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cctt o REVISTA ANO XIX ILUSTRA N Ú M 938 M A D R I D 24 DE ABRIL DE 1909 F IIvJLTÓ glUMPRE será depriuieule el espectáculo de una casa de locos, aunque no falta quien las visite para distraerse De éstos era mi amigo lyucio Gris, y en el viaje que realizamos juntos por algunas provincias españolas, él planeando y yo recogiendo apuntes y bocetos, se empeñó en incluir entre lo que debe verse los manicomios. Hubo que complacerle, y desfilaron ante nuestra sensibilidad los furiosos pasionales, los perseguidos, las histéricas sobreagudas, los inventores del movimiento continuo y de barcos submarinos perfectos, ios megalómanos que se creen emperadores y archimillonarios, y las delirantes que se jactan de que las pretende el rey... Al pronto, me aburría melnncólicaraente el cuadro; por último, como mi naturaleza es adaptable y hay algo de atractivo para un pintor en lo extraño, empezó á interesarme la locura, y un día llegué á dudar si ciertos locos son por verdadera lesión cerebral ó sólo por inadaptación á la locura colectiva de sus contemporánecs. El manicomio donde me planteé esta interrogación fué el de una ciudad no muy populosa, cobijada en la falda de una sierra. El firmamento, que se extiende como regio pabellón sobre esta ciudad devorada de sol y polvo, es color de añil, y adquiere al anochcer una magnificencia transparente, de piedra preciosa, contrastando con la tierra, que es reseca y anaranjada, árida y dura. Los picachos montañosos que la dominan imponen al ánimo, y por sus quebradas abruptas trepa una vegetación semiafricana sin lozanía, á pesar de los vivos riachuelos que desatan sus aguas cristalinas entre escuetos riscos. ¿Ve usted- -me dijo el director del manicomio medico joven y de trazas de vividor- -el pico más alto el que llamamos Peña del Centinela? En su base existe una cueva- antigua, donde se refugiarían ¡vaya usled a saber! pastores ó bandoleros, y en esa cueva oraba el alienado que hará unos días hemos recogido aquí. Le tenemos recluso, temiendo si se le deja suelto que se escaoe á su guarida otra vez. Fuera de eso no hará daño ninguno. Al contrario, le tengo por altamente inofensivo, y á usted, señor artista, le hará gracia. Diciendo así, abrió la puerta de la celda, y vimos á un hombre alto y flaco, arrodillado, que se incorporó y se volvió Al rayo solar que cruzaba los hierros de la reja le vimos perfectamente. El envejecimiento