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-Pero ¿era casado? Parecía un solterón. -Kra casado, sin hijos, que no fué poca fortuna, pues ha dejado como herencia el día y la noche... Verá usted cómo averigüé este caso lastimoso. Comisionado para asistir al entierro, me llamó la atención ver que una persona que vestía siempre tan desaliñada iba al nicho con un buen traje de etiqueta, frac y corbata bl ica... Hay atavíos que se despegan de las personas, y yo no concebía á nuestro D. Pedro sino con aquel célebre gabán marrón amarillento y aquel cuellecito de minino pelado que no bastó para preservarledelascorrientes de aire, puesto que de pulmonía, y por señas infecciona, vino á morir el mísero... L, e aseguro á usted que. como el hábito, digan lo que quieran, y mi historia lo demostrará, hace tanto al monje, parecía otro, así tendido en su modestísima 3. i, i f if. caja, y su figura de capitán veterano de los tercios viejos adquiría una dignidad extraordinaria con la blancura de la pechera y el toquecito de raso de ¡a vuelta de la solapa... No sé por qué vi algo de extraño en el frac de D. Pedro, 3 pregunté a l a pobre señora, -una de tantas á quienes más les valiera, gloria y otras zarandajas aparte, haberse casado con un tendero de comestibles... ¡Y sabe usted que rae dio la señora verdadera pena! Como que está pasada de remordimientos, y se atribuye buena parte de culpa en la depresión de ánimo y de fuerzas que, según el parecer de los médicos, preparó el terreno á la enfermedad traidora. A poco más se cree la viuda de Hojeda autora de la muerte de su marido, ai cual adoraba, teniendo altísima idea de su valer, y, naturalmente, sin entender, ni aun por el forro, en qué consistía; cierto que lo mismo nos sucede á los demás... Y acaso este modo de admirar vaiga tanto como otros... La confidencia de la viuda fué de tristeza infinita... Es el caso que nuestro D. Pedro Hojeda de las Lanzas tuvo la mejor hora de su vida cuando supo que por fin era académico. Hombre sin ambiciones, sin codicias, alma de niño, candida y unilateral, no aspiró á nada que mejorase su apurada existencia de menesteroso de levita, ni se preocupó jamás de la estrechez que le agobiaba. Era sobrio como los aventureros españoles del siglo XVI, cuyas gestas estudió, y no sabía ni lo que le presentaban en la mesa ni lo que llevaba puesto. Resistía el frío, encogía el vientre y no se inclinaba ante las vanidades sociales. Pero, en su conciencia, creía tener derecho á formar parte de aquel Instituto cuya Biblioteca se sabía de memoria, cuyas tareas eran las suyas, y no se concebía á sí mismo fuera de allí, molusco de tal concha, liquen de tal árbol. El objeto de su vida era ese, sentarse en los sillones que deben de trasudar datos y soltar partículas de lecturas polvorientas... Eos retratos de los rej es borbónicos parecían llamarle, sonriendo bajo sus empolvados peluquines. Tú que nos conoces, tú que nos tratas á diario, ven; nos vindicarás, ayudarás á iluminarnos con el sol moribundo de la historiografía. Y al fin, sin intrigas previas, por solo la fuerza de su labor constante, caso raro, le habían elegido. Conviene revelar un secreto: tal era la fe de fiojeda en su esperanza, que antes de la elección tenía ya reunidos los datos y elementos, y hasta redactados trozos de su discurso de recepción, la obra capital de su existencia. Regalándolo, no faltaría quien lo editase. Quería dar un golpe de efecto él, tan poco efectista! Quería, si le elegían en Marzo, por ejemplo, ingresar en Mayo con aquel discursazo enorme... Y tal como lo pensó lo hubiese hecho... á no atravesarse una menudencia... el frac. En la angustiosa vida económica del sabio, cualquier gasto extraordinario adquiría proporciones formidables. Cuando se trató de que sería necesario para el día de la recepción el traje de etiqueta, la mujer de D. Pedro, encargada del ramo de hacienda, prorrumpió en exclamaciones. ¡Imposible! ¡Cuarenta ó cin cuenta duros! ¡Entrampados ya para toda la vida! Si nos tocase la lotería... Y D. Pedro calló. A estas razones no tenía que oponer. Calló, esperando mejores tiempos... Esos mejores tiempos que nunca llegan para los hombres desinteresados, inermes para la consabida lucha... Si D. Pedro de Hojeda fuese otro de lo que era, en seguida descubre un frac, dado ó prestado. ¡No hay estudiante que no resuelva conflictos análogos en Carnaval! Pero antes se dejaría el erudito hidalgo tostar, que molestar á nadie ni pedir cosa alguna. Paciencia, el estoicismo resignado de la raza... Y aguardó. Enfrascado en sus estudios, aguardó, dolorido y paciente: cada mes que transcurría sin leer su gran discurso- -ya formaba un libro- -le abatía más el ánimo. Su decaimiento fué graduándose: tuvo vahídos, vértigos y flojedad de piernas. Entonces, algunos amigos que por él nos interesábamos, creyendo que el discurso era la remora, nos echamos á gestionar que se imprimiese. Lo conseguimos: apareció un editor, que, bajo condiciones duras, se comprometió á sacarlo á luz. Pero quedaba en pie- -y esto no lo sospechábamos, ni se nos ocurría- -la eterna cuestión del traje... Al cabo, la esposa, notando la decadencia y postración del esposo, tuvo una idea. ¿Si encontrase un frac muy barato en alguna casa de empeños? Puso en hatillo su mantilla de casco unos cubiertos de plata antiguos... y toma y daca, y á cambalachear, y á añadir tres duros, y el frac, con su pantalón, chaleco, corbata blanca y camisa, fué encerrado en la cómoda, cuidadosamente... Aquella tarde, D. Pedro volvió á casa quejándose de enfriamiento. -A las cuarenta 5 ocho horas, pulmonía declarada. Y ahí tiene usted por qué le han enterrado yestido con tanta decencia... LA CONOHSA DE PARDO BAZAN. DIBU. IOS DE MÉNDEZ BRINCA