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SIL. iD cTr ia á la criada- -y que venga á escape. Ahora debe estai en casa, porque es la hora de la consulta... Ea doméstica sale corriendo, llega á casa del doctor, y... efectivamete, no está, ni sabemos cuando volverá es la contestación que la muchacha recibe de labios del que abre la puerta. Si el caso es urgente, la criada pregunta: ¿Sabe usted dónde podré encontrarle? Y siguiendo las vagas indicaciones recibidas, recorre varias casas, algunos cafés ó círculos de recreo, y, le halle ó no le halle, torna al domicilio de sus amos á dar cuenta del resultado de sus pesquisas. r iGAN lo que quieran los lermómelros... clínicos, la salud no es buena actualmente. En todos los hogares se escucha la misma frase: -Hay que avisar á doa Fulano. Don Fulano es el médico de la casa; el de confianza; el que salvó á Mariquita de aquella bronquitis; el que soporta, en tiempo de salud, los chistecitos que á costa de su profesión hace todo el mundo, y el que es llamado con urgencia apenas estornuda dos veces seguidas cualquiera de nuestros hijos. Porque con los médicos ocurre una cosa muy célebre. Siempre estamos burlándonos de ellos, pero si teniendo un enfermo les avisamos á las siete de la larde y á las siete y cuarto no han venido, nos parece que ya tardan. Y claro es que algunas veces sutlen tardar, pero es porque no son exclusivamente médicos nuestros Don Fulano suele conocernos y no se da prisa. Sabe que nos asustamos muy pronto, y deja nuestra visita para la última. Determinar el momento en que se debe avisar al doctor es una de las cosas más difíciles para las familias. Si se le avisa dos ó tres veces sin motivo justificado, suele exclamar en tono de reconvención: -No hagan ustedes eso. Un día va á ser de verdad y no voy á venir á tiempo... En cambio, si se le llama cuando ya el mal es indudable y ha hecho algunos progresos la enfermedad, nos dice arqueando las cejas: -Si hubiéramos acudido á tiempo, otra cosa sería. Es preciso no descuidarse. Hemos llegado tarde... De modo que realmente sería preciso saber si la cosa lo merece ó no antes de llamar al médico. Es decir, que se necesitaría un diagnóstico previo, y entonces... poca falta hacía el doctor. En fin, tarde ó temprano, desde que nos decidimos á mandar recado á nuestro médico hasta que sale de nuestra casa, y aun después de haber salido, se desarrollan escenas que tienen cierta gracia á pesar de no ser el momento en que se desarrollan el más á propósito para darse cuenta de que la tienen. -Vete en seguida á casa de aon Fulano- -decimos -fQué te ha dicho don Fulano? -pregunta ansiosa la madre de familia. -Que viene en seguida- -responde la maritornes, si tuvo la suerte de topar con el galeno. Desde este instante la impaciencia domina á todos los que esperan la visita médica. -Ese debe ser- -exclaman no bien oyen en la calle el ruido producido por un carruaje. -Ahí está- -dicen en cuanto escuchan el timbre de la puerta. Algunas veces se equivocan, mas si aciertan, con un excesivamente amable saludo, parecen querer conquistar la voluntad de don Fulano para que se tome interés por el caso de que se trate. Por regla general, al llegar este momento ya la íamilia ha diagnosticado la enfermedad, y todos los datos con que ilustra al doctor son tendenciosos para que triunfe la ciencia casera. -Vamos á ver qué tiene este chico- -dice secamente el médico. ¿Me quieres ensenar la lengua... -Ea lengua la tiene limpia- -interrumpe la madre. Yo creo que no es nada del estómago. Eo que hace es toser de vez en cuando. Digo j o si s tígripal... ¿H a tenido calor esta noche... -No; calor, no. Yo conozco muy bien cuando tiene calentura. Yo no necesito termómetro... -Pues yo sí- -agrega con cierta ironía el doctor colocándole el tubito bajo el sobaco al nene enfermo. -Y el pecho, ¿no se le ve usted? -insiste la madre,