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admiración dejaron de adularle no bien se percataron de que ya nada podía esperarse de Ramón, y sólo siguieron visitándole algunos íntimos y unos cuantos parientes, que fueron desfilando pradeutemente apenas recelaron la falta de dinero. Y aún recordaba Ramón su inmensa angustia al verse abandonado de todos, solo con María Antonia, á quien nadie ayudaba ya en sus tareas de enfermera. ¡Pobre María Antonia! Pronto tuvo que ocuparse también en allegar recursos para atender á las necesidades de la casa. A hajas, cuadros, muebles, cuanto poseían pasó á manos cíe usureros y prestamistas, y con los cuatro trastos que por su escaso valor pudieron salvarse del naufra. wio, se refu. giaron en el cuarto piso de un caserón antiguo, situado cu una calle ex- cogia de horror, pero más tarde, cuando comprendióque no había eu lo humano remedio para su desventura, comenzó á pensar sin angustia en el momentosupremo, y acabó por esperarlo, primero resignado, después ardiendo en impacíjncias. Y no porque le atemorizase la perspectiva de prolongados sufrimientos, no porque desease abandonar cuanto antes una vida de martirio, sino porque en su muerte veía la salvación do María Antonia. Sola ésta en el mundo, libre de las trabas que le imponía la obligación de cuidarle, de atenderle, viviría tranquila, con relativa, holgura, sin la constante amenaza de la negra miseria. No se le ocultaba á Ramón lo que su mujer sufriría al perderle, pero atento únicamente á su bienestar material, no pensaba, no quería pensar en ello. traviada, triste, estrecha y sucia. Cuando ya no tenían de qué echar mano, empezó á trabajar María Antonia, y como si su amor le prestase fuerzas antes uo sospechadas, trabajó con desesperado afán, luchó con sobrehumana energía, se multiplicó y consiguió mantener en respeto al horrible fantasma de la miseria. Pero ¡qué vida la suya! Desde el día en que con su blime heroísmo aceptara la pesada carga, no hubo para ella momento de reposo, y este batallar continr. o, este trajinar incesante, era uno de los mayores tormentos de Ramón. Por evitarlo, intentó hablar del hospital en varias ocasiones, pero siempre le inte rrumpía María Antonia enojadísima, verdaderamente indignada. Y abandonando este proyecto volvió Ramón los ojos á la única solución salvadora, al único rayo de luz que vislumbraba en la cerrazón del horizonte: su muerte. En los comienzos de su dolencia la certidumbre de la separación eterna- -porque desde el primer instante se dio cuenta de que su enfermedad era de las que no perdonan, de las que matan siempre, -la visión del adiós postrero le sobre A veces sentíase asaltado por ciertos escrúpulos. Parecíale egoísta su proceder, se echaba en cara con dureza su pasividad y se preguntaba lleno de angustia si debería correr al encuentro de la Amiga, de la Salvadora, en vez de esperarla tranquilamente con los brazos cruzados. Y estos pensamientos, estos escrúpulos que le atormentaban de tarde en tarde al principio y luego casi constantemente, le hicieron encariñarse con la idea de acelerar su fin, 3 viendo en este acto la mayor prueba de amor que podía dar á su mujer, le costaba trabajo contenerse, reprimir su impaciencia. Al fin no pudo más. Eu la lucha entaolada entre el deseo de permanecer junto á María Antonia, y su afán de sacrificio, venció éste, y aprovechando un momento en que se hallaba solo, buscó un revólver, acercó el cañón á la sien... Y al despedirse de la vida sonrió Ramón satisfecho, contento de sí mismo, tranquilo j a por el porvenir de María Antonia. MIRIAM D 1 BUJC 5 Dli MÉNDEZ BitlNUA