Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
-E s q u e j o l a creería estancada para in etermim, si no confiara en los progresos materiales para su relativo mejoramiento. -Vamos... ¡Las teorías moíernas... ¿Pero y los derechos, y las ideas, y los... -repuso uno de la reunión. -No quiero discutir ahora- -replicó Sanfeliz con gesto displicente. -Piense cada uno lo que quiera, yo no me rectifico. Y os voy á contar el origen de mi desencanto. Si os aseguro formalmente que fué éste y no otro, os parecerá respetable una escena que casi, casi, resulta un poco ridicula... -Venga, venga- -gritamos todos con impaciencia, dispuestos á escucharle. Jacobo Sanfeliz nos dijo lo siguiente: -En aquellos tiempos tenía yo un vecino llamado D. Ivlanolito, hombre de mediana edad, de buena for- de chocolate; mejor dicho, ss las ofrecía, porque ni el gato ni el perro se las tomaban. L, a jicara humeaba en la mesa, y en ella mojaba el buen D. Manolito las rebanadas de pan que los animales despreciaban. No ptide contener mi asombro. -Pero ¿qué está usted haciendo, D. Manolito? -le dije, sin que mi pregunta interrumpiese su ocupación. -Pues ya ve usted, amigo I) Jacobo... Procuro que estos infelices se convenzan de que no les conviene el chocolate; porque ni les gusta, ni les alimentaría, ni puede hacerlesbuen provecho. ¡Quiero que se enteren! -Pero ¿y á qué viene eso? -Es muy sencillo- -me contestó el bondadoso amigo, dejando á los animales libres de la prueba. Entre esta gente hay también sus envidias, como entre nosotros, porque, sin duda, con el trato humano se contagian de todos sus defectos. Llevan una tem- turia V v, f se daba un trato metódico y envidiable. Era un señor simpático 3 bondadoso y de una cul tura excepcional, según pude comprobar inmediatam e n t e Tenía una biblioteca escogida, leía todo lo que se publicaba, sin olvidar las joyas antiguas conservadas en sus estantes; y los libros y sus andanzas habíanle proporcionado esa ponderación de espíritu, tam difícil como inestinaable, que permite a íreciar todas las cosas del mundo en su verdadero tamaño. Discutíamos muchos ratos, y ámis fogosos argumentos op nía siempre una sonrisa de indulgencia que algunas veces llegaba á molestarme. Pero como era tan correcto, y como en ocasiones casi, casi me. convencía, pronto se me pasaban la molestia y el fuego de mi argumentación. D. Manolito vivía solo. Es decir con un loro, un gato, un perro y una criada vieja y torpe. Cuatro animales, como me decía algunas veces sonriendo. Una tarde que fui á visitarle, después de larga ausencia motivada por mis trabajos, me le encontré empeñado en la tarea más absurda que podéis imaginaros. Estaba dando al perro y al gato sendas sopas porada metiéndose con el loro y persiguiéndome á mi cada vez que le doy chocolate... Sin duda creyeron que á ellos también he debido ofrecérselo en vez de la cordilla y d é l o s huesos que por clasificación les corresponden... Y ahí tiene usted... Se lo he dado á. probar y ¡naturalmente! no les gusta... Les engañó el deseo, la ilusioncilla, ¿verdad. Leal... ¿no te parece. Perdigón. Y menos mal que al loro no le dio también el naipe por envidiar á los otros... Si sa empeña, á estas horas tendría un poco de cordilla... para no comérsela... Créame usted D. Jacobo- -terminé, poniéndome una mano sobre el hombro. -Todos somos iguales y tenemos derecho á comer y á lo demás ¡pero no á todos se puede ni se les debe dar las mismas cosas... ¡No á todos les ha de gustar el chocolate! ¿Verdad que la cosa es ridicula... Bueno, pues á mi me hizo pensar tanto, tanto, que... ya oísteis lo que os dije al principio... ¡Y no lo he olvidado, ni lo olvidaré nunca! Y muchas veces que voy á tomarme una tacita de soconusco, me he preguntado á mi mismo con inquietud: ¿Tendré yo derecho á tomar chocolate? ANTONIO PALOMERO D J B U r S DE MK D: Z B INüA