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sus lindasmanecitas, cubiertas con guante blanco hasta el codo, batían palmas de entusiasmo... Salieron del Palacio de la Señoría los dos, muy juntos, muy amartelados; en una linda góndola, que bajo la escalinata de la Piazzeta esperaba, e n c o n t r a r o n oportuno vehículo; el reservado camarín de p r ó x i m a hostería sirvió de teatro á sus devaneos. Un reloj, con grave indiferencia, dio ocho campanadas... Luz y Filippo se miraron con sobresalto: ¡las ocho ya! ¡No era posible! Filippo dirigióse hacia la ventana, cuyas maderas estaban corridas, y las abrió de par en par... El sol, asomando por detrás de la dorada cúpula de San Marcos, lanzaba sus esplendorosas irisaciones sobre la gentil sultana del Adriático; un torrente de luz invadió el camarín, nido de amoríos volanderos, pareciendo recriminar á los jóvenes descarriados... Ambos á dos precipitáronse hacia la puerta; mientras Filippo colocaba sobre sus hombros el ferrerue lo y encasquetábase el lindo birrete de vistosa pluma, I uz escapó escaleras abajo; inútil fué que aquél gritara con toda la fuerza de sus pulmones: ¡Espera, espera! Ella corría, corría como una loca, escuchándose el menudo taconear de sus zapatitos de raso blanco sobre las sucias losas del pavimento. Súbitamente Filippo experimentó sensación indescriptible; un escalofrío le recorrió la medula; un recuerdo de dolor invadióle el cerebro... ¡Su madre! ¿Cómo pudo haberla olvidado? ¡Y, sin embargo, así era! Juzgóse criminal, y poseído de remordimientos y verdadero pánico, emprendió á toda prisa el camino de su casa. Inútilmente trataba de tranquilizarse. Tal vez estará mejor; es casi segure que ella misma salga al umbral á recibirme, como tantas veces apesadumbrada por mi ausencia, pero rebosando salud, como ayer mismo la vi... Y aunque tales razonamientos tenían visos de irrefutable verosimilitud, una voz interna parecía decirle: No confíes, infame; tienes que purgar las consecuencias de tu indigna conducta... Al llegar á la calle inmediata á la suya, iba jadeante, demudado, trémulo; volvióla esquina y miró á su casa con ojos ávidos, en que á u n tiempo retratábanse la ansiedad y el temor... Tuvo que apoyarse en la pared para no caer; tai era el espectáculo que ante sus miradas ofrecíase. I a calle, no muy ancha de suyo, estaba totalmente invadida por la muchedumbre; y ¡qué muchedumbre, cielo santo! Individuos del clero revestidos con pluviales capas aterciopeladas, encapuchados frailes pertenepientes á órdenes monásticas diversas, plañideros de entrambos sexos que aturdían el aire con sus mercenarios alaridos, gran número de curiosos, en fin, que con la indiferencia del desocupa do veían llegar el momento en que la fúnebre co miíiTa se pusiera en marcha... Filippo perdió toda noción de vida; olvidóse de cuanto le rodeaba, y dando gritos de dolor, arremetiendo á empellones y codazos contra todos los quepudieranimpedirle su desatalentada carrera, dirigióse como una exhalación hacia su morada... Subió á brincos la escalera, llegóásus habitaciones, cuya puerta estaba de par en par, y, penetrando en ellas, salióle al encuentro u n caballero alto, seco, s u m a m e n t e calvo, y le dijo secamente: -No se puede pasar. ¡Voy á verámimadre! Soy su Iiijo! -rugió lippo con vocifei aciones de condenado. -No es posible- -respondiólo el caballero grave. -Su hijo la hubiera acompañado en su enferiiiedad, endulzando sus ú. itimos momentos, cerrando sus ojos vidriados por la muerte, cubriendo sus restos camales con el sudario... Tú no eres su hijo; no puedes pasar. ¡Pues pasaré! -aulló Filippo; y como el señor huesoso y calvo tratase de impedírselo, lo derribó de uu manotón, penetrando como una tromba eu el recinto que trataban de vedarle. Su madre ya no estaba allí. -Cómo ni por dónde pudieron haberla sacado? -En la calle debe estar todavía- -pensó Filippo, y se asomó á un balcón. En aquel instante poníase en marcha el cortejo; desde su atalaya el mal hijo veía el ataúd perfectamente; la tapa se transparentaba cual si fuese de cristal, y, á su través, la muerta miraba al infame C 3 n ojos muy tristes, muy tristes, en que había mis pena que reconvención, más lágrimas de abatimit n ta que ráfagas de cólera... ¡Madre! -gritó Filippo encaramándose sobre 1. balaustrada. ¡No me maldigas! ¡Voy contigo! Y dando un brinco, se lanzó al espacio. El golpe fué tremendo. Al despertar lanzó un sollozo; su pecho, comprimido por la pesadilla terrible, necesitaba expansión. ¿Qué te ocurre, hijo mío? -exclamó con sorpresa la madre. Por toda respuesta, él se abalanzó al lecho y cubrió de besos el rostro de la anciana. ¡Madre mía! -murmuraba con fervoroso aceu to. ¡Vives, rae oyes, me hablas... -Sí, estoy buena por completo, hijo mío; aquello fué sólo un pasajero malestar... Filippo hundió el rostro en la almohada en que la cabeza de la madre yacía, y allí dejó que los gemidos salieran libremente. Y recordando la ficción tremenda, dio desde el fondo del alma gracias infinitas al Hacedor, que privándole de sus eróticos eiisatños, le dejaba lo que debía ser para él lo primero en el mundo: su madre, en aras de la cual gustosamente lo sacrificaba todo: ilusiones, amor, esperanzas, alegrías... AUGUSTO MARTÍNEZ OLMEDILLA DJnirjOS DE E. VATÍELA