Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EL l AI LE hL rxuRAXTE las carnavalescas locuras, bien puede afirmarse que en Venecia no existe la noche; la luz de la luna, rielando sobre las t r a n q u i l a s linfas del Gran Canal, es lámpara veladora de la perenne orgía; mil y mil farolillos de colores iluminan la atmósf e r a impregnada en aroma de placeres en mezcolanza inenarrable transitan por doquier apuestos mozalbetes, marciales condottieros, encopetados maestrantes, mercaderes astutos y gondoleros fornidos, llenando el ambiente de la Piazzeta con gozosa algarabía... Entre tan generalregocijo, un doncel sus cuitas lloraba; sobrábale juventud, galanura y oro; no le despreciaban las bellas, ni le fia fiueó la diestra al manejar el acero, ni, por lo general, érale adversa la fortuna al volcar el cubilete... Mas la fatalidad, sin duda, dispuso las cosas de aquel modo; al volver á su casa, henchida la imaginación de placenteras ilusiones, veíalas destruidas, truncadas en un momento... La madre de Filippo, dama anciana de no muy fuerte salud, acababa de sentirse indispuesta; érale forzoso á él, que de buen hijo se preció siempre, quedarse á su lado prodigándola cuantos cuiCí. dos su amor filial le sugiriera... El pesar de Filippo fué inmenso; adoraba á su madre, y la idea de ver en peligro su existencia entenebrecíale el alma; y además... aquel padecimiento inopinado impedía la realización de ciertos propósitos que el apuesto mancebo concibiera; érale y a imposible asistir al baile de laSeñoría Veneciana. E 1 baile de la Señoría! Con él llevaba soñando Fwippo desde largo tiempo atrás; en él podría verla á el a, su Luz adorada, que tan esquiva se le mostró lempre, menos la última vez en que furtivamente ia vio: entonces le dijo, acompañando sus palabras con una de aquellas sonrisas que tan pronto se le antojaban al exaltado amante promesas de amor como muecas de escarnio: En el baile de la Señoría nos veremos; allí nos será fácil hablar despacio; tened, pues, paciencia y esperanza hasta ese instante... Y he aquí que, llegado el momento ansiadísimo, el edificio de sus eróticas quimeras veníase al suelo... Filippo, escrutando el fondo de su alma, inspirábase espanto; aquel pesar que experimentaba, ¿era producido por la indisposición de su madre ó por la imposibilidad de asistir á la fiesta? La sola enunciación de este dilema hacíale sentir remordimientos; la posibilidad de que la segunda premisa prevaleciese causábale asco y repugnancia de sí mismo... ¡Y, sin embargo, dudaba! En lo que no vaciló siquiera fué en la resolución que debía adoptar; su deber le retenía al lado de sa madre, y j u n t o á ella quedóse. Colocó mullido escabel cerca de la cabecera del lecho, para estar presto á cualquier indicación de la paciente, y, después de besarla, con cariño, apagó la luz, que par- viada les servía, y atrellenóse en su cómo- LA S t URIA do asiento... Por fortuna, el padecimiento de su madre parecía leve; molestia más que enfermedad; ¡si pudiera hacer una escapada al baile... Pero no, ¡qué desatino... La ausencia de luminaria calmó sus nervios excitados la comodidad d e l a postura suavizó la tensión de sus músculos; d u l c e placidez fué invadiendo su espíritu, poco antes hirviendo en espantosaborrasca; sus párpados se cerraron len lamente... De pronto despertó sobresaltado; parecióle oír un ruido que del lecho de su madre provenia; inclinóse sobre ella y no encontró confirmado su temor: la señora dormía profundamente, respirando con indudable sosiego. Filippo encendió luz para ver el rostro de la enferma; su aspecto era tranquilo. Estaba mejor, no cabía duda... Nuevamente surgió en la imaginación de Filippo la idea insana de abandonar á su madre para marchar en busca de la amada al baile de la Señoría... ¡Nada, nada, al baile! Filippo salió de puntillas de la estancia; vistióse con apresuramiento sus más vistosas calzas, su mejor ropilla, su más bordado ferreruelo, y quedamente abrió- la puerta de la casa, descendió las marmóreas escaleras, traspuso el anchuroso zaguán y se encontró en la calle... Rápidamente emprendió su caminata, que fué por demás breve; llegado á la Piazzeta, penetró en el Palacio de la Señoría, constituido en templo de la bulliciosa Terpsícore. El gran salón hallábase resplandeciente; parecía un diamante colosal, cuyo interior se hubiese horadado para dar cabida en su centro á tanta hermosura. Filippo no reparaba en nada de esto; ajeno á todo cuanto no fuese su idea fija, recorrió con ansiosa mirada los ámbitos del local, elevándola hasta las tribunas, repletas de femeniles máscaras lascivas, haciéndola irradiar en torno suyo... Llevaré dominó rosa habíale anunciado Luz. Pero ¡había tantos análogos disfraces del mismo color! Ya desesperaba de lograr su fin, cuando una mano enguantada se posó en su brazo, dándole al mismo tiempo cariñoso pellizco. -Aquí me tienes- -murmuró á su oído, con voz de falsete, la adorable mascarita, cubierta con el dominó rosa que tanto y tan infructuosamente había buscado F ilippo. El corazón del mancebo latió con violencia inusitada; la tenía á su lado, apoyándose en él con dulce indolencia, bañando su rostro con el cálido aliento de sus labios, enloqueciendo su alma con las miradas de fuego que á través del antifaz dirigíale... Dieron varias vueltas por el salón, charlando como cotorras, aunque sin decir nada en resumen; variaciones sobre ese eterno tema del que tanto se abusa y que jamás se agota... ¿Por qué no cenamos? -propuso el mancebo. Luz aceptó con regocijo. ¡A cenar, á cenarl Y