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1 í til PLAZA DEL (SRABEV EN VJENA LA V I D A Es la quinta ó sexta visita que en el espacio de algunos años hago á Viena... I, a herniosa capital no cambia. París se transforma constantemente; Berlín toma aspectos diversos de año en año; Viena no... Viena, al ensancharse, construyó una ciudad nueva alrededor de la vieja, y ha encerrado el Graben, los barrios primitivos, en el anillo espléndido del Ring, la ciudad modernísima y ntal. Recorriendo los amplios bulevares, adornados de palacios suntuosos, encontramos las mismas calles solitarias á un lado y otro, las mismas anchurosas plazas casi desiertas, con su magnifica iglesia e. n el centro. Pero si abandonamos la parte nueva de la capital y penetramos en el antiguo Graben, cambia por completo la decoración. Calles esírechísiiuas, callejones sinuosos, encrucijadas inverosímiles, uua rai: lt tud apresurada que va de aqui para alli, los comercios amontonados haciéndose la competencia, y cafés y condilorei pictóricos de gente. Aquí están los Bancos, las poderosas Sociedades, toda la vida comercial de la capital vienesa. A! o largo de las aceras, los coches de dos caballos, barnizada la caja y reluciendo al sol, esperan la llegada del cliente, mientras los cocheros, abotonado el gabán á la inglesa y calado el fiexible sombrero, os sonríen al pasar, llamándoos excelencia señor marqués ó señor embajador Porque este cochero vienes es uno de los tipos más curiosos de la capital austríaca, y no ha perdido sus aires de gran señor ni su empaque de hidalgo finchado. Protesta d e l a r y no hay fuerza humana ciue le haga transigir con el auto ni con la librea. El coche es un lujo, y, por lo tanto, es necesario dar al cliente cierta ilusión de grandeza y de bienestar aunque sólo sea por breves momentos. Por eso el cochero vienes procura que su vehículo no parezca un alquilón vulgar, sino un verdadero tren depropiedad particular. Miradle apenas llegáis á la estación... Si le ofrecéis una pequeña maleta elegante, de buen aspecto, la recogerá sombrero en mano y la colocará en el pescante; pero si le proponéis que os conduzca al hotel en unión de un pesado baúl, se negará resueltamente lanzándoos miradas furibundas. Y resulta de una g -an comodidad para el viajero esto de tener que esperar horas enteras á que alguien q iera encargarse de trasladar al hotel el equipaje, ó VIENESA á que un cochero más compasivo ó más necesitado se decida á hacerlo después de convenir en que se le ha de pagar el doble de la tarifa. Pero es muy interesante el cochero vienes, y apenas conoce que sois extranjeros, amable y cortés, se presta á serviros de cicerone, os conduce á lo largo del Danubio, os señala los monumentos notables, os dice los nombres de los personajes que representan las estatuas que encontráis al paso, y os lleva, por último, á pasear por el Prater con objeto de lucirse lanzando los caballos al galope desbocado para que admiréis la destreza de su mano, la sumisión de los pobres animales que se dejan guiar obedientes al silbido y corren desesperados ó se detienen en firme... Cuando está en la parada, el cochero vienes arropa á los caballos, cubriéndoles con espléndidas mantas de colorines, y se pasea por la acera fumando uu grueso cigarro ó leyendo el lü- emdemblat- Cada vez cjue pasa un transennte, suspende la lectura y le saluda muy fino, ofreciéndole sonriente el carruaje... A la hora de pagar, la importancia que el cochero se da es mayor aún; pero preparaos á recibir la pri iera sorpresa, porque cuando le vayáis á entregar la cantidad estipulada, en coronas iiaturalmecte, c ue es la moueüa equivalente al franco, os dirá cjue estáis equivocados, que la moneda del país es el florín; es decir, el doblejustamente... Í J Y no hay medio de protestar contra este señor cochero vienes, que ha estado tan fino, tan cortés, tan amable... Y pagáis, claro está... Y además no podéis regatearle una propina espléndida... Pero eso sí... Aunque viváis diez años en Viena, no volvéis á tomar un coche jamás... jos ii- S. U M STAD EL COCHERO CAORNAS.