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REVISTAANO XIX MADRID, lo DE ABRIL DE iqog Vff- -i- i N Ú M 936 il ih r -W LA LEYENDA DE LAS E S M E R A L D A S I A casualidad quiso que fuese un poco amiga raía una aristócrata belga, la princesa de Saldee, que tenía en las venas gotas de sangre española. Digo la casualidad, y digo mal, porque yo puse bastante de mi parte para acercarme á esta gran señora- -de quien se aseguraba que era en extremo inteligente y culta y que coleccionaba las joyas históricas más importantes del mundo, lo cual me interesó. En la primer afinnación había, á loque pude ver, algo de exagerado; no tanto en la segunda. Sin duda las aficiones de la princesa eran niu 5 artísticas, y poseía el romanticismo del coleccionista, la imaginación despierta del verdadero aficionado; pero le faltaba el profundo conocimiento de la Historia, que puede evitar errores y aumentar las contingencias de acierto. En su colección debía de haber- -vaya á título de conjetura, porque no soy tampoco autoridad- -más de una presea que los expertos declararían dudosa. Verdad que tampoco los expertos son infalibles. Algunas veces la Saldee concurría á fiestas, engalanada con sus joyas históricas. Como la joya guarda siempre relación con el traje, en general la gente se reía al verla ostentando el escarabajo hierático de Clebpatra ó una aguja de oro de dama romana, la misma- -ella quería creerlo- -con que Fulvia picó la lengua demasiado elocuente de Cicerón. En sus conversaciones conmigo, la Saldee sostenía la tesis de que si entre sus tesoros existía algo falso. valía más no saberlo, y suponer de buena fe que todo era legítimo, sellado con ese misterioso séílo que imprime nuestro espíritu en las cosas que han sido dramatizadas por el tiempo y los grandes acontecimientos, presentes siempre a l a memoria de los liumanos. Bíi placer- -decía- -es que creo, y lo necesario en esto y en todo no es tanto la ciencia como el amor; es decir, el sentimiento hondo y ardiente que nos eleva á la región del entusiasmo. Hay ocasiones- -cuando me cuelgo el gorgueril de María Estuardo ó la patena de Isabel la Católica- -en que siento en mi alma el alma de las reinas, y evoco sus hechos, sus victorias y sus dolores con intensidad que tan pronto me hace sufrir como gozar lo que nadie sospecha ni puede comprender; y se me figura que en la joya, cosa tan íntima de la mujer, permanecen, sobre la piel. de una perla ó en la engastadura de un diamante, huellas de llanto, que, á la vuelta de siglos, todavía arranca otro llanto de compasión... ¿Y qué, este sentir refinado, sin igual, no vale que se le sacrifique todo? Cuando hablaba así la princesa, sus ojos grises destellaban luna, y su tez, algo rojiza, casi del mismo color que el pelo- -que la hacía parecerse á los retratos de beguinas y estatuderesas del Museo de Ja Haya, -se encendía en sagrada calentura... E! fanatismo de la raza, que combatió tan rabioso contra, nuestra dominación, salía a l a cara de la Saldee, transfigurándola. Yo comprendía entonces lo que había