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p N un remoto país del Norte cierto hombre rico. construyó un invernadero; era un ancho y magiiífico invernadero, en cuyo cálido recinto se paseaba el dueño muy agradablemente, sin temor á la nieve y al hielo de aquel sombrío país septentrional. Reunió muchas plantas y muchos arbustos, les más exóticos y brillantes, y trajo desde las islas tropicales las flores las aves, los arbolillos más bellos, J que nadie puede imaginar. I, a nieve caía sobre los cristales del invernadero, I jpi? el viento helado los azotaba con furia; pero bajo el! viento y la nieve, los polícromos papagayos se co- lumpiaban en las dentadas hojas de las palmeras, y los relucientes colibríes, semejantes á joyas de oro 3 esmeralda, libaban la morada flor de los bananos. Había también en un rincón del invernadero un pino, un esmirriado, medio seco y lamentable pino, que hacía allí dentro el más ridículo papel del mundo, entre tanta y tan lozana vegetación; y en las humildes ramas del pino, colgó su modesta guarida un aguilucho, que estaba como encogido y avergonzado de verse ante unos pájaros tan relucientes y vivaces. El dueño cuidaba con esmero su jardín, y las plantas, así como las aves, crecían de un modo encantador, lyos arbustos abrían sus grandes flores lo mismo que en las selvas natales; las ramas se extendían por todo, el invernadero, robaban toda la tierra, se metían por ¡os rincones, formaban una especie de selva tropical; las aves se reproducían también prodigiosamente. Entre tanto el pobre pino languidecía en aquel ambiente pesado y caliginoso. El aguilucho se pasaba las horas metido en las ramas del pino, tal vez sonando con las infinitas estepas y con las peñascosas montañas... Pero sucedió un día que el dueño del jardín se murió. Los herederos abandonaron aquel raro juguete, y nadie pensó en cuidarlo. Hasta que el viento y la nieve se encargaron de destrozarlo. Y vino una tempestad tan furiosa, que se derrumbó la techumbre de cristal, metiéndose el ventarrón por todo aquel lindo jardín. Las plantas y las aves sintieron un pánico de muerte. ¡Qué frío, qué viento, qué violencia tan inusitada! Las palmeras plegaban sus copas; las hojas de los bananos caían como harapos repugnantes; las flores huían, arrebatadas por el viento; los papagaj os no sabían dónde ocultarse, y los diminutos colibríes, ciegos de terror, morían repentinamente. Por la noche bramó la tempestad con nueva furia. Y cuando despertó la pálida aurora, todas las flores, todas las aves habían muerto. Pero el esmirriado pino se desentumeció, estiró sus ramas, se hizo fuerte; la primera ráfaga de la tempestad le hizo conmoverse hasta la punta de las raíces. La nieve le cubría con su blancura, el viento lo azotaba... ¡Cómo se estremecía el alegre pino, bajo las caricias robustas de los elementos! Y sucedió que se hizo muy grande en muy poco tiempo, y ocupó con sus raíces todo el espacio del antiguo invernadero. ¿Y el aguilucho... Esta pobre águila se escapó tan pronto como el invernadero se vino abajo; y no paró, de volar eu muchos días; y se subió á las montañas, recorrió la llanura, voló á merced del viento. Se hizo grande, fuerte, poderosa... Cuando por la noche volvía de sus largas expediciones, solía venir donde el pino, y en su rama más alta, bajo la libre esfera del cielo, plegaba sus valientes alas, y allí dormía. Josa M. a SALAVERRIA. DIBUJO DE RECID 3 R,