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ESCENAS PARISIENSES Hace algunos años, paseando por el bosque encantador de Gruuei. vald, en los alrededores de Berlín, tuve ocasión de ver por primera vez á miss Isadora Duncan y sus discípulas. Pareciéronme fantasmas. Vestidas con largas túnicas blancas, los cabellos en rodete y desnudos los pies, maestra y educandas hacían figuras artísticas, componían grupos sugestivos y adoptaban posturas hieráticas en medio de la decoración imponente y majestuosa que el bosque sagrado las ofrecía. -Es miss Isadora Duncan- -me dijeron. -Una revolucionaria del baile, ¡lya portadora de la Buena Palabra coreográfica! Era en los comienzos de mi estancia en la capital berlinesa, y de cuanto aquella tarde hicieron miss Isadora y sus discípulas no me quedó más recuerdo que el nombre de la revolucionaria bailarina. ¡Diablo de mujer! -pensaba yo. ¿Por qué se hará llamar Isadora? ¡Tan fácil como la sería llamarse Isidora Advertí que los berlineses tomaban suavemente las ondulantes cabelleras á las jóvenes modernistas del baile, pues no había revista en el Metropol ó en el Apolo- Theatre donde miss Isadora no saliera con su largo camisón blanco y sus piernas desnudas. Pero esta americana es mujer de ideas fijas, y se empeñó en hacer una revolución en el arte de Terpsícore... Poco apoco, sufriendo burlas y cuchufletas, despreciando la frialdad del público, tenaz y terca, ha logrado imponerse, y ha visto, por último, consagrado su novísimo arte por el público de París, que dos veces la volvió despreciativamente la espalda. Porque ésta es la tercera vez que miss Isadora Duncan se presenta ante el público parisién rodeada de sus discípulas, las bailarinas de los pies desnudos las dos anteriores nadie la hizo caso, el público no la tomó en serio y los periodistas invitados á la soiree danzante se limitaron á comerse los sanioiches que, generosa, la bailarina los ofreciera mientras los aseguraba que ella podía interpretar con sus pies un m ¿nueto, una seguidilla, un nocturno de Chopin ó una sinfonía de Beethoven... ¡Ella lo bailaba todo! Mirábanla compasivos, temerosos de que de un momento á otro la pacífica manía coreográfica se transformase en locura furiosa, y miss Isadora abandonó la capital parisina resuelta á volver en la primera ocasión. ¡Cuando se tiene fe en la trascendencia de una obra no se desmaya jamás! Y aquí tienen ustedes portercera vez en París á miss Isadora Duncan, con sus discípulas, sus camisones largos, sus cabellos en rodete y las pantorrillas al aire. A la tercera va la vencida... La revolucionaria de ¡arte coreográfico- ¡mujer al fin! -ha dicho que tijeretas han de ser Esta vez ha elegido bien el momento psicológico, porque París entero ha desfilado por el teatro de la Gaite, encontrando muy original el espectáculo que ofrecen las nuevas danzas que la maestra y sus discípulas improvisan lindamente sin ponerse de acuerdo con la mtisica ni- -lo que sería más de desear- -con ellas mismas. Pero es una cosa extraña, no se parece á ningún baile y tiene siempre el encanto de lo imprevisto, porque la danza de ayer no se asemeja en nada á la de ho 3 ni tendrá ningún punto de contacto con la de mañana, y esto resulta curioso, original y raro. No hace falta más para que el público de París, compuesto de extranjeros, burgueses y estetas, consagre el nuevo arte. Miss Isadora Duncan ha triunfado por fin, y ahora se sentirá satisfecha, porque en la gran capital la han hecho justicia. El teatro, en efecto, estuvo lleno todas las noches- -no sé si para verlas danzas ó los pies desnudos, -los palacios de los Campos Elíseos la han abierto sus puertas, y allí ha podido lucir todas sus habilidades en presencia de las personalidades más encopetadas del mundo parisién, que se ha divertido grandemente MISS ISADORA DUNCAN viendo los largos camisones blancos de ias revolucionarias bailarinas. Hasta la seriota y sesuda Universidad de I os Anales ha celebrado una suntuosa fiesta en su honor. Eos que sin embargo están enfurecidos contra la innovadora son los viejos abonados de la Opera, los que, con frío y viento, con agua y nieve, no faltan una sola noche sX foyer de la Danse, donde hacen su entrada vestidos correctamente de frac, calado el mámele, una gran flor á la boittonmere y el paquetito- de bombones en la mano. ¡Cómo! -exclaman consternados estos santos varones. ¿Ese camisón liorriblc va á substituir el mailiot color carne y el lulíc vaporoso de nuestras aladas p lils rals? ¡Oh! ¡No! ¡Vivan los trenzados, los flinjlan y los pas de M ISS ISADORA DUNCAN bíiré! Y como la Opera vive en París gracias al baile, y el baile, gracias á los viejos abonados del monocle y la bombonera... mucho me temo que miss Isa dora Duncan tenga que volverse con sus danzas griegas al sagrado bosque de Grunewrald... Y será lamentable, pero... no habremos perdido gran cosa. JOSÉ JUAN CADENAS LA DISCIPULA MAS PEQUEÑA