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oído muralijrar en los circuios, entre compasivas reflexiones algo irónicas: que la dama, ref. acty. ria al amor y á los goces de la familia, última de su estirpe, sin otra pasión que su mania de coleccionista, se estaba arruinando, ó que, por lo menos, su fortuna, en otro tiempo muy sólida, se hallaba comorometida ya por tanto costoso viaje al través de Europa, al azar de las ventas y de les avisos inesperados, pues todos los traficantes en el género la conocían, sabían que nadie pagaba mejor, al atravesarse su capricho, y reservaban para ella lo más rico y extraño, lo que los Museos titubeaban en adquirir. Mi fuert; simpatía por sus idealismos me impulsó á advenir á la Saldee que tuviese cuidado, pues existen oficinas de falsificación habilísima; que mirase si los explotadores aprovechaban su inclinación para hacerla víctima de alguna superchería enorme, como la de la célebre tiara de Saitaíarnés, admitida en el I ouvre, que logró engañar á los sabios... I a princesa, al oírme, sonreía con sonrisa peculiar suya, de triunfal malicia inocente, sonrisa distante de la realidad, -sonrisa santa. -Cierto día abrió un cajón y me enseñó en un estuche cierto collar que yo conocía bien- -el famoso de la Ratazzi, en que cada brillante es de un color distinto, -y exclamó alegremente: -Mi última adquisición... Cosa secundaria; bonito, pero sin gran mérito. ¡Oh! Ahora tengo á la vista algo, algo... Espero un lance... ¡Eso sí que será lo extraordinario, lo único en el mundo! ¿En alguna venta? -No. ¡NI aun se anunciará! He puesto esa condición. Si aparece, pasará desde las manos del buzo que ¡o exti aiga del fondo del mar á las mías. ¿Del fondo del mar? -Allí es donde íe encontrarían mayores tesoros, ¡si pudiesen buscarse! ¡Usted sabe lo que el mar se ha tragado! -Cuidado, princesa... Desconfianza... ¡Ya verá usted, ya verá lo que es eso! ¡Se va á q u c a r atónita! Mis ruegos no lograron que se explicase mejor. Al día siguiente desapareció, sm dejar dicho en el hotel adonde iba. Comprendí que corría tras de su ilusión, y confieso que la envidié. Cosa de un mes más tarde, y cuando ya no recordaba casi el incidente, el teléfono del hotel me llamó, y acudí, encontrando á la Saldee radiante de satisfacción V orgullo. ¿Conque la joya única? -pregunté con obscuro presentimiento receloso. ¡Única, ya lo creo! Va usted á verla; todavía no se la he enseñado á nadie- -excepto al joyero, que reconoció la piedra. -Pero antes le recordaré antecedentes. ¿No sabe usted que Hernán Cortés se trajo á España cinco eoornies esmeraldas, lo más soberbio del tesoro de Moctezuma? -Ciertamente- -respondí. -Se las dio por regalo de bodas á su segunda mujer, doña Juana de Zúfliga, sobrina del duque de Béjar... Y en efecto, la Emperatriz no perdonó nunca al Conquistador que no se las hubiese regalado á ella... Pero el hado quiso que ninguna mujer las poseyese al fin; al hacer naufragio la galera del almirante de Castilla, donde iba Cortés á Argel con el Emperador, se perdieron las esmeraldas, de las cuales nunca quería separarse... ¡Parecen esas joyas un símbolo de tanta gloria que nos arrebató el destino... ¿Recuerda usted la figura extraña de las esmeraldas? -insistió la princesa. -Eos indios sabían tallar esos joyeles admirablemente... Una estaba labrada en forma de caracol; otra, de pez, con ojos de oro; otra, de campanilla; otra, de taza, y otra, de rosa... ¡Esta es la que hoy me pertenece! Ea va usted á ver... ¡r. as otras no parecieron! Y la princesa- -abriendo el cofre que ocupaba siempre un ángulo de su habitación- -sacó una caja de oro cincelado, y alzando la tapa me mostró la estupenda rosa, en cuyas hojas verdes y lumínicas parecía centellear el misterio de los fondos submarinos... Una especie de terror me paralizó. ¡Me daba cuenta de la verdad! ¡Es una esmeralda! -exclamé. ¡Una esmeralda fina! ¡Pues ya lo creo! -triunfó la Saldee. ¿No ha de ser? ¡Válgame Dios! -repetí consternada. -Esmeralda, si! ¡Naturalmente! ¡Y tan esmeralda! ¡De belleza incomparable! ¿Pero- -grité como á pesar mío, -pero... usted no sabe? ¿Pls posible qne no stpa, No, ¡y así se explica! ¡Tampoco lo sabían los que hicieron la superchería escandalosa! ¡Qué, qué! ¡Acabe usted! ¡Que no había tales esmeraldas, quejamás en Méjico existió esa piedra! Que por error del Conquista- á, C íi í -Soy dichosa, definitivamente dichosa- -me dijo. -Tengo la joya única, la que hizo palidecer de envidia á la Emperatriz, eísposa de Carlos V... Me ha costado poco menos de lo que restaba de mi capital, y en lo sucesivo habré de vivir con modestia... Pero ¿qué me importa? Poseo lo que nadie posee, y con mirar mi colección me consideraré más feliz que nadie. Y se acabó el coleccionar, pues estoy á la cabeza en csi: e género. dor y de sus compañeros, y hasta de los genoveses tasadores, fueíou llamados esmeraldas unos trozos de jade ó serpentina... De modo que si esto es esmeralda... esmeralda fina... no puede ser... No proseguí. Ea cara de la Saldee se desfiguraba, amoratándose. Sus ojos se dilataban. Se tambaleó. Ea sostuve. Se dejó al fin caer en la butaca, y después de una convulsión, sollozó largamente, inconsolable... Eloraba por lo que más se ama: por un sueño. LA CO. NDESA D E PARDO BAZAN.