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tudios que le proporcionaron tres años seguidos de calabazas. Quizá por esto, un buen día, cuando contaba veinti inco años de edad, se sintió acometido de cierta idsa juiciosa que le persiguió luego un poco de tiempo, llegando á convertirse en obsesión que le torturaba. I a idea era ésta: ¿Qué va á ser de mí en el mundo si me dedico al se; biciera 1 1 hombre, no pudo enterarse de tan fatal 11 deterrmÍíí a eion. Mutió de repente cuando su vastago iba á darle cuenta de lo que había pensado. Rafael se fué al pueblo, recogió la herencia, no m u y grande en verdad, y volvióse á la corte, donde en cuatro ó cinco años se quedó sin una peseta. No le arredró la miseria en puerta, pues, aunque vulgar, seguía siendo filósofo. Pero decidido á retrasarla todo lo posible, visitó al diputado de su distrito, que era, naturalmente, ministerial, y pudolograr, en memoria de su padre, de quien el diputado fué amigo y camarada, un modesto destino en Gobernación. Y en un ministerio tan poco raetafísico vino á parar á ios seis lustros aquel hombre que á los cuatro se creyó una futura lumbrera de la metafísica. Gracias á que los baños filosóficos que tomara en su primera juventud le curaron las ambiciones, dejándole una profunda resignación de espíritu, que él consideraba, y no mal ciertamente, como la más saludable filosofía. Con los escasos duros de sueldo se las arreglaba para vivir, limitando sus distracciones á pasear por Ja Moncloa ó por el Retiro cuando hacía buen tiempo. Pero ¡lo que son las cosas... A fuerza de paseos volvióse á despertar su imaginación, y al meditar sobre las cosas que veía, relacionándolas con las que estaban fuera de sus sentidos, recobró poco á poco las aficiones abandonadas. Empezó á comprar libros de filosofía, á creerse en camino de hacer algo, á escribir cuartillas y cuartillas... En la oficina notaron el cambio, y se tambaleó su modesto destino. Una tarde de primavera paseábase Rafael Enebro por la Moncloa, discurriendo, como de costumbre, sobre lo divino y lo humano. Preocupábanle por aquellos días las ideas de tiempo y sus derivadas, que siempre preocuparán á quien se lo proponga, aunque parece que á nadie preocupan. No se explicaba cómo una cosa que es eterna puede perder esa cualidad, sin dejar de perderla, ni tampoco el por qué de las distintas medidas que le aplican los diversos seres para disfrutarla. Como se ve, discurría bastante mal, debido tal vez á la falta de alimentación y á sus nuevos 1 é innecesarios desvelos. Mas, aunque con mal discurso, sentíase acometido de esa fiebre que se apodera de algunos espíritus ardientes cuando tratan de derribar los principios inmutables que rigen el mundc. Quería también presentar su correspondiente pliego de reparos á la grandiosa obra de la Creación. Sentóse un momento fatigado junto á una fuente, encendió un pitillo y continuó sus meditaciones. Una mariposa, apareciéndese de pronto grácil y aturdida, más que disiparle sus pensamientos, los encauzó un instante, inspirándole ciertas conclusiones. -Es injusto, por ejemplo- -pensaba el filósofo, -que las mariposas no vivan más que un día, mientras otros animales nauseabundos viven años y años... Dígase lo que se quiera, un día no es más que un día para mí, como para este ser frágil y delicado... Porque así como dos y dos son cuatro en Berlín igual que en Ciempozuelos, el espacio de tiempo comprendido en Í! -V veinticuatro horas es idéntico en relación con un hombre ó con una mariposa... Entonces la mariposa tomó la palabra, como en los día; s de la fábula, y dijo á Rafael Enebro, que la escuchó estupefacto: -No sabes lo que dices... Y como eso no has podido aprenderlo en ninguna parte, es que se te ha ocurrido á ti sólito... Si son así los demás fundamentos de tu nuevo sistema filosófico, ¡estás apañado, hijo mío... cultivo de la filosofía? Me reconozco sin fuerzas para Todos los seres viven el tiempo preciso para cumplir crear un nuevo sistema que me inmortalice. Y auti- su misión sobre la tierra, y cada uno de ellos lo mide que lo creara, esto no me proporcionaría ningún di- con arreglo á su naturaleza... I,o que tú llamas un nero. Mi porvenir, si sigo por el camino emprendido, día, es para una mariposa toda una vida, como la está en un Instituto de provincias, ó acaso en un co- vida humana es un día, un soplo, ¡nada! ante esa legio de segunda enseñanza... ¡Antes la muerte... Soy eternidad del tiempo que tú n o t e explicas... ¿Es posiun hombre vulgar... ¿A qué empeñarme en presumir ble que ignores una cosa tan sencilla... Rafael Enebro, ¡eres un hombre vulgar... de espíritu selecto? Y el pobre filósofo, aturdido y confuso, marchó más Y ahorcó los libros. Como se ve, Rafael Enebro filosofó para dejar de que ligero á su casa, tiró los libros, rompió las cuartillas, y volvió á encontrar de nuevo la perdida transer filósofo. Su pobre padre, que le mandó á Madrid para que quilidad... ANTONIO PALOMERO. DIBUJOS DE MÉNSEZ