. ¡Es que yo no quiero que arriesgues la vida! -exclamó irritado el virrey. ¡Antes que cómico soy gentilhombre! -respondió el actor. -Pero, en fin, ya que Vuestra Alteza se digna interesarse por mi vida, me atreveré á pedirle, como una gracia, C ue me conceda una orden firmada en blanco. ¡Mi palabra de honor! iSIo haré mal uso de ella. El Gran Duque no vaciló un instante. Cogió una hoja de papel, puso su firma y se la entregó al comediante, diciéndole: -Si en ese duelo es absolutamente preciso que perezca uno de los dos, procura levantar la tapa de los sesos al coronel... ¿Me entiendes? Coroneles tenemos uu montón, ¡y Zulhowski no tenemos más que uno! Al siguiente día, el coronel con sus testigos fué al lugar designado para el encuentro. Minutos después llegaba Zulhowski con dos cañones, servidos por sus artilleros correspondientes. El actor saludó á su adversario, y mandó cargar las dos piezas. -Yo he sido el ofendido, ¿no es así? -preguntó Zulhowski. -Y como tengo la elección de armas, he elegido el cañón. Además tengo el derecho de disparar primero. ¡En guardia, pues, mi coronel! Les testigos tenían que sujetarse e! vientre con ambas manos para no reventar de risa, mientras el coronel, furioso, protestaba de aquella broma de mal gusto. Pero Zulhowski, fingiendo una cólera que estaba muy lejos de sentir, gritó; -Nada de broma... ¡De veras y muy de veras! Y apoderándose de una mecha encendida, acercóse al cañón, diciendo: -Presénteme usted sus excusas inmediatamente, porque, de lo con írario, la bala va á salir. Y no hubo más remedio que dar las explicaciones que el cónrico exigió. Cuando el Gran Duque se enteró de lo ocurrido y vio que su firma había servido para que el cómico pudiera sacar las dos piezas de artillería, felicitó á Zulhowski, enviándole 50 botellas de champagne. JOSÉ JUAN CADENAS.