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prematuro de los locos obliga siempre á descontar diez años de los que parecen tener; calculé que en vez de cuarenta ó más que representaba, sólo contaría treinta y tres ó treinta y cuatro. I o primero que admiré fué su barba y su cabellera. I, uengas, negrísimas, con ¡algunos hilos canosos, brillantes y finos, caían sobre el pecho desnudo y las espaldas tostadas, enjutas, envolviendo casi el torso. Aquel tusón color áe endrina, aquellas vélidas barbazas de solitario, hacían resaltar los grandes ojos morunos, hermosísimos, y la delicadeza de las facciones, de tipo semítico puro. Mi primer involuntaria exclamación fué: ¡Qué modelo para un Cristo en el desierto, después del ayuno de los cuarenta días! ¿El loco 03 ó? ¿Entendió? Lo que sé es que giró hacia nosotros sus pupilas amplias, y nos echó una mirada reposada, serena, distante, en que creí ver algo de piedad y de reconvención amorosa... ¿Está contento aquí? -le preguntamos maquinalmente. Tendió las manos, largas y exquisitas, aunque curtidas como el resto de su tez, y respondió apacible: -Donde El quiera que esté, contento estoy. Yo me había retirado á la sierra, porque era la voluntad de -Y... ¿no salía usted nunca de la sierra, sino para visitar á los pastores? -insistí. -Sí, ha salido... -pronunció benignamente el direc -Si no acierta á salir, no sabríamos nada acerca de 1. Pero es el caso que, en esta Semana Santa, tuvo capricho de visitarnos... ¿Verdad, Manuel, que quiso usted darnos una sorpresa? El loco afirmaba con la cabeza que sí. Y su acento grave, parecido á las hermosas voces de bajo que á veces se oyen en los coros de las catedrales, declaró: -Vine por orden del Padre. -Naturalmente... Y el director nos hizo un guiño que indicaba que cortásemos la conversación y nos despidiésemos. Ya en el patio, donde nos abanicaban las ramas de una acacia, sentados en un banco, comentamos al loco. -Parece- -el director tiene la palabra- -que es uu antiguo seminarista... Monomanía religiosa... Imagínense el alboroto cuando se apareció por las calles, medio desnudo, con una cruz muy pesada, de madera tosca, á cuestas... No, y crea usted que la escena hubiese seducido á un pintor como usted. Era justamente la tarde del Jueves Santo, y la procesión se tropieza al bueno de Manuel porteando su craz, y ss mi Padre. ¡La sierra es muy hermosa! Hay en ella pájaros, ovejas, árboles, fuentes, y el vivir allí no bastaría para penitencia. ¡Por eso valdrá más estar aquí! Una nube de melancolía veló los ojos vastos y profundos, que se dirigieron hacia la ventana, hacia el sol y la libertad. ¿Qué vida hacía en la sierra? -pregunté, no sé si á él ó al director. Fué éste el que contestó. El loco había caido en ensimismamiento, y callaba, contemplándonos fijamente. -Según parece- ¿verdad, amigo Manuel? -en la sierra rezaba muchas horas. Utras, se las pasaba en meditación, al pie de una encina ó al lado de un manantial, oyendo correr el agua. Los pastores le daban de limosna un poco de leche, ó queso duro, ó cecina de carnero, ó un mendruguillo. Jamás quiso admitir moneda. ¿Digo bien? El loco afirmó gravemente: -Moneda, no. -Cuando había enfermos en las majadas, bajaba de su risco á exhortarlos. ¿Qué les decía? -Les decía- -declaró el demente- -la verdad: que el vivir no importa nada; que la vida más larga dura poco, y la más feliz es amarga; que este mundo es el destierro, y que muriesen contentos, porque verían la cara del Padre. para. El parecía otra efigie, otra escultura española, así quieto, mirando como arrebatado al Nazareno que se alzaba sobre las andas, y, no sé si de propósito ó casualmente, imitando su actitud y hasta la expresión de su rostro. La gente estaba asombrada, emocionada; pero los señores que alumbraban en la procesión, indignados de la parodia. Allí mismo se le detuvo, y dieron con él en la cárcel; luego se cayó en la cuenta, y nos le remitieron aquí. Asegura que él bajó al pueblo para que ¡a gente se acordase del Padre y del Hijo, á quienes tenemos, segiín dice, completamente olvidados. Había que ver la cara del alcalde, que es un fabricante de conservas, al reprender á Manuel: ¡Se había usted propuesto alterar el orden! Yo sentía una inquietud infinita. De buena gana hubiese dado de puntapiés á la puerta de la celda y sacado á Manuel, enviándole á s u sierra libre y luminosa, después de darle un abrazo fraternal. ¿Qué opina usted del demente? -insistió el director, que iba á permitirse el lujo de fumar un cigarro, descansando uu momento de sus deberes profesionales. ¡Yo- -declaré en tono significativo- -no hallo culpa en este hombre! El médico me miró, comprendiendo. -Se me figura lo mismo... Pero lavo mis manos ¡Qué quiere usted! LA CONDESA DE PARDO BAZAN. DIBUJOS DE MifNDEZ BRINCA