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empeñada en llevar por el lado oataiíoso la afección. -No, señora, no hace falta. Voy á recetarle un desinfectante intestinal. -El chico de las de Arteaga estuvo como éste y lo qué le sentó muy bien fueron unas pildoras de ruibarbo y no sé qué otra cosa más. -Pues éste va á tomar otra cosa c ¿ue yo voy á ponerle aquí... El médico se sienta ante una mesita, y los individuos de la familia empiezan á buscar azorados por toda la casa un tintero, una pluma y unos pliegos de papel. Don Fulauo sonríe ante la escena, que 3i- a conoce, y con aires de suficiencia saca un hlok de cuartillas con membrete, en el que se lee: Doctor Fulano. Médico de los hospitales de Tal y Tal. Consulta de i á j y una hermosa pluma estilográfica que... tampoco sirve á pesar de las sacudidas que el doctor la da para cjue baje la tinta. Por fin, y por un sistema mixto, el médico se pone á recetar, y en el instante preciso en que medita la dosificación es interrumpido por la señora d é l a casa, que acude con un dato de ninguna importancia y que se la ocurre siempre en tan inoportuno minuto. El doctor no hace caso, termina su receta y la entrega á la familia, acompañarla de las instrucciones verbales pertinentes. Después, si la enfermedad no es grave, don Fu. lano echa un parrafito sobre la mala salud reinante, sobre el último debut de la Opera ó acerca de la superioridad del Machaco sobre todos los toreros de la época. Otras veces, el doctor, apenas receta, dice que titne aún muchos enfermos que visitar, y sale presuroso de la estancia. El cabeza de familia le acompaña hasta el vestíbulo, le ayuda á ponerse el gabán, y, ya en la escalera, le pregunta confidencialnwite si la dolencia ofrece ó no serios peligros. El doctor esquiva la contestación con un por akoia parece que esto sigue su curso normal... ¡Ya veremos i: mana... Pejoyo creo que no, que esto no es nada. Entonces el señor pone nuevas mieles en la despedida, y el doctor baja los escalones poniéndose la chistera y gritando al amo de la casa: -Métase usted, don Jacinto, que hace mucho frío... No se moleste... Adiós... I, a puerta se cierra, y á renglón seguido la familia celebra junta. -Hay que mandar por eso á la botica- -dice la señora. ¡A ver qué ha recetado! -agrega el señor cogiendo la prescripción y leyendo entre dientes: 02 ¿a destilada, tanto; salol, tanto... ¡Ah! sí; un desinfectante y unas cucharadas... -Oye, Jacinto, ¿cómo ha dicho que tome el nene las cucharadas... -Ko recuerdo bien. Creo que ha dicho una de café cada tres horas. -No. Yo creo que son tres cucharadita- s, una antes de cada comida. ¡Quia, mujer! -contesta amostazado el caballero. Todas estas discusiones tienen lugar porque las familias de los enfermos, que hablan mucho demás durante la visita del médico, se distraen pirecisamente en los momentos en que éste dice lo más interesante y útil para el tratamiento. Al día siguiente la visita vuelve á celebrarse, y la e? ena se repite con los mismos caracteres. Y así continúan estas cortas permanencias del doctor junto al enfermo hasta que éste se cura ó hasta que se muere. Ambos resultados tan sólo se diferencian en que en el primer caso paga la factura el interesado, y en el segundo son los herederos los que la abonan. IvO cierto es que las visitas del doctor son de esas visitas que hay cj ue pagar tarde ó temprano. U 13 D E TAPIA. DíL Jj D HK SA -HA